Divinidad tutelar

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Una divinidad tutelar es un espíritu o deidad a cargo de ser guardián, patrón o protector de un lugar particular, accidente geográfico, persona, linaje, nación, cultura o profesión en la religión politeísta o animista.

Un concepto similar en el cristianismo sería el santo patrono o, en un grado inferior, el ángel de la guarda.

Genio tutelar, espíritu protector y espíritu familiar[editar]

Pierre A. Riffard define el espíritu tutelar, como un genio tutelar (presente desde el nacimiento), como un espíritu protector (que puede ayudar en momentos de dificultad) o como un espíritu familiar.[1]

Un genio tutelar es una deidad o daimon estrictamente personal que ha presidido el destino de cada hombre o mujer, siempre desde su nacimiento, hasta el momento de su muerte, cuando el espíritu , finalmente, desaparece. Desde que Sócrates, en su infancia, había oído la voz de su espíritu personal o daimon, que le prohibía hacer cosas:

"Mas la causa es lo que muchas veces me habéis oido decir en muchos lugares, que sobre mí siento la influencia de algún dios y de algún genio - a lo cual , como oísteis, aludió Meleto en su jocosa acusación -: se trata de una voz que comenzó a mostrárseme en mi infancia, la cual, siempre que se deja oir, trata de apartarme de aquello que quiero hacer y nunca me incita hacia ello."

Platón. Defensa de Sócrates, 40 b.

En Europa[editar]

Antigua Grecia[editar]

En el politeísmo griego, Atenea era la diosa patrona de la ciudad de Atenas.

Antigua Roma[editar]

Las murallas de la ciudad que protege están representados por la corona de Cibeles.

Las divinidades tutelares que protegen y preservan un lugar o una persona son fundamentales en la antigua religión romana. La divinidad tutelar de una persona era su genio o también, en el caso de una mujer, su Juno.[2] En la época imperial, el genio del emperador era el foco del culto imperial. Un emperador podía también adoptar una deidad importante como patrón o protector personal o tutelar,[3] como Augusto hizo con Apolo.[4] Los precedentes para reclamar la protección personal de una deidad se establecieron en la época republicana cuando, por ejemplo, el dictador romano Sila anunció a la diosa Victoria como su divinidad tutelar mediante la celebración de juegos públicos (ludi) en su honor.[5]

Cada pueblo o ciudad tenía una o varias divinidades tutelares, cuya protección se consideraba particularmente importante en tiempos de guerra y asedio. La misma Roma estaba protegida por una diosa cuyo nombre se mantenía ritualmente secreto, bajo pena de muerte (como fue el caso de Quinto Valerio Sorano).[6] La ​​Tríada Capitolina de Juno, Júpiter y Minerva también fueron divinidades tutelares de Roma.[7]

Las ciudades itálicas tenían sus propias divinidades tutelares. Juno, a menudo, tenía esta función, como en la ciudad latina de Lanuvium y en la ciudad etrusca de Veyes,[8] y se encontraba frecuentemente en un gran templo en el arx (ciudadela) o en otro lugar prominente o céntrico.[9] La divinidad tutelar de Preneste fue Fortuna, cuyo oráculo era muy renombrado.[10]

El ritual romano de evocatio se basaba en la creencia de que una ciudad podía ser vulnerable militarmente si el poder de la divinidad tutelar era desviado fuera de la ciudad, tal vez por una superior oferta de culto al mantenido en Roma.[11] La representación de algunas diosas, como es el caso de la Magna Mater (Cibeles) como "torre coronada" identifica su capacidad para preservar la ciudad.[12] Los pueblos en las provincias romanas podrían adoptar una deidad de la esfera religiosa romana para servir como su guardián o sincretizar su propia divinidad tutelar como tal. Por ejemplo, una comunidad dentro de la civitas de los Remos en la Galia adoptó a Apolo como su divinidad tutelar, y en su capital (hoy, Reims), el tutelar era Marte-Camulos.[13]

Lararium mostrando divinidades tutelares de la casa: el ancestral genio (centro), flanqueado por dos lares, con una serpiente guardiana (abajo).

Las divinidades tutelares se incluían también en lugares menores, como almacenes, cruces de caminos y graneros. Cada hogar romano tenía un conjunto de deidades protectoras: el lar o lares del hogar o la familia, cuyo santuario era un lararium; los penates que custodiaban el almacén (penus) de la parte más interna de la casa; Vesta, cuyo lugar sagrado en cada casa era el fuego del hogar; y el genio del paterfamilias, el cabeza de familia.[14] El poeta Marcial listó las divinidades tutelares que velaban por los diversos aspectos de su granja.[15] La arquitectura de un granero (horreum) presentaba hornacinas con imágenes de las divinidades tutelares, que podían incluir al genius loci o espíritu guardián del lugar, Hércules, Silvano, Fortuna Conservatrix ("Fortuna la preservadora") o las griegas orientales de Afrodita y Agatodemon (Agathe Tyche).[16]

Los Lares Compitales eran los dioses tutelares de un barrio (vicus). Cada uno tenía un compitum (santuario) dedicado a ellos.[17] Durante la República, el culto de las divinidades tutelares locales o del vecindario a veces se convirtió en punto de manifestación de agitación política y social .

En América[editar]

La religión americana nativa, (véase también el animismo y el chamanismo) cuenta con amplia y variada oferta de divinidades tutelares zoomorfas, (también conocidos como animales de poder). En Mesoamérica, estos animales tutelares se llaman nahual en idioma azteca y uay en lengua maya.

Referencias[editar]

  1. Pierre A. Riffard, Nouveau dictionnaire de l’ésotérisme, Paris: Payot, 2008, p. 114-115, 136-137.
  2. Nicole Belayche, "Religious Actors in Daily Life: Practices and Beliefs" in A Companion to Roman Religion (Blackwell, 2007), p. 279.
  3. Ittai Gradel, Emperor Worship and Roman Religion (Oxford University Press, 2002), pp. 104–105.
  4. Michael Lipka, Roman Gods: A Conceptual Approach (Brill, 2009), pp. 20–21; Gradel, Emperor Worship and Roman Religion, p. 116.
  5. Frank Bernstein, "Complex Rituals: Games and Processions in Republican Rome," en A Companion to Roman Religion, pp. 231 y sig.
  6. Jörg Rüpke, Religion of the Romans (Polity Press, 2007), pp. 132–133.
  7. Lipka, Roman Gods, pp. 23–24.
  8. Gary Forsythe, A Critical History of Early Rome: From Prehistory to the First Punic War (University of California Press, 2005, 2006), p. 128.
  9. Rüpke, Religion of the Romans, p. 132, citando a Macrobio Saturnalia 3.9.
  10. P. G. P. Meyboom, The Nile Mosaic of Palestrina: Early Evidence of Egyptian Religion in Italy (Brill, 1995), prefacio (online) y p. 160.
  11. Lipka, Roman Gods, pp. 126–127; Clifford Ando, "Exporting Roman Religion," en A Companion to Roman Religion (Blackwell, 2007), p. 441.
  12. Lipka, Roman Gods, p. 123, citando a Lucrecio, De rerum natura 2.606–609.
  13. Ton Derks, Gods, Temples, and Ritual Practices: The Transformation of Religious Ideas and Values in Roman Gaul (Amsterdam University Press, 1998), pp. 100, 105, 108–109.
  14. Valerie M. Warrior, Roman Religion (Cambridge University Press, 2006), pp. 28–29.
  15. Marcial, Epigrams 10.92, citadas por Warrior, Roman Religion, pp. 29–30.
  16. Geoffrey Rickman, Roman Granaries and Store Buildings (Cambridge University Press, 1971), pp. 35, 52, 57, 313–314.
  17. Gradel, Emperor Worship and Roman Religion, p. 11; Robert E.A. Palmer, The Archaic Community of the Romans (Cambridge University Press, 2009), p. 81 online.