Efecto apotropaico

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Efecto apotropaico es el mecanismo de defensa que la superstición o las pseudociencias atribuyen a determinados actos, rituales, objetos o frases formularias, consistente en alejar el mal o proteger de él o de los malos espíritus o de una acción mágica maligna. Viene del griego apotrepein ('alejarse'), y psicológicamente tiene que ver con la represión de lo malo. Lingüísticamente se expresa mediante el eufemismo contra una palabra tabú.

Origen[editar]

El instinto de conservación origina algunos actos instintivos que no tienen explicación racional aparente, como por ejemplo matar un insecto o una araña o rehuir determinadas situaciones. En el origen de los actos apotropaicos se encuentran rastros de esos impulsos instintivos fruto de la evolución y la selección natural.

Gestos, fórmulas, fetiches y rituales[editar]

Determinados gestos son considerados apotropaicos por la antropología cultural: hacer la higa (el gesto del dedo medio) para rechazar el mal de ojo, tocar madera, cruzar los dedos, decir "¡Jesús!" para rechazar el mal agüero de un estornudo (aun cuando esta exclamación se utiliza comúnmente como fórmula de cortesía cuando alguien estornuda), evitar determinados animales o números, etcétera. Los romanos cortaban las manos a los suicidas como acto apotropaico para defenderse del mal espíritu. Igualmente, los denominados conjuros y ensalmos, o fórmulas como las que se pronuncian en los brindis o en las queimadas. Asimismo, ciertos objetos y fetiches suelen ser considerados protectores, amuletos o talismanes, como el ojo apotropaico, el trébol de cuatro hojas, la pata de conejo, etcétera.

Símbolos y arquitectura[editar]

Algunos símbolos de la arquitectura, como la cruz misma, la flor de lis, la cabeza sin cuerpo y los ángeles cumplen una función protectora. Asimismo, las gárgolas tendrían el efecto apotropaico de defender la pureza del agua y de las fuentes, y los leones de los monumentos y las tumbas son defensores del personaje allí conmemorado o enterrado. Determinadas plantas como el laurel, y algunos árboles a la entrada de los templos y las casas, poseían, aparte de la función de dar sombra, la protectora, así como las herraduras clavadas en los umbrales o casapuertas de una vivienda. Los falos desenterrados por la arqueología poseen igualmente dicha función.

Historia[editar]

Desde antiguo muchos autores han reprobado con criterios racionales estos actos, considerándolos un prejuicio cognitivo, como el doctor Gaspar Navarro en su Tribunal de superstición ladina, explorador del saber, astucia y poder del demonio: en que se condena lo que suele correr por bueno en hechizos, agueros, ensalmos, vanos saludadores, maleficios, conjuros, arte notoria, caualista, y paulina y semejantes acciones vulgares (Huesca: Pedro Blusón, 1631) y durante la Ilustración fue un lugar común el rechazar y criticar estas prácticas irracionales, contra las cuales, por ejemplo, escribió el padre Benito Jerónimo Feijoo no pocos ensayos.

Véase también[editar]

Bibliografía[editar]

  • GARCÍA SIERRA, Pelayo, "Núcleo de la magia. Cuerpo de la religión. Cuerpo de la ciencia"
  • CIRLOT, Juan Eduardo. Diccionario de Símbolos, Barcelona, 1997.