El beso de la mujer araña

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Manuel Puig, en una fotografía de 1969.

El beso de la mujer araña es una novela del escritor argentino Manuel Puig, publicada en 1976. Relata la historia de dos presos que conviven en la misma celda, uno político y otro homosexual. Fue incluida en la lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX del periódico español «El Mundo».[1]

Esta historia, prohibida en los años 1970 por la dictadura militar argentina (país de origen de Manuel Puig) fue llevada al cine en 1985 por el director Héctor Babenco y protagonizada por Sônia Braga, William Hurt y Raúl Juliá.

Basándose en esta historia, John Kander y Fred Ebb (autores de la famosa canción "New York, New York") compusieron un musical del mismo nombre (Kiss of the spider woman)[2] y que ha sido representado en todo el mundo obteniendo el Premio Tony en 1993.[3] El compositor alemán Hans Werner Henze tuvo la intención de componer una ópera sobre el tema.

Descripción[editar]

En los primeros capítulos, Puig nos hace ver las personalidades de ambos personajes: Valentín Arregui y Molina.

El primero, con sus 26 años, es un preso por subversión, es decir, que este hombre piensa que puede cambiar el país con las armas y es un idealista en el campo de lo social, pues piensa que el país tiene esperanza si todos se unen a luchar por el pueblo. Además, menciona varias veces que para él la revolución está antes que los sentimientos. Estudia muchos libros de sociología, sospecha de todo lo que pasa en la penitenciaría, y, obviamente, esto nos lleva a pensar que ha sospechado de Molina.

Éste último, por su parte, es un hombre de 37 años de edad que fue acusado de corrupción de menores. El crimen que ha cometido es completamente pasional: se encariñó con un muchachito; lo cual nos dice que Molina es una persona muy sentimental, para la que los sentimientos están por encima de lo demás. No hay que olvidar que Molina menciona constantemente que desea ser una mujer. Es por eso, además, que él considera buenas las películas que cuenta si tienen emociones fuertes, amores frustrados o no correspondidos, imágenes que conmuevan o estremezcan. Y por eso él quiere ser la heroína de la película (una heroína sufrida, que muere por una causa hermosa, como el amor). Pero a Valentín, por el lado contrario, le gusta observar el trasfondo social de las películas que le cuenta su compañero de celda:

– […] ¿Te gusta le película? – No sé todavía. ¿A vos por qué te gusta tanto? Estás transportado. – Si me dieran a elegir una película que pudiera ver de nuevo, elegiría ésta. – ¿Y por qué? Es una inmundicia nazi, ¿o no te das cuenta?

Las películas son importantes para ir observando poco a poco el proceso de transformación de ambos personajes. Las reacciones frente a las películas que Molina le contaba a su compañero cambian conforme avanza la novela: Al comienzo le escucha con interés y con el solo objetivo de entretenerse, mientras que Molina le cuenta las películas para hacerle ganar confianza y caerle bien a Valentín. Pero el lugar, las situaciones y la condición homosexual de Molina hacen que éste empiece a conquistar a Valentín por medio de las historias de cada noche. Poco a poco, Valentín va sintiéndose identificado con el aspecto sentimental de las películas: recuerda a Marta, un viejo amor fuera de la prisión, que sabe que no podrá volver a ver.

Los elementos pop que usa Puig remiten al hogar fuera de la celda, a aquel mundo exterior: los boleros también hacen sucumbir a Valentín, mostrando su lado más blando y enseñándoselo a Molina, quien lo escucha enamorado.

Pero no son solamente estos elementos los que hacen que los personajes a veces parezcan uno solo, o se confundan entre ellos: no existe un narrador que indique quien es el que habla antes de cada parlamento y esto genera muchas veces el efecto de confusión, en especial cuando ambos están tratándose con cariño, pues es verdad que al comienzo de la novela, debido a los caracteres de los personajes se podía deducir a quien pertenecía cada parlamento, pero a Molina no se le puede confundir con nadie más que con Valentín, porque cuando habla con el director del lugar, los parlamentos están etiquetados a modo de teatro, es decir, no puede caber la confusión entre ambos personajes, cosa que sí puede pasar (y pasa) con el diálogo Valentín-Molina. Es mucho más difícil reconocer a ambos personajes cuando ambos se desnudan totalmente: son uno solo como el Ying y el Yang, una dualidad junta.

De esta dualidad nos habla Puig en su obra, en el pie de página, cuando nos dice que “[…] Las primeras manifestaciones de la libido infantil son de carácter bisexual” ; dado que la bisexualidad es un tipo de dualidad, y luego agrega que el ser humano ha desarrollado la heterosexualidad luego de haber asumido la superioridad del género masculino sobre el femenino, considerando indebido todo sexo que no sea heterosexual o genital .

La idea del amor es también la idea de fusión, que se completa con la unión sexual, la de los cuerpos, que es una fundición física. Es muy claro el aspecto de la fusión casi material que tienen Valentín y Molina, especialmente en un pasaje clave, que marca el clímax del primer contacto sexual entre ambos reos:

– Ahora sin querer me llevé la mano a mi ceja, buscándome el lunar. – ¿Qué lunar?... Yo tengo un lunar, no vos. – Sí, ya sé. Pero me llevé la mano a mi ceja, para tocarme el lunar…, que no tengo. – … – A vos te queda tan lindo, lástima que no te lo pueda ver […] – ¿Y sabés qué otra cosa sentí, Valentín? Pero por un minuto, no más. – ¿Qué? Hablá, pero quédate así, quietito… – Por un minuto sólo, me pareció que yo no estaba acá, ...ni acá, ni afuera… – … – Me pareció que yo no estaba… que estabas vos sólo. – … – O que yo no era yo. Que ahora yo… eras vos.

Es en este punto en el que Valentín cambia casi completamente, y junto con Molina, ambos empiezan a contagiarse de manera más notoria. Valentín ya no tiene miedo de expresar lo que siente, se ha liberado de los complejos de la sociedad heterosexual y adopta a Molina como sujeto pasivo en el sexo, así como se deja adoptar por él como un hijo cuando come los platos que le dan en la prisión, que le caen muy mal.

Ahora bien, Molina es quien le pide a Valentín (luego de la unión física) un intercambio más espiritual del amor, el beso:

– Bueno, pero de despedida, querría pedirte algo… – ¿Qué? – Algo que nunca hiciste, aunque hicimos cosas mucho peores. – ¿Qué? – Un beso […]

Luego de pedírselo, hablan un rato y tienen relaciones sexuales, en las que se funden en cuerpo. Luego, ya para finalizar su última escena juntos, se fusionan en alma con un beso final:

– Molina, ¿qué es?, ¿me querías pedir lo que me pediste hoy? – ¿Qué? – El beso. – No, era otra cosa. – ¿No querés que te lo dé, ahora? – Si, si no te da asco. – No me hagas enojar […] – Gracias. – Gracias a vos.

Pero ahí no acaba todo. Valentín ha sido víctima del contagio por parte de Molina, quien lo ha arrastrado con su ternura femenina hacia el pasto de las emociones. Es ahora Molina el que debe aceptar ser llevado por Valentín hacia el campo de la lucha del pueblo. Sin embargo, este propósito no será un triunfo completo, pues Molina no lo hará pensando en la lucha popular, sino movido por el amor que siente hacia su preso amante. Antes de irse se levanta y le pide como último favor que le dé toda la información para que vaya a hacerle el favor que él le había requerido desde hacía un tiempo, cuando se enteró que iba a salir.

Luego de esto, viene la muerte de ambos personajes, pero ambos lo hacen en el campo que pensaron que el otro iba a perecer: Valentín con una visión que lo hace amar, muere finalmente, y no ayudando a la causa popular, como sí moriría Molina, aunque en el fondo movido por el amor que profesaba hacia Valentín: finalmente, el amor los ha unido a ambos y, no importando la ubicación de cada uno, ambos hicieron lo que tenían que hacer juntos.

A modo de conclusión, Puig combina intencionalmente los rasgos de sus personajes, y expuestas las cosas, lo hace sobre todo con la intención de mostrar el aspecto doble del ser humano (la bisexualidad), tesis que defiende con teorías de los posfreudianos, de modo directo, y con la novela, de modo indirecto.

Referencias[editar]

  • Levine, Suzanne Jill. Manuel Puig and the Spider Woman. Farrar, Straus and Giroux. 2000.
  • Tittler, Jonathan. Manuel Puig. Twayne Publishers. 1993.