El Sexto

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El Sexto
de José María Arguedas
Género narrativo
Tema(s) El Sexto
Idioma Castellano
Editorial Juan Mejía Baca (Lima)
País Bandera de Perú Perú
Fecha de publicación 1961
Formato Impreso
Serie
Los ríos profundos (1958) El Sexto Todas las sangres (1964)
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El Sexto es la cuarta novela del escritor peruano José María Arguedas publicada en 1961 y que mereció el Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma en 1962. Es una breve novela basada en la experiencia carcelaria del autor en la prisión limeña del mismo nombre, entre los años de 1937 y 1938, bajo la dictadura de Oscar R. Benavides. Aunque ambientada en un contexto urbano y con personajes mayoritariamente costeños y criollos, no deja de tener elementos en común con sus anteriores novelas neoindigenistas, en especial con Los ríos profundos, pues su protagonista-narrador (que usa el sobrenombre de Gabriel) es también un ser marginal, sensible e idealista, escindido entre dos mundos (el serrano-andino y el costeño-criollo) y entre dos culturas (la quechua y la castellana). Asimismo la novela es un cuadro descarnado de la vida carcelaria, que se desarrolla en un edificio lóbrego donde conviven presos comunes con presos políticos. El dolor, la angustia, el sufrimiento y la muerte, son los elementos vitales que giran alrededor de la obra.

Tema central[editar]

La denuncia del horror carcelario, las experiencias del estudiante universitario Gabriel. En este lugar será testigo de las injusticias y demás aberraciones que se cometen dentro de una prisión, como el dolor, la angustia, el sufrimiento y la muerte.

Contexto político[editar]

En el epígrafe de la primera edición de la novela, Arguedas afirma que decidió escribirla en 1939, no bien salió de la cárcel, pero que solo empezó a poner en práctica esta idea recién a partir de 1957.

General Óscar R. Benavides, presidente del Perú entre 1933 y 1939.

El escritor tenía 26 años cuando vivió dicha experiencia carcelaria. Ocurrió durante la dictadura del general Oscar R. Benavides (aludido en la novela como El General), bajo la cual se hallaban fuera de la ley los partidos aprista y comunista. En realidad, Arguedas nunca fue un activo militante partidario, pero sus simpatías estaban del lado del comunismo y en contra del fascismo, pues se había formado intelectualmente con las lecturas del amauta José Carlos Mariátegui. Fue por eso que cuando en 1937 se anunció la visita del general italiano Camarotta (representante del dictador Benito Mussolini) a la sede de la Universidad de San Marcos, un grupo de estudiantes sanmarquinos se puso de acuerdo para organizar una protesta; entre ellos se encontraba Arguedas. Todos ellos eran partidarios acérrimos de la Segunda República Española y como tales, opositores declarados de la dictadura italiana, que por entonces apoyaba al bloque fascista en plena guerra civil española. En el fragor del acto, los estudiantes rodearon al general Camarotta e intentaron arrojarlo a la pila del patio de Derecho, hecho que fue impedido por un grupo de profesores. La embajada italiana protestó enérgicamente ante el gobierno peruano, y el general Benavides, a fin de dar un escarmiento ejemplar, ordenó la prisión de todos los estudiantes involucrados. Fue así como Arguedas fue a dar en El Sexto (prisión llamada así por estar en la sexta zona policial de Lima), donde pasó once meses, de noviembre de 1937 a octubre de 1938.[1]

Contexto ideológico[editar]

El mundo de los presos políticos en el Sexto refleja la realidad peruana de la década de 1930: comparativamente, los apristas son mayoría y los comunistas solo una minoría.[2] Estos partidos, de carácter revolucionario, habían surgido en los años 1920 con la pretensión de transformar radicalmente al país; pero fue el APRA, fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, que al comenzar la década de 1930 irrumpió como un partido de masas, apoyado por obreros, campesinos, estudiantes y la clase media. Participaron en las elecciones generales de 1931, que perdieron frente al teniente coronel Luis Sánchez Cerro; no reconocieron el resultado y pasaron a la más desaforada oposición, cuya cima alcanzó con la llamada revolución de Trujillo de 1932, ferozmente reprimida por el gobierno. Apristas y comunistas fueron perseguidos y puestos fuera de la ley bajo una norma de la Constitución de 1933 que proscribía a los partidos de carácter internacional; de esa época data la acuñación del término apro-comunismo. Las cárceles se llenaron de presos políticos, situación que no varió tras el ascenso al poder de Óscar R. Benavides luego del asesinato de Sánchez Cerro en 1933 a manos de un militante aprista. La novela es un eco de la lucha de los apristas y comunistas contra el régimen dictatorial de Benavides, pero a la vez refleja el enfrentamiento de ambos grupos en el plano doctrinario. Los apristas acusan a los comunistas de estar al servicio de la Unión Soviética y de ser antipatriotas; a la vez los comunistas consideran a los apristas como intrigantes al servicio de los intereses de los explotadores para frenar así la auténtica revolución. Frente a esta disputa, el joven Gabriel se muestra como un individualista acérrimo: no comparte ninguno de esos fanatismos extremos, aunque se siente más cercano a los comunistas. Se podría definirlo como un independiente.

Escenario[editar]

Los hechos narrados transcurren en el interior de El Sexto, una prisión situada en el centro de Lima, en la Av. Bolivia con Alfonso Ugarte. Al inicio del relato, el joven Gabriel cuenta su llegada luego de abandonar la Intendencia; tras cruzar un patio inmenso fue conducido hacia el tercer piso o pabellón de los presos políticos. En el primer piso se hallan los presos comunes más peligrosos (asesinos, ladrones prontuariados) y en el segundo los no avezados (violadores, estafadores, ladrones primerizos).

El nombre de la prisión se debía a que el edificio servía también de cuartel a la sexta zona policial de la República.[3]

Personajes[editar]

Principales[editar]

  • Gabriel, el narrador-protagonista, es un joven estudiante, serrano, artista, idealista, apolítico. Es natural del pueblo de Larcay, cerca de Chalhuanca. No se alínea ni con los apristas ni con los comunistas, pues siente aversión por las doctrinas y disciplinas políticas que, según él, limitan su libertad. Prefiere juzgar a los individuos no por sus diferencias políticas, sino por su personalidad, y es así como se hace amigo por igual del comunista Cámac y el aprista «Mok’ontullo». Es muy sensible y le atormentan las terribles escenas que ve en la cárcel. En los momentos de mayor angustia recuerda las bellas y apacibles imágenes de su tierra natal, a manera de paliativo.
  • Alejandro Cámac, hombre maduro, alto, flaco, serrano, campesino de origen, carpintero de minas, sindicalista y comunista. En Morococha (región minera en la sierra central del Perú) había sufrido encierro y torturas, antes de ser trasladado a Lima. Compañero de celda de Gabriel, quien llega a admirarle por su sentido de justicia, que estaba por encima de su militancia partidaria. Muere en prisión y sus camaradas lo homenajean, sumándose incluso los apristas al acto, pues todos le reconocen como un gran luchador social. Pedro, el líder de los comunistas, pronuncia un discurso en su honor.
  • Juan, apodado «Mok’ontullo», joven, alto, blanco, arequipeño y aprista. Es la esperanza de su partido, aunque él se define solo como el músculo del mismo, siendo otros los cerebros. Empero, no es fanático y hace amistad con Gabriel.
  • Francisco Estremadoyro, apodado «Pacasmayo», por ser natural del puerto de ese nombre, situado en el departamento de La Libertad, donde tenía un negocio de lanchas. Estaba como acusado de aprista, pero en realidad era apolítico y según su versión su encierro era obra de un diputado liberteño a raíz de una disputa por el amor de una mujer. Es muy jovial, conversador y lleno de energía, pero de pronto es aquejado de una extraña enfermedad que le hace enrojecer el rostro. Ello, sumado al deprimente espectáculo de la prostitución de un muchacho apodado Clavel en plena cárcel, hace que enloquezca y se suicide arrojándose contra los barrotes de la celda del muchacho.
  • El piurano Policarpo Herrera, natural de Chulucanas. Es un hombre alto y fornido, pequeño propietario, agricultor cañavelero, que según su versión estaba en prisión por su enemistad personal con el subprefecto de su provincia. Como todo hombre andino siente aversión hacia la homosexualidad; detesta por eso al Rosita y a los violadores como el Puñalada y su banda de negros.
  • Maraví, delincuente de alta peligrosidad, gordo, bajo y achinado. Es uno de los jefes de El Sexto, rivalizando con Rosita y Puñalada por el control de los negocios en el interior del penal.
  • Puñalada, es un negro ladrón y asesino. Es alto, corpulento y con mirada de caballo. Es jefe de una de las bandas que existen dentro de la prisión. Es también el encargado de llamar a los presos desde la puerta del penal. Controla el negocio de prostituir a un joven llamado Clavel, así como el tráfico de alcohol, hojas de coca y droga dentro de la prisión. Se enamora del Rosita pero éste lo rechaza.
  • Rosita, homosexual y travestido, quien purga prisión por ladrón y asesino. Es otro de los líderes del Sexto, en rivalidad con Maraví y Puñalada. Es hábil con la navaja y muy respetado por todos. Su pasatiempo favorito es el canto que entona con delicada voz. Convive en su celda con «el Sargento», un preso común condenado por estupro.

Secundarios[editar]

  • Luis preso político, natural de Cutervo en el departamento de Cajamarca. Es el líder de los apristas. Estos, que entre sí se tratan de «compañeros», son los más numerosos (más de 200).
  • Pedro, preso político, viejo, limeño. Es el líder de los comunistas, que conforman una minoría entre los presos políticos (unos 30 «camaradas»).
  • Torralba, preso político, obrero fornido, serrano y comunista.
  • «El Clavel», un muchacho homosexual, de tez clara, que es traído de la calle y encerrado en una celda donde el Puñalada y su gente lo prostituyen, cobrando a cada usuario diez soles. Enloquece y los guardias lo sacan de la prisión, desconociéndose su final. Se decía que era hijo de unos inmigrantes serranos instalados en Cantagallo, quienes lo abandonaron aun niño.
  • «El Pianista» o «el Músico», es un preso vago, quien sufre de maltratos, humillaciones y violaciones de parte de Puñalada y otros presos avezados, y termina por enloquecer. Se le ve en los pasillos simulando tocar el piano en el suelo y en los barrotes. Termina por enfermar gravemente y Gabriel trata de paliar su sufrimiento regalándole ropa y dándole comida, pero después aparece muerto en su celda. Se contaba que antes de recalar en la prisión había sido, en efecto, un estudiante de piano, que de día trabajaba de dependiente en una tienda.
  • «El Japonés», es un preso vago, de ascendencia oriental, quien es objeto de la burla y el maltrato de parte del Puñalada y otros presos. Una de las torturas a la que le sometía el Puñalada consistía en impedirle que defecara tranquilamente, haciendo que se revolcara en su suciedad.
  • Un negro idiota y exhibicionista, que enseña su enorme miembro viril a cambio de unos centavos. Él es quien, al final de la novela, mata al Puñalada cortándole en el cuello.
  • Libio Tasaico, un muchacho de 14 años, serrano y sirviente, quien llega al Sexto acusado por su patrona de robar un anillo costoso. Llevado a una celda, es abusado sexualmente por Puñalada y otros negros. Rechaza el dinero que Puñalada le quiere dar. Se hace amigo de Gabriel, de quien era paisano. Al día siguiente sale en libertad pues su patrona avisa que ya encontró su anillo.
  • «El Pato», inspector de la policía y soplón (informante o delator al servicio del gobierno), odiado por los presos políticos, que es muerto de una cuchillada por el Piurano, al final de la novela.
  • «Pate’Cabra», otro de los líderes del primer piso de El Sexto, aunque no tiene protagonismo en el relato.
  • Los vagos, son presos comunes encerrados por vagancia y por andar indocumentados; algunos se ponen al servicio de los delincuentes más avezados, como mandaderos o guardaespaldas.
  • Los paqueteros, vagos al servicio de Puñalada, Maraví y el Rosita.
  • El Comisario de la prisión, que es un mayor de la policía, algo loco y abusivo.
  • El Cabo, el Sargento, el Teniente y los guardias de la prisión.

Resumen[editar]

La novela empieza con el ingreso del joven Gabriel a la prisión de El Sexto, en pleno centro de Lima, donde oye los cánticos de los presos políticos: los apristas cantan a todo pulmón «La marsellesa aprista» y los comunistas el himno de «La Internacional». Gabriel es un estudiante universitario involucrado en una protesta contra la dictadura que rige al país y por ello es conducido al pabellón destinado a los presos políticos, situado en el tercer piso del penal. Es introducido en una celda, que compartirá en adelante con Alejandro Cámac Jiménez, un sindicalista minero de la sierra central, preso por comunista.

Cámac se convierte para Gabriel en el guía y consejero en ese submundo donde se encuentra «lo peor y lo mejor del Perú». La cárcel está dividida en tres niveles: en el primer piso se encuentran los delincuentes más peligrosos y prontuariados; en el segundo están los delincuentes no avezados (violadores, ladrones primerizos, estafadores, etc.) y en el tercero se encuentran, como ya queda dicho, los presos políticos. Gabriel va conociendo uno por uno a los presidiarios. Pedro es el líder de los comunistas y Luis el de los apristas; estos últimos son los más numerosos (más de 200, frente a 30 comunistas). Destacan también el aprista Juan o «Mok’ontullo» y el comunista Torralba. Otros «políticos» como el «Pacasmayo» y el piurano Policarpo Herrera se consideran apolíticos y aducen estar en prisión por venganzas personales. De entre los delincuentes del piso inferior Gabriel conoce a los que son los amos del Sexto: Maraví, el negro Puñalada y el Rosita, éste último un travestido. Otro grupo lo conforman los vagos, algunos de los cuales son pintorescos, como el negro que enseña su pene, «inmenso como el de una bestia de carga», a cambio de diez centavos; pero otros son verdaderos espantajos humanos, víctimas de la burla y el sadismo de los más avezados, como el Pianista, el Japonés y el Clavel.

Lo ocurrido en torno a Clavel ejemplifica en su máxima expresión el horror carcelario. Clavel es un muchacho homosexual quien luego de ser violado por los presos, es encerrado por Puñalada en una celda obligándolo a prostituirse, todo ello con la complicidad de los guardias y las autoridades penitenciarias. Clavel termina por enloquecer.

Otra escena nos permite conocer el alma bondadosa de Gabriel. Cuando el Pianista agoniza en el pasillo víctima de los maltratos sufridos, Gabriel, con ayuda de «Mok’ontullo», lo recoge, lo regresa a su celda y lo abriga con su ropa. Inesperadamente se acerca el Rosita ofreciendo ayuda y protección al Pianista. Pero éste aparece muerto al día siguiente y algunos presos acusan a Gabriel de ser responsable de su muerte, presumiendo que las ropas que le regaló habían atraído la codicia de los vagos quienes en el forcejeo para quitárselas lo habrían ahorcado. Esto provoca una disputa entre apristas y comunistas; los primeros acusan a los segundos de provocar el incidente, para enredar a «Mok’ontullo» con Rosita, y así ensuciar la trayectoria de quien era considerado como la esperanza del partido, por su juventud y entusiasmo. Este incidente provoca una serie de discusiones entre los militantes de cada partido. Los apristas se consideran los verdaderos representantes del pueblo peruano y acusan a los comunistas de estar al servicio de Moscú; por su parte, los comunistas acusan a los apristas de ser intrigantes y actuar solo como instrumentos de la clase oligárquica para frenar la revolución auténtica. Ante tal discusión, Gabriel no tiene reparos en decir abiertamente que no comulga con ideologías y disciplinas politizadas que, según él, limitan la libertad natural del ser humano. Los demás comunistas le responden que es un idealista y soñador, y que le faltaba compenetrarse más con la doctrina del partido.

Mientras tanto, el Clavel continua siendo prostituido en su celda, lo que conmueve y repugna a los presos políticos. El más afectado es «Pacasmayo», quien para colmo es presa de una extraña enfermedad que le hace enrojecer el rostro, ante la indiferencia del médico de la prisión, quien se limita a decirle que solo es un mal pasajero. El piurano también demuestra abiertamente su aversión hacia todos los actos homosexuales y de violencia sexual que se practican en la cárcel. Los líderes de los presos políticos se ponen de acuerdo y solicitan una entrevista con el Comisario del penal; asimismo le envían un petitorio donde exigen que se ponga fin al tráfico sexual y se trasladen a otra prisión al Puñalada, Maraví y Rosita. Firman la solicitud Pedro, Luis y Gabriel (éste último en nombre de los universitarios e independientes). El Comisario llama a todos ellos a su despacho; luego de leer el petitorio, lo rechaza iracundo, aduciendo que la cárcel era precisamente para eso, para que los presos se jodieran entre ellos, y que debían estar más bien agradecidos los políticos de que no fueran encerrados en el primer piso, lo cual sería, según él, el verdadero castigo, por traidores a la patria. Luis y Gabriel no se contienen y responden digna y airadamente; ante lo cual el Comisario llama a los guardias y ordena que los golpeen y los devuelvan a sus celdas.

Poco después fallece Alejandro Cámac en brazos de Gabriel. En los últimos días su salud se había quebrantado y perdido la visión de un ojo. Todos los políticos, apristas y comunitas rinden homenaje a quien consideran un gran luchador social. Pedro da un vibrante discurso. El cadáver es sacado y los presos lo despiden cantando a toda voz sus himnos respectivos. El teniente es enviado a acallar a los presos, pero no logra su cometido. La muerte de Cámac coincide con la del Japonés, víctima del hambre y los golpes; ambos cuerpos son sacados del penal en el mismo camión.

Otro suceso que conmueve a Gabriel es el ocurrido en torno a Libio Tasaico, un muchacho serrano y sirviente, de 14 años, quien llega a la cárcel acusado por su patrona de robarle una joya costosa. Esa misma noche Puñalada y otros negros violan al muchacho, quien amanece llorando desconsoladamente. Gabriel trata de calmarlo; lo lleva a su celda y le cuenta sobre la vida de su pueblo situado también en las serranías, donde los hombres son valientes y no lloran a pesar de latiguearse en las festividades patronales. Libio siente entonces alivio al encontrar a una persona que le habla con el idioma del corazón. Poco después la patrona del muchacho avisa que ya encontró la joya perdida y pide que le entreguen a Libio, pero éste no quiere regresar donde ella. Gabriel le convence entonces para que se vaya de la prisión y lo despide afectuosamente, dándole la dirección de un amigo donde lo alojarían y darían trabajo.

Este último incidente convence a Gabriel que el negro Puñalada debía morir y pide al Piurano que lo asesine. El piurano promete hacerlo y se consigue un enorme cuchillo. Una noche, Gabriel escucha los gritos de Pacasmayo; al asomarse por la baranda, lo ve arrojarse desde lo alto contra las rejas de la celda del Clavel, rompiéndose el cuello. No repuesto de la impresión, al poco rato Gabriel escucha al Puñalada gritando de dolor y lo ve desplomarse sangrando, con un enorme corte en el cuello. Gabriel cree al principio que es obra del piurano pero éste se acerca y le asegura que otro se le había adelantado. El teniente, el cabo y los guardias irrumpen y encuentran al negro exhibicionista con un cuchillo en la mano; asumen que es el asesino del Puñalada y lo arrestan. También llevan como testigos a Gabriel y al piurano; Gabriel cuenta a los policías que Pacasmayo se quitó la vida al no poder soportar el abominable espectáculo del muchacho prostituido, pero el cabo supone que el motivo más probable sería un sentimiento de celos por el maricón, lo cual indigna a Gabriel y al piurano. Ambos son devueltos a la cárcel, pero cuando atraviesan el patio se les acerca «el Pato», un inspector, quien pistola en mano amenaza al piurano y lo insulta, llamándolo cholo asqueroso. «El Pato» era un soplón o delator al servicio del gobierno y como tal odiado por los presos políticos; el piurano no soporta la ofensa y con un movimiento veloz saca su cuchillo y le da un tajo en el cuello. «El Pato» se desploma muerto ante la estupefacción de todos. Gabriel sube al tercer piso y anuncia a toda voz el suceso; todos celebran y dan vivas al piurano. El relato termina cuando, al amanecer siguiente, Gabriel despierta al escuchar una voz que llamaba a los presos desde la puerta de la prisión, imitando al Puñalada. Era un negro joven, que relevaba así al amo fallecido.

Crítica[editar]

Según el análisis de Mario Vargas Llosa, desde un punto de vista formal esta novela es la más imperfecta de las que escribió Arguedas. Hace notar que en lo que respecta a la anécdota, hay demasiados cabos sueltos, episodios como la disputa entre los apristas y comunistas por el incidente del Pianista, que carecen de poder de persuasión, o que no armonizan con el contexto como el discurso a la muerte de Cámac, o momentos que debieron ser de gran dramatismo pero que no lo son por estar mal resueltos, como la muerte de Puñalada a manos del negro que exhibe su miembro viril. Agrega también que muchos de los personajes son borrosos y que la historia transcurre sin soltura, pues el tiempo narrativo no está bien estructurado.

Empero, Vargas Llosa señala también sus aciertos. Según su criterio, lo mejor sería «la parte estática del libro, el ambiente de rutina embrutecedora, envilecimiento y podredumbre que sirve de marco a la acción.» Otro de los aciertos serían los «personajes colectivos», «entidades gregarias en las que el individuo es absorbido y borrado por el conjunto, que funciona como el sincronismo de un ballet.» Entre esas tropas humanas la más vívidamente representada sería la de los vagos, en quienes, pese a su repulsión, Arguedas consigue preservar un relente de humanidad, y sus apariciones provocan, además de disgusto y pavor, compasión y hasta ternura.[4]

El libro ha sido construido a base de diálogos; la parte descriptiva es menos importante que la oral. Esto significó un cambio en la narrativa de Arguedas. En Yawar Fiesta había ensayado con acierto una reelaboración castellana del quechua para hacer hablar a sus personajes indios, y ese estilo mestizo alcanzaba un alto nivel artístico en Los ríos profundos. En El Sexto, con una sola excepción, quienes hablan no son indios sino limeños, serranos que se expresan ordinariamente en español y gentes de otras provincias de la costa. Arguedas trató de reproducir las variedades regionales y sociales —el castellano de los piuranos, de los serranos, de los zambos, de los criollos más o menos educados— mediante la escritura fonética, a la manera de la literatura costumbrista, y aunque en algunos momentos acertó (por ejemplo, en el caso de Cámac), en otros fracasó y cayó en el manierismo y la parodia. Esto es evidente cuando hablan los zambos o don Policarpo; esas expresiones argóticas, deformaciones de palabras trasladadas en bruto, sin recreación artística, consiguen un efecto contrario al que buscan (fue el vicio capital del costumbrismo): parecen artificios, voces gangosas o en falsete.
De todos modos, aun con estas limitaciones, por su rica emotividad, sus hábiles contrastes y sus relámpagos de poesía, el libro deja al final de la lectura, como todo lo que Arguedas escribió, una impresión de belleza y de vida.[5]

Mensaje[editar]

Arguedas define a "El Sexto" como una escuela del vicio, pero a la vez como una escuela de generosidad. Y es que en ese lugar el escritor encontró lo peor que la sociedad ha parido pero a la vez la esperanza de quienes luchaban por cambiarla, sufriendo no solo la privación de la libertad sino torturas y sufrimientos. Al margen de las menudas disputas doctrinarias que se dan entre los presos políticos, existe ideales comunes que en determinados momentos hermana a todos ellos: la lucha contra una dictadura totalitaria y el deseo por implantar en el país la justicia social.

Referencias[editar]

  1. Vargas Llosa 1996, pp. 109-110; 212.
  2. Vargas Llosa 1996, p. 219.
  3. Vargas Llosa 1996, pp. 212-213 (nota al pie de página).
  4. Vargas Llosa 1996, p. 231.
  5. Vargas Llosa 1996, p. 232.

Bibliografía[editar]

  • Arguedas, José María: El Sexto. Sexta Edición. Lima, Editorial Horizonte, 1980.
  • Sánchez, Luis Alberto: La literatura peruana. Derrotero para una historia cultural del Perú, tomo V. Cuarta edición y definitiva. Lima, P. L. Villanueva Editor, 1975.
  • Vargas Llosa, Mario: La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. ISBN 968-16-4862-5