Derechos de la mujer

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Los Derechos de la mujer son las facultades y atribuciones que exigen las mujeres y las niñas de muchas sociedades de todo el mundo. En algunos lugares, estos derechos están institucionalizados o respaldados por la ley, las costumbres locales y el comportamiento social, mientras que en otros lugares se ignoran o reprimen. Difieren de las nociones generales de derechos humanos por ser inherentes al prejuicio contra las mujeres y las niñas para favorecer a los hombres y los niños[1] .

Los temas que con más frecuencia se asocian con la noción de derechos de la mujer son –entre otros– los siguientes: derecho a la integridad y al control del propio cuerpo, derecho al sufragio, derecho a ocupar cargos públicos, derecho al trabajo, derecho a un remuneración justa e igualitaria, derecho a poseer propiedades, derecho a la educación, derecho a servir en el ejército, derecho a firmar contratos legales, y derechos matrimoniales y parentales[2] .

Historia[editar]

Culturas antiguas[editar]

Aunque los hombres parecen haber dominado en muchas culturas antiguas, hay algunas excepciones. Por ejemplo, en la cultura aka de Nigeria, las mujeres pueden cazar, e incluso hacerlo solas, y a menudo controlan la distribución de los recursos[3] . En el antiguo Egipto hubo mujeres gobernantes, como Cleopatra.

China[editar]

El estatus de las mujeres en el antiguo régimen de China era bajo, debido sobre todo a la costumbre del vendado de pies. En el siglo XIX, alrededor de un 45% de las mujeres chinas tenían los pies vendados, y en las clases altas, la proporción se acercaba al 100%. En 1912, el gobierno chino ordenó que cesara el vendado de los pies, que implicaba la alteración de la estructura ósea para que el pie no creciera más de 10 cm. Estos pies deformados dificultaban el movimiento, limitando así considerablemente cualquier actividad a las mujeres.

A causa de la norma social de aislar a las mujeres de los hombres, las mujeres chinas se resistían a que las trataran los médicos (hombres) que practicaban la medicina occidental. La misionera médica Dra. Mary H. Fulton (1854–1927)[4] fue enviada por la Junta de Misiones en el Extranjero de la Iglesia Presbiteriana de EE.UU. para fundar la primera facultad de medicina para mujeres en China, conocida como Escuela Hacket de Medicina (夏葛女子醫學院),[5] . La facultad se ubicó en Cantón, y fue posible gracias a una generosa donación de Edward A.K. Hackett. La facultad tenía la misión de diseminar el cristianismo y la medicina moderna, además de mejorar la situación social de las mujeres chinas [6] [7] .

Grecia[editar]

El estatus de las mujeres en la Antigua Grecia variaba de una ciudad estado a otra. En Delfos, Gortina, Tesalia, Megara y Esparta existen registros de mujeres propietarias de tierras, que en esa época era la forma más prestigiosa de propiedad privada[8]

En la antigua Atenas, las mujeres no tenían la condición de sujeto legal, y se les consideraba parte del hogar (oikos) cuya cabeza era un hombre (kyrios). Hasta el matrimonio, las mujeres estaban custodiadas por sus padres y otros parientes hombres. Una vez casadas, el esposo se convertía en su kyrios. Las mujeres no tenían permitido realizar procedimientos legales, de los que se encargaba el Kyrios en su nombre[9] . Las mujeres atenienses tenían un derecho de propiedad limitado, y por tanto no se les consideraba ciudadanas de pleno derecho, ya que la ciudadanía y los derechos civiles y políticos estaban condicionados a las propiedades y al medio de vida[10] . No obstante, las mujeres podían adquirir derechos de propiedad por donación, dote o herencia, aunque su kyrios podría disponer de dichas propiedades[11] . Las mujeres atenienses podían firmar contratos con valor menor al de «un medimnos de cebada», lo que permitía a las mujeres dedicarse al comercio minorista[9] . Al igual que las mujeres, los esclavos tampoco podían obtener la ciudadanía completa, aunque en ciertas circunstancias podían convertirse en ciudadanos si conseguían la libertad. En la antigua Atenas, la única barrera permanente a la ciudadanía, y a los derechos civiles y políticos que llevaba consigo, era el sexo. Ninguna mujer obtuvo nunca la ciudadanía, y por tanto las mujeres siempre estuvieron excluidas por principio y práctica de la antigua democracia ateniense[12] .

Por el contrario, las mujeres de Esparta disfrutaban de un estatus, poder y respeto desconocidos en el resto del mundo clásico. Aunque las espartanas estaban oficialmente excluidas de la vida militar y política, gozaban de alta consideración como madres de los guerreros espartanos. Cuando los hombres se dedicaban a actividades bélicas, las mujeres se responsabilizaban de dirigir las propiedades. Tras las largas guerras del siglo IV a.C., entre el 35 y el 40% de las tierras y propiedades de Esparta quedó en manos de mujeres[13] [14] . En el periodo helenístico, algunos de los espartanos más ricos eran mujeres[15] . Controlaban sus propiedades, así como las de los parientes que habían partido con el ejército[13] . Las espartanas no solían casarse antes de los 20 años, y al contrario que las atenienses, que vestían con recato y rara vez salían de casa, las espartanas utilizaban ropa corta y ligera, y se movían con toda libertad[16] . Tanto las niñas como los niños recibían educación y participaban en las Gimnopedias («Fiesta de los niños desnudos»)[13] [17] .

Platón afirmaba que la concesión de derechos políticos y civiles a las mujeres alteraría sustancialmente la naturaleza del hogar y del estado[18] . Aristóteles, discípulo de Platón, negaba que las mujeres fueran esclavas o pudieran considerarse una propiedad, alegando que «la naturaleza ha distinguido entre la mujer y el exclavo», pero opinaba que las esposas se podían «comprar». Argumentaba que la principal actividad económica de las mujeres era la de cuidar la propiedad familiar creada por el hombre. Según Aristóteles, el trabajo de las mujeres no añadía valor porque «el arte de la gestión del hogar no es idéntica al arte de la adquisición de riqueza, porque una utiliza el material que proporciona la otra»[19] .

Por el contrario, los estoicos defendían la igualdad entre los sexos, ya que según sus teorías, la desigualdad era contraria a las leyes de la naturaleza[20] . Al hacerlo, siguieron la filosofía de los cínicos, que argumentaban que las mujeres y los hombres deberían vestir igual y recibir la misma educación[20] . También consideraban el matrimonio como una sociedad moral entre iguales, y no como una necesidad biológica o social, y ponían en práctica estas enseñanzas y opiniones en su vida diaria[20] . Los estoicos adoptaron las doctrinas de los cínicos y las añadieron a sus propias teorías sobre la naturaleza humana, dando a su defensa de la igualdad entre sexos una sólida base filosófica[20] .

Antigua Roma[editar]

Fulvia, esposa de Marco Antonio, comandó tropas durante las guerras civiles romanas y fue la primera mujer cuya imagen apareció en monedas del Imperio[21]

Las mujeres libres de la antigua Roma eran ciudadanas romanas con privilegios y protecciones legales que no disfrutaban los no ciudadanos ni los esclavos. No obstante, la sociedad romana era patriarcal, y a las mujeres no se les permitía votar, ocupar cargos públicos o servir en el ejército[22] . Las mujeres de clase alta ejercían influencia política a través del matrimonio y la maternidad. Durante la República, la madre de los Gracos y la madre de Julio César fueron señaladas como mujeres ejemplares que potenciaron las carreras de sus hijos. Durante el periodo imperial, las mujeres de la familia del emperador podían adquirir un considerable poder político, y se les representaba a menudo en el arte oficial y en las monedas. Pompeya Plotina ejerció influencia tanto en su marido, el emperador Trajano, como en su sucesor, Adriano. Se publicaban sus cartas y peticiones sobre temas oficiales, indicación de que sus opiniones tenían peso en la opinión pública[23] .

El estatus de un niño venía determinado por el de su madre. Tanto las hijas como los hijos estaban sujetos a la patria potestas, el poder del padre como cabeza de familia (pater familias). En el apogeo del Imperio (siglos I y II), la situación legal de las hijas difería poco o nada de la de los hijos[24] . Las hijas tenían los mismos derechos hereditarios que los hijos en caso de que el padre falleciera sin dejar testamento[25] .

Pareja uniendo sus manos en señal de matrimonio, institución idealizada por los romanos como pilar de la sociedad y alianza para tener y criar hijos, tratar los asuntos diarios, llevar vidas ejemplares y profesarse afecto[26]

En el primer periodo de la época republicana, la novia pasaba de estar bajo control de su padre a las «manos» (manus) de su marido. Después quedaba sujeta a la potestad (potestas) de su marido, aunque en menor grado que los hijos[27] . Esta arcaica forma de matrimonio se había abandonado casi por completo en la época de Julio César, en la que, por ley, una mujer seguía estando bajo la autoridad paterna incluso después de trasladarse a casa de su marido. Este arreglo fue uno de los factores de la independencia que las mujeres romanas disfrutaban en comparación con otras culturas antiguas hasta el periodo moderno[28] : aunque tenían que responder ante su padre en temas legales, estaban libres de su escrutinio en la vida diaria[29] , y su marido no tenía poderes legales sobre ellas[30] . Cuando moría su padre, quedaban legalmente emancipadas sui iuris[24] . Una mujer casada retenía la propiedad de los bienes que había aportado al matrimonio[24] . Aunque ser univira («mujer de un solo hombre», es decir, que solo se había casado una vez) era motivo de orgullo, el divorcio no estaba especialmente mal considerado, y tampoco el casarse rápidamente tras divorciarse o quedar viuda[31] . La ley romana clásica prohibía que un marido maltratara a su esposa o la obligara a tener relaciones sexuales[32] . El maltrato físico era causa suficiente de divorcio u otras acciones legales contra el marido[33]

Como legalmente seguían perteneciendo a su familia de nacimiento, las mujeres romanas mantenían su apellido durante toda su vida. Los hijos solían tomar el del padre, pero en el periodo imperial, en ocasiones utilizaban el de la madre o combinaban los dos[34] . El derecho que tenían las madres a poseer propiedades y a disponer de ellas según su conveniencia incrementaba su influencia sobre sus hijos, incluso cuando ya eran adultos[35] . Gracias a su situación legal de ciudadanas y el grado de emancipación del que disfrutaban, las mujeres podían poseer propiedades, firmar contratos y crear empresas[36] . Algunas consiguieron y gestionaron considerables fortunas, y su nombre aparece en inscripciones por haber financiado importantes obras públicas[37] .

Las mujeres romanas podían comparecer en un juzgado y defender casos, aunque la costumbre era que las representara un hombre[38] . Se las consideraba demasiado ignorantes y faltas de criterio como para ejercer la abogacía, y al mismo tiempo eran activas e influían en los casos legales, lo que dio como resultado un edicto que limitó su ejercicio del derecho a los litigios que les afectaran directamente[39] . Aun después de que se aprobara esta restricción, existen numerosos ejemplos de mujeres que actuaron eficazmente en temas jurídicos, por ejemplo, dictando estrategias legales a sus abogados[40] .

Figura de bronce de una joven leyendo (finales del siglo I)

Augusto, el primer emperador romano, apoyó su ascenso al poder absoluto en la restauración de la moral tradicional, e intentó regular con leyes el comportamiento de las mujeres (Ley Julia). Se criminalizó el adulterio[41] , que en la época republicana era un asunto limitado al ámbito familiar, redefiniéndolo como acto sexual ilícito (stuprum) ocurrido entre un ciudadano y una mujer casada, o entre una mujer casada y cualquier persona que no fuera su marido. Se establecía así una doble moral: una mujer solo podía practicar el sexo con su marido, mientras que los hombres no cometían adulterio si mantenían relaciones sexuales con prostitutas, esclavas o personas en situación marginal (infamis)[42] El estado fomentaba la maternidad: el ius trium liberorum («derecho legal de tres hijos») concedía honores simbólicos y privilegios legales a las mujeres con tres hijos y las liberaba de la dependencia de cualquier hombre[43] .

Los filósofos estoicos influenciaron el desarrollo de la ley romana. Los estoicos de la época imperial, como Séneca y Musonio Rufo, desarrollaron teorías de moral sexual. Aunque no defendían la igualdad social o legal, mantenían que la naturaleza da a hombres y mujeres una idéntica capacidad para la virtud y similar obligación de actuar virtuosamente, y por tanto mujeres y hombres tienen igual necesidad de adquirir conocimientos de Filosofía[20] . Se cree que estas tendencias filosóficas de la élite dirigente ayudaron a mejorar la situación de la mujer durante la época imperial[44] .

En Roma no existía un sistema escolar estatal, y la educación solo estaba al alcance de los que podían pagarla. Las hijas de senadores y caballeros solían recibir educación primaria (de los 7 a los 12 años)[45] . Más allá de esa edad, poca gente recibía educación, fuera del sexo que fuera. En ocasiones, las niñas de clase más humilde se escolarizaban para que pudieran ayudar en el negocio familiar o pudieran trabajar como escribas y secretarias[46] . La mujer que alcanzó mayor prominencia en el mundo antiguo por sus conocimientos fue Hipatia de Alejandría, que impartía cursos avanzados a hombres jóvenes y actuaba como consejera política del prefecto de Egipto. Su influencia la colocó en situaciones conflictivas con Cirilo, Patriarca de Alejandría, que podría haber estado envuelto en la muerte violenta de Hipatia en el año 415 a manos de una turba cristiana[47] .

La ley romana reconocía la violación como delito del que la víctima no tenía culpa alguna[48] y la castigaba con pena de muerte[49] . El derecho a la integridad física era fundamental en el concepto romano de ciudadanía, como indica la leyenda romana que relata la violación de Lucrecia por el hijo del rey. Tras denunciar la tiranía de la familia real, Lucrecia cometió suicidio como forma de protesta política y moral. Los autores vieron en su sacrificio el catalizador del derrocamiento de la monarquía y el restablecimiento de la república[50] . Según la ley, la violación solo podía cometerse contra un ciudadano; la violación de un esclavo solo se sancionaba como daño a una propiedad[51] . La mayoría de las prostitutas en la antigua Roma eran esclavas, aunque algunos contratos de compra de esclavas contenían cláusulas que las protegían de la prostitución forzada[52] . Una mujer libre que trabajase como prostituta perdía su estatus social y se convertía en infamis, mujer de mala reputación. Al dejar que su cuerpo estuviera a disposición de cualquiera, renunciaba a su derecho a estar protegida contra los abusos sexuales y la violencia física[53] . La actitud respecto a la violación cambió al ir extendiéndose el cristianismo por el imperio. San Agustín y otros padres de la Iglesia interpretaban el suicidio de Lucrecia como la admisión de que había incitado al violador y experimentado placer[54] . En la época de Constantino, el primer emperador cristiano, si un padre acusaba a un hombre de secuestrar a su hija, pero la hija había dado su consentimiento a la fuga, se castigaba a la pareja con la hoguera. Si la mujer no había consentido a su violación o secuestro, aún podía ser castigada con penas menores como cómplice, aduciendo que «podría haberse salvado pidiendo ayuda a gritos»[55] .

Escrituras religiosas[editar]

La Biblia[editar]

«Y el hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20).

«Y gobernaba en aquel tiempo a Israel unamujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot» (Libro de los Jueces 4:4) (Dios eligió a una mujer, Débora, para guiar a Israel).

«Vino María Magdalena dando las nuevas a los discípulos de que había visto al Señor, y que Él le había dicho estas cosas» (Evangelio de Juan 20:18) (La primera persona en ver a Jesús tras su crucifixión fue una mujer, María Magdalena).

No obstante, en las épocas anteriores y contemporáneas a la Biblia, el papel de la mujer estaba sujeto a severas restriccionesref>Robinson, B.A. The status of women in the Bible and in early Christianity, Ontario Consultants on Religious Tolerance, 2010. Web: http://www.religioustolerance.org/fem_bibl.htm 11 de septiembre de 2010.</ref>.

El Corán[editar]

El Corán, escrito por Mahoma a lo largo de 23 años, se convirtió en la guía de la comunidad islámica y modificó las costumbres existentes en la sociedad árabe[56] . Del año 610 al 661, el Corán realizó reformas fundamentales en las costumbres reguladas por ley e introdujo derechos para las mujeres en cuestiones de matrimonio, divorcio y herencia. Al establecer que la esposa, y no su familia, recibiría la dote del marido, y podía administrarla por ser su propiedad privada, el Corán hizo a las mujeres parte legítima del contrato de matrimonio[57] .

Aunque en las leyes costumbristas solo los descendientes masculinos heredaban, el Corán introdujo reglas de herencia que fijaban partes a repartir entre legatarios designados: primero a la mujer de parentesco más cercano y después al hombre de parentesco más cercano[58] . Según Annemarie Schimmel, «en comparación con la posición de las mujeres en la época preislámica, la Fiqh supuso un enorme progreso; la mujer tenía el derecho, al menos según la ley, de administrar la riqueza que había aportado a la familia o había ganado con su propio trabajo»[59] .

La mejora general de la situación de las mujeres árabes incluía la prohibición del infanticidio femenino, y reconocía a la mujer como persona de pleno derecho[60] . En general, las mujeres adquirieron mayores derechos que en la época anterior[61] [62] y que en la Europa medieval[63] . En otras culturas, las mujeres no alcanzaron un estatus social similar hasta siglos después[64] . Según el profesor William Montgomery Watt, «cuando se estudia en este contexto histórico, Mahoma puede considerarse una figura que defendió los derechos femeninos»[65]

La Edad Media[editar]

Según el Derecho de Inglaterra, que se desarrolló a partir del siglo XII, todas las posesiones que luna mujer tuviera a su nombre en el momento del matrimonio pasaban a ser propiedad del marido. Los tribunales ingleses acabaron por prohibir que los maridos se arrogaran las propiedades sin consentimiento de su esposa, pero retuvieron el derecho a administrarlas y a su usufructo. Las mujeres francesas casadas sufrían restricciones a su capacidad legal que duraron hasta 1965[66] . A pesar de la relativa libertad que disfrutaban las mujeres anglosajonas, hasta mediados del siglo XIX, los escritores daban por hecho que el orden natural era el patriarcado y que siempre había existido[67] . Esta percepción no se puso en duda hasta el siglo XVIII, cuando los misioneros jesuitas descubrieron linajes maternos en los pueblos nativos de Norteamérica[68] .

Europa de los siglos XVIII y XIX[editar]

Tres mujeres sentadas a la mesa, una de ellas cosiendo y otra tomando lo que parece una taza de té. Están dibujadas para tener un aspecto casi terrorífico. La tercera mujer parece tener dos cabezas, pero quizás haya una cuarta. Da la impresión de que las cabezas no están a gusto con esos cuerpos. Los colores son granate, negro, marrón y beige
«La Debutante» (1807), de Heinrich Füssli. La mujer, víctima de las convenciones sociales masculinas, está atada a la pared, cosiendo y vigilada por gobernantas. El cuadro refleja las opiniones de Mary Wollstonecraft en su libro «Vindicación de los derechos de la mujer», publicado en 1792.[69]

Desde finales del siglo XVIII y a lo largo del XIX, los derechos, como concepto y exigencia, aumentaron su importancia política, social y filosófica en Europa. Surgieron movimientos que pedían la libertad de culto, la abolición de la esclavitud, derechos para las mujeres y para la gente sin propiedades y el sufragio universal[70] . A finales del XVIII, la cuestión de los derechos de la mujer se convirtió en tema central de los debates políticos en Francia y Gran Bretaña. En esa época, algunos de los más prestigiosos pensadores de la Ilustración, que defendían los principios democráticos del Igualitarismo y cuestionaban la noción de que una minoría privilegiada gobernara a la vasta mayoría de la población, creían que estos principios solo debían aplicarse a su propio sexo y a su propia raza. El filósofo Jean Jacques Rousseau, por ejemplo, pensaba que el hecho de que la mujer obedeciera al hombre formaba parte del orden natural. Escribió que «las mujeres hacen mal en quejarse de la desigualdad de las leyes humanas» y defendió que «cuando la mujer intenta usurpar nuestros derechos, se muestra inferior a nosotros»[71] .

Los esfuerzos de Dorothea von Velen, amante de Juan Guillermo, elector del Palatinado, condujeron a la abolición de la «cobertura» –una doctrina legal por la que los derechos legales de las mujeres casadas pasaban al marido–, hecho que fue un temprano ejemplo de derechos femeninos. El palatinado fue el primer estado germánico en abolir la cobertura, que fue brevemente reinstaurada por Carlos III Felipe, sucesor de Juan Guillermo. Dorothea protestó desde su exilio en Ámsterdam. Publicó sus memorias, «Una vida para la reforma», muy críticas con el gobierno de Carlos Felipe. Para evitar un escándalo, el nuevo elector se plegó a las exigencias de Dorothea, y volvió a derogar la cobertura[72] .

En 1791, Olympe de Gouges, dramaturga y activista política francesa, publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana[73] , que tomaban como modelo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Su formulación es irónica, y expone el fracaso de la Revolución francesa, tan dedicada al Igualitarismo. En dicha declaración se puede leer: «Esta revolución solo tendrá efecto cuando todas las mujeres sean totalmente conscientes de su deplorable condición, y de los derechos que han perdido en la sociedad». La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana repasa los 17 artículos de los derechos del hombre punto por punto, y se ha descrito como «prácticamente una parodia del documento original».

Dibujo satírico de 1887 sobre los derechos de las mujeres australianas: una hipotética diputada endosa el cuidado de su bebé al presidente de la Cámara

De Gouges también destacó el hecho de que las leyes francesas castigaran a las mujeres igual que a los hombres, al tiempo que les negaban los mismos derechos[74] .

Mary Wollstonecraft, filósofa y escritora británica, publicó en 1792 «Vindicación de los derechos de la mujer, donde argumentaba que era la educación que se daba a las mujeres la que limitaba sus expectativas[75] [76] . Wollstonecraft atacó la opresión por motivos de sexo, abogando por la igualdad en las oportunidades educativas, y pidió justicia y «derecho a la humanidad» para todos[77] . Wollstonecraft y sus contemporáneas británicas Damaris Cudworth y Catherine Macaulay reivindicaron los derechos relacionados con las mujeres, argumentando que deberían disfrutar de mayores oportunidades, ya que al igual que los hombres, eran seres morales y racionales[78] .

En el ensayo The Subjection of Women, publicado en 1869, el teórico de la política y filósofo inglés John Stuart Mill describió la situación de las mujeres en Gran Bretaña de esta forma:

«... hay quien no cesa de repetir que la civilización y el cristianismo han reconocido a la mujer sus justos derechos. Por desgracia, no es verdad: la esposa es hoy realmente tan esclava de su marido, en los límites de la obligación legal, como los esclavos propiamente dichos de otras épocas»[79] .

Miembro del Parlamento en esa época, Mill argumentó que las mujeres merecían tener derecho al voto, pero su propuesta para sustituir la palabra «hombre» por «persona» en la Ley de Reforma de 1867 fue acogida con risas en la Cámara de los Comunes y rechazada por 196 votros contra 76. Sus argumentos obtuvieron poco apoyo de sus contemporáneos[80] , pero su intento por aprobar la reforma generó gran atención hacia el problema del sufragio femenino en el Reino Unido[81] . Aunque en principio solo era una más de las campañas por los derechos de la mujer, el sufragio se convirtió en causa primaria de este movimiento a principios del siglo XX[82] . En esa época, el derecho al voto se restringía a los ricos propietarios de las jurisdicciones británicas. Este arreglo excluía implícitamente a las mujeres, ya que hasta el siglo XIX, los derechos reales daban a los hombres derechos de propiedad por matrimonio o herencia. Aunque el sufragio masculino se amplió durante ese siglo, la Ley de reforma de 1832 y la Ley de Corporaciones Municipales de 1835 prohibieron explícitamente que las mujeres votaran en elecciones nacionales y locales[83] . Millicent Fawcett y Emmeline Pankhurst lideraron la campaña pública para el sufragio femenino, y en 1918 se aprobó una ley que permitió el voto a las mujeres mayores de 30 años[83] .

Sufragio, derecho al voto[editar]

Mujeres bangladesíes haciendo cola para votar
Poster de los socialdemócratas alemanes para las elecciones de1919. «Frauen! Gleiche Rechte, Gleiche Pflichten» (¡Mujeres! Los mismos derechos, los mismos deberes)
La estratega y activista Alice Paul, que encabezó el movimiento sufragista en Estados Unidos en la década de 1910

En el siglo XIX se inició el movimiento en favor del derecho de la mujer a participar en el gobierno y en la elaboración de leyes[84] . Otras mujeres se oponían al sufragio femenino, como Helen Kendrick Johnson, cuyo documento de 1897 Woman and the Republic («La mujer y la república») se considera uno de los mejores argumentos de la época en contra de este derecho[85] . Los ideales del sufragio femenino se desarrollaron a la vez que los del sufragio universal, y hoy, el voto de la mujer es un derecho recogido por la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer. En 1893, Nueva Zelanda se convirtió en el primer país del mundo en conceder el derecho al voto a las mujeres. Australia lo aprobó en 1902[81] .

Varios países nórdicos dieron a las mujeres derecho a votar a principios del siglo XX: Finlandia en 1906, Noruega en 1913, Dinamarca e Islandia en 1915. Con el final de la I Guerra mundial, otros países siguieron el ejemplo: los Países Bajos en 1917, Austria, Azerbaiyán[86] , Canadá, Checoslovaquia, Georgia, Polonia y suecia en 1918; Alemania y Luxemburgo en 1919; Estados Unidos en 1920. España concedió el derecho al voto a las mujeres en 1931, Francia en 1944, Bélgica, Italia, Rumania y Yugoslavia en 1946, Suiza en 1971 y Liechtenstein en 1984[81] .

En Latinoamérica, algunos países dieron a las mujeres el derecho a votar en la primera mitad del siglo XX: Ecuador (1929), Brasil (1932), El Salvador (1939), República Dominicana (1942), Guatemala (1956) y Argentina (1946). En India se aprobó el sufragio universal en 1935, durante la época colonial. Otros países asiáticos concedieron el derecho de voto a las mujeres a mediados del siglo XX: Japón (1945), China (1947) e Indonesia (1955). En África, en general, las mujeres consiguieron el derecho al voto al mismo tiempo que los hombres: Liberia en 1947, Uganda en 1958 y Nigeria en 1960. En muchos países de Oriente Medio, el sufragio universal se aprobó tras la II Guerra Mundial, mientras que en otros, como Kuwait, está muy limitado[81] . El 16 de mayo de 2005, el Parlamento de este país extendió el sufragio a las mujeres por 35 votos contra 23[87]

Derechos de propiedad[editar]

Durante el siglo XIX en EE.UU. y el Reino Unido, algunas mujeres comenzaron a rebelarse contra las leyes que les negaban el derecho a la propiedad una vez casadas. Con la doctrina de la cobertura, los maridos se arrogaban el control sobre los bienes y salarios de sus esposas. A partir de mediados del siglo XIX, los legisladores estadounidenses[88] y británicos[89] aprobaron estatutos que protegían las propiedades de las mujeres de sus esposos y de los acreedores de sus esposos[90] . El «examen por separado» era una práctica por la que una mujer casada que quisiera vender alguna de sus propiedades debía ser examinada por un juez o juez de paz sin la presencia de su marido, y en la que se le preguntaba si estaba recibiendo presiones de su esposo para que firmara el documento[91] .


Referencias[editar]

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  11. Blundell, Sue (1995). Women in ancient Greece, Volumen 1995, 2ª parte. Harvard University Press. p. 115. ISBN 978-0-674-95473-1. 
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