El crash de 1929

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El crash de 1929 (en inglés The Great Crash, 1929) es un libro del economista estadounidense John Kenneth Galbraith (1908-2006), en el que analiza las causas y las consecuencias del crac de la Bolsa de Nueva York de 1929 que dio origen a la Gran Depresión.

Galbraith basa todo su análisis del crac de 1929 en la tesis de que determinados sectores de la economía estadounidense estaban en los años 20 dominados por inversores especulativos:

(...) Los norteamericanos desplegaron también un asombroso afán de hacerse ricos rápidamente y con un mínimo de esfuerzo físico.

Capítulo I

Origen y trayectoria del libro[editar]

Galbraith escribió el libro durante una pausa en la preparación de otro de sus principales trabajos, La sociedad opulenta, a petición de Arthur M. Schlesinger, Jr., profesor de Historia de la Universidad de Harvard.

El libro fue publicado por primera vez en 1954, en el 25 aniversario del crac de 1929, cuando su recuerdo e influencia estaban todavía muy presentes. Desde entonces no ha dejado de ser reeditado. En la introducción a una reedición de los años 90, el autor afirma:

Cada vez que la obra estaba a punto de ser descatalogada y desaparecer de las librerías, un nuevo episodio especulativo (…) estimulaba el interés por la historia de aquel gran caso contemporáneo de prosperidad y súbito desplome del mercado de valores, que condujo a una implacable depresión.

Introducción

En España, la obra fue publicada por primera vez por la Editorial Seix Barral en 1965 (bajo el título El crac del 29, ISBN 978-84-322-0123-3). Posteriormente fue reeditado en varias ocasiones por la Editorial Ariel, la última en 2007 (ISBN 978-84-344-5357-9).

El crash de 1929 se convirtió pronto en una de las obras más vendidas de Galbraith. Acerca de su trayectoria comercial, el autor comenta en la misma introducción anterior:

Tuvo una breve aparición en las listas de libros más vendidos y satisfecho lo veía expuesto en los escaparates de las librerías. En mis frecuentes visitas a Nueva York, me apenaba, no obstante, que no hubiese ni rastro de él en una pequeña librería situada en la rampa que, en la antigua terminal del aeropuerto de La Guardia, conducía hasta los aviones. Una noche entré y me dediqué a examinar las estanterías. La encargada finalmente se apercibió de mi presencia y me preguntó qué buscaba. Algo azorado, omití el nombre del autor del libro y le dije que era una obra llamada The Great Crash. Aquella mujer me respondió con firmeza: “No es un libro que se pueda vender en un aeropuerto”.

Introducción

El libro está dedicado a Catherine Atwater Galbraith, su mujer durante 68 años.

Estructura[editar]

El libro se estructura en nueve capítulos que siguen básicamente un esquema cronológico.

Capítulo I: Ilusión, esperanza ilimitada y optimismo[editar]

Como principal antecedente de la crisis bursátil, Galbraith sitúa el espectacular desarrollo del mercado inmobiliario en Florida (EE.UU.), especialmente, a partir de 1925. Así, Galbraith menciona la participación de Carlo Ponzi, conocido creador del esquema que lleva su nombre (un tipo de estafa económica piramidal) en la compraventa de terrenos cerca de Jacksonville (Florida).

Galbraith extiende este panorama lleno de especuladores al terreno bursátil, avalado por los sucesivos récords de Wall Street en términos de índices bursátiles (para lo que utiliza el índice de The New York Times sobre 25 valores industriales, en lugar del más habitual Dow Jones) y de acciones intercambiadas en el mercado (en 1928: 3,9 millones de acciones el 9 de marzo; 5,1 millones el 12 de junio; 6,6 millones el 16 de noviembre).

Asimismo, el autor destaca como otro importante factor de desequilibrio la utilización de las operaciones bursátiles a plazo con fianza, por las que un inversor puede solicitar un crédito bancario para adquirir acciones en la bolsa, depositando como garantía las propias acciones adquiridas. Estos créditos estaban sujetos a un interés entre el 5 y el 12 por ciento (muy inferiores a las revalorizaciones habituales en la bolsa en esos años). Esto no solo hizo que muchos estadounidenses solicitasen créditos para especular en bolsa, sino que llevó a muchos ahorradores (tanto particulares como empresas, nacionales y extranjeros) a ofrecer sus ahorros a las entidades bancarias de Wall Street con el único fin de financiar la especulación.

En Montreal, Londres, Shangái y Hong Kong se escucharon murmullos a propósito de estas tasas. Por todas partes, hombres opulentos se dijeron a sí mismos que un 12 por ciento era un 12 por ciento. Un caudaloso río de oro comenzó a desembocar en Wall Street, con el virtuoso propósito de ayudar a los norteamericanos a sostener las compras de acciones ordinarias mediante operaciones a plazo con fianza. (…) Algunas sociedades se decidieron a acudir a Wall Street: en lugar de producir bienes, que tantos quebraderos de cabeza suponen, se limitaron de buena gana a la financiación de la especulación.

Capítulo 1

Capítulo II: ¿Era necesario hacer algo?[editar]

En este capítulo, Galbraith identifica las autoridades competentes para hacer frente al colapso de la Bolsa de Nueva York, destacando a la Presidencia de los EE.UU., la Secretaría del Tesoro, el Consejo de la Reserva Federal estadounidense, y el Banco de la Reserva Federal de Nueva York (éste último por ser el más poderoso de los doce bancos del sistema de la Reserva Federal, así como el más cercano al epicentro de la burbuja). Asimismo, analiza por qué las medidas adoptadas fueron tan leves.

En primer lugar, destaca los siguientes inconvenientes para contraer el tamaño de la burbuja bursátil:

  • La enorme dificultad de reducir una burbuja especulativa de forma ordenada.

Se puede pinchar una burbuja y hacerla estallar, y desde luego esto no es cosa difícil. Pero conseguir que vaya rebajando su volumen poco a poco es una tarea extremadamente delicada

Capítulo 2
  • La certeza por parte de las autoridades monetarias de que, en caso de detener la marea especulativa de forma intencionada, serían consideradas culpables de la crisis ocasionada.

La verdadera alternativa estaba entre un desplome inmediato y provocado deliberadamente o un desastre todavía más grave algo más tarde. Seguramente, alguien sería censurado cuando sobreviniese el definitivo colapso. Pero no había ninguna duda sobre quién sería acusado si se pusiese fin al auge deliberadamente. (…) Por otra parte, el eventual desastre tenía además la inestimable ventaja de permitir unos días, semanas o meses más de vida.

Capítulo 2
  • La mediocridad de los individuos responsables de tomar decisiones al respecto, empezando por el Presidente de los EE.UU. en 1928, Calvin Coolidge, y siguiendo por su Secretario del Tesoro, Andrew W. Mellon.
  • La convicción de la propia Reserva Federal de la inutilidad de las medidas a su alcance, que eran básicamente dos: las operaciones de mercado abierto y el tipo de redescuento. No obstante, Galbraith no comparte esta visión:

En realidad, la Reserva Federal fue la única responsable de su propio desamparo. Si se hubiese decidido a hacer algo, podía por ejemplo solicitar del Congreso poderes para detener las operaciones a plazo, y la concesión de atribuciones al Consejo para regular las fianzas.

Capítulo 2
  • Finalmente, el hecho de que, en los primeros meses de 1929, el 50 por ciento de los fondos que financiaban la burbuja provenía ya de fuentes no bancarias, es decir, empresas y particulares (a medida que avanzó el año, ese porcentaje siguió en aumento). La capacidad de influencia de la Reserva Federal sobre estos recursos era todavía más limitada.

Capítulo III: In Goldman, Sachs We Trust[editar]

Galbraith destaca cómo, para seguir aumentando el negocio bursátil, se produjo en la década de 1920 un proceso de concentración empresarial en EE.UU. Dada la extraordinaria demanda de títulos en los que invertir, las compañías se lanzaron a un proceso de consolidación que permitiese aumentar la oferta de valores.

[En los primeros meses de 1929] Existía la preocupación de que se hubiesen agotado las acciones ordinarias del país. Se decía que una de las razones que justificaban sus elevados precios era su escasez (…) Mas el aumento del número de valores susceptibles de ser vendidos fue poco más o menos igualmente espectacular. Pocas veces se habían visto un fervor y una inventiva semejantes a la hora de proyectar nuevas compañías y sociedades para poder así vender más y más títulos.

Capítulo III

Este proceso de concentración se produjo entre compañías que pertenecían a las mismas ramas de la industria, pero que competían en diferentes zonas geográficas, por lo que no eran realmente competidoras. Así, se crearon bajo sistemas holding compañías a nivel nacional, especialmente en los sectores de energía eléctrica, agua y gas. La sociedad matriz del holding poseía las acciones de las empresas filiales y ejercía el control. Asimismo, para proceder a la compra de nuevas sociedades filiales, emitía nuevos títulos, que iban a parar a los mercados de valores.

(…) hasta se fundaron compañías cuyo único activo consistía estrictamente en su excelente porvenir (…) De todas formas, en lo fundamental, el auge del mercado de 1929 tenía sus raíces directa o indirectamente afincadas en industrias y empresas real y verdaderamente existentes. Las emisiones totalmente nuevas y producto de la imaginación, dedicadas a fines nuevos y fantásticos, ordinariamente tan importantes en tiempos de especulación, no desempeñaron un gran papel.

Capítulo III

Paralelamente a la aparición de los holdings, se produjo la expansión de los trusts de inversión mobiliaria, compañías que poseían carteras de valores pero no suponían la creación de nuevas empresas o la modificación de empresas existentes. Los trusts tenían una gestión profesionalizada y diversificaban los valores de sus carteras entre múltiples empresas y sectores económicos, lo que permitía reducir el riesgo de las inversiones. De este modo, se convirtieron, al módico precio de una comisión de gestión, en el vehículo ideal para los especuladores.

Cuesta realmente imaginar un invento más apropiado para su tiempo o mejor diseñado para eliminar la ansiedad ante una posible escasez de las acciones ordinarias. (…) Muchos de los primeros trusts eran verdaderos trusts en su sentido propio, de agencias de administración y tutela. Los promotores, por lo menos, se sometían de buena gana a un riguroso código de reglas respecto a la naturaleza de los títulos que valía la pena comprar, así como al modo de obtenerlos y administrarlos. Mas, conforme iban avanzando los años veinte, tales refinamientos desaparecieron.

Capítulo III

Capítulo IV: Crepúsculo de la ilusión[editar]

Muchos de los nuevos títulos creados no se negociaron en Wall Street, sino en otras bolsas situadas a lo largo y ancho del país, lo que de nuevo contribuyó a extender la especulación a nivel nacional.

Nada extraño había en el hecho de que los normalmente sonámbulos mercados de Boston, San Francisco e incluso Cincinnati estuviesen experimentando un verdadero auge. (…) Títulos que no habían conseguido negociarse en Nueva York, se refugiaban en estos centros, y algunos de ellos gozaron las bendiciones de singulares estremecimientos especulativos. En 1929 las ciudades que no se proponían la cuestión de la conveniencia de tener su propio mercado eran consideradas retrógradas, mezquinas y huérfanas de espíritu cívico.

Capítulo IV

Por otro lado, Galbraith sostiene que algunos miembros de la prensa estadounidense aceptaron sobornos para difundir información favorable sobre determinados valores en negociación, a los que contrapone el comportamiento de otros medios de comunicación que mantuvieron una conducta "responsable", caso de The New York Times.

(…) La presión, con mucho la más importante a favor de una mayor sobriedad [en el comportamiento de los inversores], corrió a cargo de The New York Times. (…) Ninguno de sus lectores asiduos podía tener la menor duda de que eran de esperar tiempos de ajuste de cuentas. En varias ocasiones llegó a afirmar, demasiado prematuramente, que el día del ajuste había llegado. (…) Quienes se resistieron durante meses a confiar en la situación gozaron también (…) de un buen lote de descrédito. Sería una exageración decir que el Times recibió con júbilo la hora del crash verdadero. Mas sí la anunció con una inconfundible ausencia de pena.

Capítulo IV

En cuanto al tópico de que la inmensa parte de la población estadounidense participaba en aquellos momentos en la bolsa, Galbraith sostiene la opinión contraria. Aparte de señalar un importante aumento del número de mujeres que intervenían en el mercado, sitúa la cifra total de participantes en 1,4 millones de personas (sobre un total de 120 millones de habitantes, lo que arroja apenas el 1 por ciento de la población del país), y el número de especuladores por debajo del millón.

(…) Existe más peligro de exagerar el interés popular por el mercado que de infravalorarlo. El tópico de que en 1929 todo el mundo “jugaba a la Bolsa” no es ni mucho menos literalmente verdad. (…) La compra de valores a plazo y con fianza era en todo caso un hecho tan alejado de la vida real de la masa de la población como el Casino de Monte Carlo. (…) Lo sorprendente de la especulación bursátil de 1929 no fue precisamente la masa de participantes, sino más bien el modo como aquélla se convirtió en el centro de la cultura del país.

Capítulo IV

El mercado se convirtió cada vez más en un mercado a corto plazo, en el que recibir información con el mínimo retraso se convertía en un factor crucial para sacar provecho de las operaciones de compraventa de títulos. A título de anécdota, Galbraith comenta cómo, en agosto de 1929 (dos meses antes del crac) algunos barcos comenzaron a incorporar equipos de comunicación aptos para invertir, de modo que los pasajeros no permanecieran ajenos al mercado durante la travesía entre EE.UU. y Europa.

Capítulo V: El crash[editar]

Galbraith señala que se produjo una fase depresiva de la economía estadounidense en otoño de 1929, es decir, con un pequeño adelanto sobre el desplome bursátil. No obstante, surgió un amplio número de voces que descartaron la posibilidad de que la economía fuese a entrar en recesión.

El encantamiento preventivo exigía que todas –o tantas como fuera posible– las personas importantes repitiesen con toda la convicción de que fuesen capaces que una catástrofe semejante no ocurriría. Y esto fue lo que hicieron. (…) Ninguno de los que así hablaban estaba seguro de que las cosas se desarrollarían como decían. Pero en tanto que instrumento de política económica, el encantamiento no permite la menor duda ni el más sutil escrúpulo.

Capítulo V

La medida tuvo efecto y la especulación se mantuvo en el mercado. Los volúmenes de contratación permanecieron elevados, así como las emisiones de nuevos títulos. Septiembre y las primeras semanas de octubre trajeron días de caídas en las bolsas, pero también de subidas.

Galbraith muestra en este momento el que será un elemento clave en el pánico bursátil: el retraso del ticker (indicador telegráfico utilizado en la época para transmitir la información bursátil) en comunicar los resultados del día en jornadas de caída de los índices. En jornadas alcistas, un retraso en el ticker suponía simplemente que el inversor conocía sus ganancias después del cierre del mercado. Sin embargo, una vez que las dudas se instalan entre los inversores y se admite la posibilidad de jornadas bajistas, el retraso del ticker puede traducirse en fortísimas pérdidas, por lo que el efecto se amplifica.

(…) Muchas personas descubrieron entonces por primera vez que podían arruinarse totalmente, y para siempre, sin enterarse siquiera.

Capítulo V

El jueves 24 de octubre se produjo el Jueves Negro, primer día de pánico bursátil. La apertura de la sesión fue normal, con escasas variaciones en los precios. No obstante, el volumen de contratación comenzó a aumentar, los precios a caer y el ticker a retrasarse.

(…) A las once en punto de la mañana el mercado había degenerado en un desenfrenado y disparatado tumulto de vendedores. En el interior de las salas con indicadores instaladas por todo el país, el ticker informaba a los aterrorizados y apiñados espectadores de que se estaba produciendo un espantoso colapso (…) Un obrero apareció en lo alto de un rascacielos para hacer algunas reparaciones, pero la multitud supuso que se trataba de un suicidio y esperó impaciente a que se decidiera a saltar (…) Los títulos se vendían ya por nada. Las Bolsas de Chicago y Buffalo habían cerrado. Comenzaba a desarrollarse una ola de suicidios; once especuladores de reconocida fama se habían dado muerte hasta entonces.

Capítulo V

A las doce en punto se produjo una reunión de seis de los principales banqueros de Wall Street. En la reunión se decidió aportar al mercado los recursos necesarios (cantidad estimada entre 20 y 30 millones de dólares) para sostener el mercado, así como realizar declaraciones que tranquilizasen a los inversores. Estas medidas fueron efectivas, la confianza regresó y las cotizaciones se dispararon nuevamente al alza. El volumen de contratación ascendió a 12,9 millones de acciones.

Por tanto, la primera oleada de pánico se limitó a apenas unas horas, y provocó unas pérdidas muy limitadas que fueron, de hecho, inferiores a las del día anterior.

Capítulo VI: Se agrava la situación[editar]

El lunes 28 de octubre, Lunes Negro, volvieron las pérdidas a las bolsas estadounidenses con una intensidad desconocida hasta entonces. El volumen de contratación, de 9,2 millones de acciones (de las cuales, 3 millones en la última hora de sesión bursátil), fue inferior al del jueves 24, pero la caída fue mucho mayor y, además, no se produjo recuperación al final de la jornada: el índice industrial de The New York Times descendió 45 puntos, por solamente 12 el jueves.

Nuevamente, los banqueros de Wall Street que se habían reunido la tarde del jueves se congregaron durante dos horas para decidir la línea a seguir. Tras comprobar que la fiebre vendedora se había instalado en el mercado de forma imparable, renunciaron a mantener el nivel de precios con nuevas aportaciones de fondos.

El sostén, organizado o como fuese, no podía competir con el abrumador y patológico deseo de vender. En la reunión se había estudiado la forma de liquidar el compromiso de sostener el mercado sin provocar más alarma entre el público. (…) Para quienes habían realizado operaciones a plazo, el desastre sólo tenía una carta, eso es, la contracción de los precios. Y ahora se les iba a permitir a éstos bajar a su gusto. El único consuelo al especulador, en adelante, era arruinarse de una manera ordenada y decorosa.

Capítulo VI

El martes 29 de octubre, Martes Negro, constituyó la jornada más trágica de la historia de las bolsas mundiales. Desde el mismo comienzo del mercado, las órdenes de venta inundaron el mercado. El volumen de contratación rompió cualquier registro anterior: 16,4 millones de acciones (según Galbraith, si se hubiera mantenido durante toda la jornada el ritmo de la primera media hora, al cabo del día se habrían negociado 33 millones de títulos). A pesar de ello, muchos valores de diversos sectores económicos no encontraron comprador alguno, haciendo imposible casar las órdenes de venta. El ticker, a su vez, terminó sus comunicaciones con un retraso de dos horas y media sobre el cierre del mercado.

El índice industrial de The New York Times descendió 43 puntos, un poco menos que en la sesión anterior gracias a una leve recuperación al final de la jornada. No obstante, los peores resultados fueron cosechados por los trusts de inversión, algunos de los cuales sufrieron pérdidas superiores al 50 por ciento.

Los banqueros de Wall Street, a estas alturas, no se planteaban siquiera el sostenimiento de los precios de los valores, e incluso circuló el rumor de que habían contribuido al desplome de la bolsa procediendo a ventas masivas de títulos.

Sin duda alguna, el prestigio de los banqueros cayó aún más rápidamente que el mercado. (…) Nunca que se recuerde hubo un grupo de hombres –como los banqueros de Nueva York– tan rápidamente arruinado y rebajado de posición: en cinco días, del 24 de octubre al 29 del mismo mes.

Capítulo VI

El miércoles 30 de octubre se produjo una fuerte recuperación de la bolsa cuyas causas, según Galbraith, podrían estar en el anuncio (quizás concertado) de determinadas empresas de que aumentarían sus dividendos. No obstante, estas ganancias fueron insuficientes para compensar las pérdidas de los días anteriores. Dados los resultados cosechados en las últimas sesiones, y al agotamiento de trabajadores e inversores tras unas jornadas frenéticas, se planteó la posibilidad de cerrar la bolsa durante unos días.

Los miembros y empleados de la Bolsa estaban alcanzando el punto máximo de tensión y fatiga. En tales condiciones esos hombres se enfrentaron con la aterradora tarea de registrar y papelear la mayor masa de transacciones jamás registrada. (…) En una de las casas, un empleado totalmente agotado se desmayó; se le reanimó expeditivamente y se le reintegró a su trabajo. (…) Después del cierre del martes [29 de octubre] un agente de cambio encontró un cesto de los papeles lleno de órdenes incumplidas que había puesto a un lado para atenderlas inmediatamente y olvidado después completamente. Un cliente, cuya operación a plazo había ido de mal en peor, fue liquidado dos veces. (…) En realidad, las diferentes entidades inscritas en la Bolsa no cometieron errores de importancia, si bien una de ellas se declaró a sí misma en bancarrota gracias a un error administrativo de unos de sus empleados que había llegado al límite de sus fuerzas.

Capítulo VI

Finalmente, el jueves 31 se realizó una sesión abreviada (tres horas) y el viernes y sábado Wall Street permaneció cerrada. Salvo excepciones, las jornadas a partir del lunes 4 de noviembre fueron negativas.

Capítulo VII: Primera cosecha de consecuencias[editar]

Galbraith afronta en este momento el que es uno de los grandes mitos relacionados con el crac bursátil: los suicidios. Según las tasas oficiales, el número de suicidios en 1929 no fue significativamente más elevado que en los años anteriores, si bien se mantuvo una leve tendencia al alza que se remontaba a 1925. No obstante, sí se produjo un gran incremento en 1930, 1931 y 1932, que remitió a partir de 1933. El autor considera la creencia de un aumento de los suicidios en 1929 como un mito amparado por la gran cobertura mediática que recibió en su momento, así como por la relevancia que supuso el suicidio de algunas importantes figuras de las finanzas.

Asimismo, Galbraith constata cómo, tras producirse la quiebra bursátil, muchas compañías iniciaron investigaciones internas que descubrieron un elevado número de estafas, principalmente de empleados que utilizaban los fondos de la empresa para operar en nombre propio en el mercado.

El Gobierno de Herbert Hoover adoptó determinadas medidas para afrontar la situación, principalmente una rebaja fiscal. Galbraith crítica abiertamente estas medidas, a las que califica de tímidas, insuficientes y, en ocasiones, destinadas más a contentar a la opinión pública que a obtener resultados eficaces.

Dejando a un lado la modesta reducción de los impuestos, el presidente era evidentemente contrario a cualquier acción gubernamental de envergadura para combatir la depresión. Por otra parte, en aquellos momentos no se sabía a ciencia cierta lo que se podía hacer. Sin embargo la fe del pueblo en el laissez-faire se había debilitado considerablemente (…) Mas las reuniones improductivas en la Casa Blanca eran una expresión práctica de laissez-faire, pues de ellas no salía ninguna acción positiva.

Capítulo VII

Durante el primer trimestre de 1930, las bolsas mostraron una fuerte recuperación, pero posteriormente se produjo una caída sostenida hasta junio de 1932. El 8 de julio de 1932, el índice industrial de The New York Times se situaba en 58 (frente a 224 el 13 de noviembre de 1929, y a 453 el 13 de septiembre de 1929). Ese día, apenas se negociaron en Wall Street 720.000 títulos. Había empezado la Gran Depresión.

Capítulo VIII: Segunda cosecha de consecuencias[editar]

Tras el crac de octubre de 1929, surgieron reputadas voces que negaron que se fuera a producir una depresión de la economía estadounidense, entre ellas las del presidente Herbert Hoover y de la Harvard Economic Society (HES), que agrupaba a algunos de los principales economistas de la Universidad de Harvard. La HES mantuvo hasta octubre de 1931, ya con la depresión muy avanzada, que la situación económica mejoraría rápidamente.

Algo más tarde, su reputación de infalibilidad parecía más bien turbia, por lo cual la Sociedad se disolvió. Los profesores de Economía de Harvard dejaron de prever el futuro y adoptaron de nuevo su aspecto característico de humildad.

Capítulo VIII

Asimismo, se realizaron diversas actividades para buscar responsables de la quiebra bursátil, con los responsables de Wall Street como principales acusados. Importantes miembros de la bolsa tuvieron que rendir cuentas ante la justicia o las comisiones del Congreso de los Estados Unidos .

La ética comercial de los miembros de la Bolsa parece haber sido relativamente aceptable por lo que se refiere al promedio de los años veinte y en ocasiones debió ser francamente rigurosa. Esta podría ser la explicación más obvia del porqué sobrevivieron tan decorosamente la Bolsa y sus miembros a las investigaciones de los años treinta. Por supuesto, no las superaron sin amarguras, pero sus afrentas no pueden compararse con, pongamos por caso, las sufridas por los grandes banqueros.

Capítulo VIII

Galbraith analiza la trayectoria posterior al crac de tres de los principales miembros de las finanzas norteamericanas: Albert H. Wiggin, del Chase National Bank (hoy parte de JPMorgan Chase); Charles E. Mitchell, del National City Bank (precursor del actual Citibank); y Richard Whitney, presidente de la Bolsa de Nueva York entre 1930 y 1935.

No obstante, Galbraith señala como principal resultado de estas reflexiones sobre el funcionamiento del mercado bursátil la creación, en 1934, de la Securities and Exchange Commission (SEC), que se encarga desde entonces de vigilar el comportamiento de las bolsas estadounidenses.

Capítulo IX: Causa y efecto[editar]

Tras estudiar el desarrollo del crac bursátil de 1929, Galbraith se propone estudiar hasta qué punto constituyó el origen de la Gran Depresión de los años 30. El autor sostiene que la situación económica en 1929, en contra de la opinión general, era extraordinariamente débil, y que el crac de la bolsa no fue más que el detonante de la situación.

En primer lugar, Galbraith rechaza, como explicación única del fenómeno especulativo de los años 20 que provocó el crac, las facilidades para obtener crédito (primero, porque en otras ocasiones históricas ese crédito fácil no desembocó en especulación, y segundo porque los tipos de interés de 1928 y 1929 eran demasiado elevados para hablar de crédito fácil). En cambio, señala como causas más probables el sentimiento de confianza reinante en el país y el aumento de la tasa de ahorro de los inversores durante los años 20.

Asimismo, rechaza las explicaciones habituales sobre el origen de la depresión (inevitabilidad de los ciclos económicos, con periodos consecutivos de expansión y contracción; agotamiento de los factores productivos durante los años 20; debilitamiento del consumo), y enumera los cinco puntos débiles de la economía en 1929 que, a su juicio, provocaron la depresión:

  • Mala distribución de la renta: excesivo porcentaje (un tercio) de la renta nacional en manos del 5 por ciento de la población más pudiente del país.
  • Inadecuada estructura de las sociedades anónimas: holdings y trusts, en lugar de servir como factores de estabilidad, producían incentivos perversos que favorecían la especulación frente a la inversión en plantas productivas.

(…) La empresa norteamericana de los años veinte había abierto sus hospitalarios brazos a un número excepcionalmente alto de promotores, arribistas, sinvergüenzas, impostores y todas sus supercherías. Pocas veces, en la larga historia de estas actividades, se las ha visto operar como una marea de latrocinios corporativos de tan vastas proporciones.

Capítulo IX
  • Pésima estructura bancaria: el sistema favorecía el surgimiento de efectos dominó que provocaban quiebras en cadena de las entidades.
  • Mala situación de la balanza de pagos: superávit exterior que se traduce en una posición acreedora frente al extranjero. A medida que el saldo positivo crece, los países deudores encuentran más y más dificultades para hacer frente a los vencimientos, lo que se traduce en impagos.
  • Escasos conocimientos de economía por parte de inversores, consejeros y autoridades.

(…) Los economistas y todos aquéllos que ofrecían consejo económico durante los últimos años veinte y primeros treinta eran fundamentalmente malos economistas y perversos consejeros. En los meses y años siguientes al crash del mercado de valores, los honorables consejos económicos de los profesionales cargaron su orientación hacia el tipo de medidas más apropiadas para empeorar las cosas.

Capítulo IX

En opinión del autor, en los años 50 (fecha de publicación de su estudio) estos puntos débiles habían sido en buena medida neutralizados, a través de unos mayores poderes de la Reserva Federal y la SEC, una distribución de la renta más equitativa en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, una balanza de pagos más equilibrada y una mejor estructura de las empresas y el sistema bancario.

Del mismo modo, Galbraith alaba las mejoras del sistema norteamericano de protección social producidas tras la guerra (programas agrícolas que sostienen el nivel de gasto de los agricultores; ampliación de la cobertura por desempleo y de las pensiones, etc.) y las considera elementos de estabilidad de la economía.

En conclusión, el autor considera que la probabilidad de un nuevo auge especulativo similar al de los años 20 era pequeña en los años 50, y que, en caso de producirse, sus efectos serían menores sobre la población.

Véase también[editar]

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