Josep Maria Cruxent

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Josep Maria Cruxent
José María Cruxent -Museo de Ciencias.jpg
Exposición Cruxent: oficios cruxados, Museo de Ciencias de Caracas
Nacimiento 16 de enero de 1911
Sarrià-Sant Gervasi, (España)
Defunción 23 de febrero de 2005 (94 años)
Coro, (Venezuela)
Ocupación Antropología, arte
Premios Premio Nacional de Ciencia (1987)

Josep Maria Cruxent (Sarrià-Sant Gervasi, España 16 de enero de 1911 - Coro, Venezuela 23 de febrero de 2005) fue pionero de la antropología en Venezuela.

Biografía[editar]

J. M. Cruxent, que era la forma en que firmaba sus trabajos científicos y demás escritos, militó con la tropas Repúblicanas en el Frente de Teruel. Salió de España, marchando a Venezuela, al finalizar la Guerra Civil Española. Fue Fundador y Profesor de la Cátedra de Arqueología de la Escuela de Antropología y Sociología de la Universidad Central de Venezuela. Director y Conservador de Arqueología del Museo de Ciencias Naturales, 1944-1963. Fundador-Jefe del Departamento de Antropología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas 1963-1976. Jefe-Fundador del Centro de Investigaciones Antropológicas, Arqueológicas y Paleontológicas (CIAAP) de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM), Coro, Estado Falcón.

Eminente arqueólogo de reconocida fama internacional. Especializado en investigaciones del Hombre Primitivo (Paleo-indio) en el área del Caribe, siendo uno de los primeros proponentes de la Teoría del Poblamiento Temprano para América. Cruxent es considerado el «Padre de la Arqueología Científica en Venezuela». Miembro Numerario y Socio Honorario de numerosas Instituciones y Sociedades Científicas de varios países.

Poseedor de una trayectoria científica y docente de gran envergadura y detentor de varias condecoraciones, honores y distinciones otorgados por organismos y gobiernos nacionales y extranjeros. Autor de varias obras de considerable importancia, entre las que destacan Arqueología Cronológica de Venezuela (1958), Notas Ceramología (1982), Loza Popular Falconiana (1988). Entre sus trabajos están sus expediciones a las fuentes del río Orinoco en 1951, a la Sierra de Perijá en 1957, y las excavaciones en la isla de Cubagua, donde se asentó la colonial Nueva Cádiz, arrasada por un maremoto.

Cruxent pasó sus últimos años en la población de Taratara, municipio Colina, en el Estado Falcón, en Venezuela, dedicándose a la supervisión del desarrollo del Museo Taima aima, que recoge gran parte de sus hallazgos. A los 83 años, se mudó a la capital del estado Falcón, Coro debido a las fuertes lluvias de 1999, donde murió a los 94 años.

En 1976 fue nombrado «Investigador Emérito del IVIC» y en 1987 recibió el Premio Nacional de Ciencia.

Cruxent ha sido por antonomasia el explorador moderno de Venezuela. La exploró en la geografía y en el tiempo, en la memoria de los objetos y en la memoria de las tradiciones. El periodista y ameno divulgador de la ciencia Arístides Bastidas nos legó esta estampa de primera mano en que se mezclan a partes iguales el humor, la ironía y la ternura: «Se le empieza a ver unos zapatos viejos y sucios, más arriba unos pantalones mugrientos y rotos; igual el saco si acaso lo lleva, y hasta allí es una suerte de caletero o espantapájaros, pero al llegar al rostro se siente un cambio vibrante; primero se asoma su sonrisa y después sus ojos verdes llenos de ternura».

Cruxent fue director del Museo de Ciencias desde 1948 hasta 1962, incorporando ejemplares colectados en investigaciones de campo a las colecciones de antropología física (la colección más numerosa: 45.000 entradas), arqueología (una de las colecciones más numerosa del Museo: 33.300 piezas), etnografía, herpetología, ictiología, mineralogía, teriología (ciencia que estudia los mamíferos) y paleontologia. Fue uno de los fundadores de la Escuela de Antropología y Sociología de la Universidad Central de Venezuela (UCV). La primera promoción lleva su nombre como testimonio del ascendiente de Cruxent en la formación de los jóvenes profesionales de las disciplinas humanísticas en Venezuela.

Fundador y profesor de la Cátedra de Arqueología en la Escuela de Antropología y Sociología de la UCV en las materias de Introducción a la Arqueología y Arqueología de Venezuela, cargo que desempeñó hasta 1960. En 1959, por iniciativa del Doctor Marcel Roche, funda el Departamento de Antropología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). En 1981 funda el Museo de Cerámica Histórica y Loza Popular de la UNEFM, Coro, y conjuntamente con Claudio Ochsenius crea el Centro de Investigaciones Antropológicas, Arqueológicas y Paleontológicas (CIAAP).

En 1950 Cruxent realiza una expedición a África en compañía del rey Leopoldo de Bélgica. Allí forma una colección de arte africano que en buena parte hoy forma parte de la colección etnológica del Museo de Ciencias. Participa en la legendaria expedición franco-venezolana a las cabeceras del río Orinoco. Formó parte del «Grupo de Avanzada» que exitosamente llegó a las fuentes del Orinoco el 27 de noviembre de 1951. Los resultados de esta expedición son relevantes: en primer lugar, se logró determinar con exactitud la frontera entre Venezuela y Brasil.

En segundo, se hicieron importantes aportes al conocimiento de la geografía, la cartografía, la etnología, la arqueología, la botánica, la zoología y la mineralogía. La expedición incorporó cuatro mil kilómetros cuadrados al territorio nacional. No hubo rincón de la geografía nacional que Cruxent no recorriese en sus andariegas investigaciones.

J. M. Cruxent es considerado como el fundador de los estudios científicos sistemáticos de la Arqueología en Venezuela. Autor de obras capitales como Arqueología Cronológica de Venezuela (1958), Arqueología Venezolana (1963), en coautoría con Irving Rouse, arqueólogo de la Universidad de Yale, Arte Prehispánico de Venezuela (1971), en coautoría con Sagrario Pérez Soto y Miguel Arroyo, An El Jobo Mastodon Kill at Taima-Taima, Venezuela (Science, 1978), en coautoría con A. Bryan, C. Ochsenius y R. Casamiquela, Loza Popular Falconiana (1988), en coautoría con Emiro Durán y Nelson Matheus y Cerámología.

Notas (1980), uno de los primeros libros publicados por la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda Francisco de Miranda. La obra publicada por Cruxent supera ampliamente los doscientos títulos, ya fuese en revistas internacionales especializadas, artículos en revistas científicas nacionales, escritos y entrevistas de divulgación de la ciencia en la prensa nacional y regional.

Carta de José María Cruxent

En 1976 se le otorga la Medalla de Investigador Emérito del IVIC, en 1981 la Medalla Académica del Centro de Estudios Avanzados del IVIC, en 1982 el Diploma de Reconocimiento de la Asociación Venezolana de Arqueología (AVA) en la ciudad de Coro, en 1987 el Premio Nacional de Ciencia, dedicando el Premio al Estado Falcón como un generoso reconocimiento a la tierra que tanto le había brindado: «En mi carrera, la mayor satisfacción la he encontrado en los años de mis investigaciones en territorio falconiano. Me he hecho en Falcón. Se lo debo a esta tierra. Verdaderamente, porque yo soy un provinciano y por retrueque el Premio pertenece a Falcón, a su Universidad y a los coriano».

Para el jurado calificador del Premio Nacional de Ciencias de 1987, la contribución del profesor José María Cruxent se consolida en «una amplia y constante trayectoria de científico, investigador y docente; sus contribuciones en el ámbito de la Arqueología y de la Antropología; por la continuidad del esfuerzo creador en el marco de las Ciencias Sociales y Humanísticas; por su contribución pionera en la en la creación de instituciones científicas de investigación y docencia; por su presencia generosa en la formación de varias generaciones de científicos e investigadores y por el amplio esfuerzo de integrar conocimientos provenientes de distintas ramas de la ciencia.» Cuando Cruxent cumplió 90 años la UNEFM le otorgó el Doctorado Honoris Causa por su destacada labor científica y docente.

Cruxent formó parte de la vanguardia artística latinoamericana de los años 1960 y 1970, siendo uno de los exponentes del Informalismo Abstracto en Venezuela y fusionando técnica y arte en un lenguaje plástico propio denominado por el crítico de arte Frank Popper con el nombre de Paracinetismo, propuesta estética donde la geometría adquiere una nueva dimensión en virtud de incorporar la electricidad y el movimiento al arte. Cruxent fue miembro del célebre Techo de la Ballena (1961 -1969), movimiento cultural que respondió a las contradicciones de la sociedad venezolana de la época, desde la vanguardia y el arte como desafío al orden político y estético establecido. En 1970 participa en la exposición colectiva «Presencia 70» en el Museo de Bellas Artes y en el Ateneo de Caracas en compañía de artista como Humberto Jaimes y Oswaldo Vigas, entre otros nombres destacados.

Cualquiera de las valiosas contribuciones de J. M. Cruxent en los campos de la docencia, la investigación, la exploración y el arte le hubiesen garantizado un lugar de honor en la historia de la cultura venezolana. Para decirlo en palabras de Cruxent: «En Venezuela me abren las puertas, me abren el corazón. Aquí encuentro lo que vine a buscar, porque vine como un inmigrante español que huía de la dictadura de Franco. Por todo eso yo le prometí a Venezuela darle su prehistoria, porque no la tenía, lo que había aquí sobre este tópico era muy poco. Venezuela me dio vida, me dio ilusión, ganas de vivir. Yo creí necesario cumplir con un deber, dar lo poco que sabía, yo venía a eso… Y cumplí».

La discusión del pasado venezolano en la arqueología venezolana muestra la tendencia general de recurrir insistentemente a la cronología, independientemente de la perspectiva particular invocada por cada investigador en sus marcos teóricos. A riesgo de parecer más etéreos que heterodoxos, nos tendremos que resignar a la tendencia. La secuencia cultural del valle de Quíbor se iniciaría hacia los 11 o 10 mil años a. C. (grosso modo), con la evidencia de restos interpretados como de sociedades cazadoras recolectores.

A pesar de que los enfoques relativamente recientes, que ganan más terreno, van desechando la idea simplista, reductora y estereotipada de cazadores especializados de megafauna, la investigación arqueológica de los primeros larenses mantiene el relevamiento de sus datos a partir de industria lítica, asociaciones con grandes herbívoros (aunque su rol se vea disminuido a víctimas de los oportunistas y versátiles paleo-indios) y la a veces obsesiva búsqueda de la datación más temprana posible, oscureciendo el hecho etnológico de que cazadores recolectores con tecnología «primitiva» son capaces de coexistir con grupos alfareros y agrícolas, alcanzar el período de contacto con el europeo y aun sobrevivirlo hasta nuestros globalizados días (mejor aun que las sociedades complejas).

Esto se evidencia en la aparente necesidad de buscar a cazadores-recolectores en el pleistoceno tardío y el holoceno temprano a medio y relacionarlos con los hallazgos falconianos de El Jobo, Muaco y Taima-Taima, antes que intentar explicar el devenir durante casi 8 u 5 milenios y la «final» transición o la disolución de la sociedad de cazadores recolectores precerámicos a una sociedad tribal alfarera. Todas las fechas larenses tempranas aún presentan flancos débiles.

Jaimes insistía en que su fechado de unos 10.710 ± 60 a. p. para el E. rusconni de El Vano es edad «mínima», lo que no le resta sino que le presta incertidumbre, tal como la que anota Molina [1991] para los 6.840 ± 190 a. p. de La Hundición (desconfiada por reciente y por asociación dudosa de materiales), o los 7 u 8 mil años a. p. relativos de sus puntas colas de pescado con respecto a los homólogos mexicanos o ecuatorianos, o los 10.000 años asociados a los hallazgos superficiales de Las Mesas (Los Tres Cruces de Jaimes y Vierma) según semejanzas con El Jobo (cuyas dataciones todavía levantan ocasionales objeciones). Lo cierto es que mientras estas sociedades son empujadas hacia atrás en el tiempo por la buena voluntad de los investigadores, se va agrandando el vacío entre ellas, remotas y arcaicas, y las sociedades productoras de alimentos, que aparecen poco antes de la era cristiana.

Este hoyo es de nuevo rellenado por analogía con las evidencias de desarrollo de la agricultura en otras regiones americanas antes que intentar una sistemática exploración del uso y domesticación de plantas (o utilizando un término más completo, una arqueoetnobotánica) por parte de cazadores-recolectores, si bien es justo decir que esta investigación es dificultosa, y habría propensión a la analogía etnográfica con el enorme (y en condiciones «naturales», siempre creciente) conocimiento etnobotánico de sociedades «preagrícolas» y agrícolas.

La interpretación general para el paso de sociedades apropiadoras a sociedades productoras es la de un previo énfasis en la recolección (una vez disminuido el rol y la presa de la cacería) que con-duce a una agricultura incipiente o en germen en los cazadores-recolectores, que se desarrolla a partir de su sedentarización, y que un desarrollo local de las prácticas agrícolas es capaz de contagiar con rapidez a las regiones vecinas, provocando repentinas explosiones demográficas por do-quier, pues esta vez los grupos podrían mantenerse en aldeas estables, sin recurrir a la cíclica fisión grupal supuesta para la sustentabilidad de las prácticas de los antiguos cazadores-recolectores.

En el Estado Lara, esta «repentina» (para el registro arqueológico lleno de vacíos) revolución de los alimentos se corresponde a la aparición en el valle de Quíbor de la tradición [Sanoja y Vargas, 1999], estilo cerámico [Cruxent y Rouse, 1982; Rouse y Cruxent, 1963] o fase Tocuyano (Yacimiento Quebrada Tocuyano/Playa Bonita) y la serie Tocuyanoide, similar al Primer Horizonte Pintado de Colombia y al estilo La Pitía de la Guajira, al menos cuatro, tres [Arvelo y Oliver, 1999] o dos [el resto de los autores] o uno y medio [Cruxent y Rouse, 1982 1: 41] siglos antes de la era cristiana, acompañado de piedra pulida (recordemos la asociación conceptual Neolítico-Neoindio, donde artefactos de piedra pulida, agricultura, y sedentarización coinciden), correspondiendo al Período II de la crono-logía de Cruxent y Rouse (1982) y quizá se corresponda en parte a lo que Francisco Tamayo había llamado «cultura de caracteres ofidioideos». La presencia de manos de moler y metates es la que permite suponer el cultivo de granos y su ocupación de ambientes variados significaría una amplio espectro de actividades económicas [ARVELO y OLIVER, 1999: 125].

En 1963, Rouse y Cruxent presentaban dos alternativas de introducción de la agricultura a Vene-zuela; una un poco tardía pero probable con los Tocuyanoides, y una temprana pero muy conjetu-ral penetración desde Colombia por medio de Dabajuroides en el Período I, según las fechas de Rancho Peludo en el Zulia, que serían cuestionadas posteriormente por la intrusión de carbono vegetal. Correspondería al Hato La Calzada de Barinas la fecha más temprana para grupos agricul-tores en el 920 a. C. A la aparición de grupos tocuyanoides o al menos alfareros en la región de Quíbor se asocian también los primeros enterramientos y ritos funerarios (señalados por los ajua-res) registrados por la arqueología. Patrones de asentamiento no centralizado y tratamiento funerario no preferencial permiten a Sanoja y Vargas (1999) asignarlos a una sociedad tribal igualitaria. Al estilo Tocuyano se le asocia y sería contemporáneo de los estilos Sarare (de la misma serie) y el estilo Betijoque (independiente para Cruxent y Rouse), y aparecerían juntos en Camay.

Hacia el 300 A. D. aparecería el Estilo San Pablo, definida originalmente para el área de San Felipe, Yaracuy, y que Arvelo identifica, quizá por razones de continuidad, con la Fase Boulevard defi-nida contemporáneamente para Quíbor, aunque con objeciones para dicha identidad. La Fase Boulevard (que incluiría los hallazgos en los cementerios de el Boulevard de Quíbor y Las Locas) estaría ubicada entre el II y el VII siglos de la era cristiana y sugiere sociedades complejas, jerar-quizadas, asociadas con los posibles cacicazgos del primer milenio, uniendo la supervivencia por medio de la producción para la autosubsistencia y la pervivencia en el más allá de quienes la ges-tionaban por su captación de excedentes. La desigualdad social es objetivizada en el registro arqueológico por el trato diferencial a los muertos según la ausencia o la profusión de su parafernalia mortuoria (es débil, debido al mal manejo conceptual del parentesco y no por el hecho en sí, la inferencia por las paleopatologías infantiles de Vargas, 1990 y Sanoja y Vargas, 1999).

Y si bien las semejanzas estilísticas con otras áreas asignadas a difusión de rasgos y desplazamientos de población permitían entrever las relaciones con otras regiones, será la presencia de la industria de caracol en los cementerios, señalada desde el primer milenio, la que revela relaciones de largo alcance, otro indicador preferido para sociedades complejas jerarquizadas, que sólo para inicios del segundo milenio de la era cristiana (desde 1000 A. D.) permitiría «claramente» [MOLINA, 1991: 24] hablar de cacicazgos, para los cuales los asentamientos incluso se jerarquizan, consistiendo en redes de aldeas grandes supeditadas a una aldea principal, junto con la fuerte modificación intencionada, planificada y coordinada del paisaje para intensificar la semicultura, según evidencias de terrazas y tanques de agua en algunos sitios de Lara y la posibilidad de sistemas de regadío, que necesitarían de la gestión cacical de grandes obras efectuada por masas de comunes.

En los últimos años, por parte de la comunidad internacional de investigadores hay replanteamientos o escepticismo creciente acerca de las teorías de los cacicazgos, originalmente basadas en modelos norteamericanos, traslaciones del modo de producción asiático o feudal, falacias productivistas (liberales o marxistas) de la modernidad justificando la tecnocracia o la planificación central, o «proyecciones» ideológicas de los cronistas coloniales a las sociedades indígenas y que habrían sido recogidas acríticamente por los estudiosos posteriores. Todavía queda lugar para semejantes re-planteamientos en la región de Quíbor. La complejización social que se asocia con la aparición de Tierroides y el estilo Tierra de los Indios (con caracteres «pectiniformes» en su decoración pintada y junto con la Dabajuroide presenta semejanzas con la el Segundo Horizonte Pintado de Colombia), es relacionada con la explotación y «comercialización» de sal de tierra [Arvelo y Oliver, 1999: 125], y perduraría hasta el período de contacto.

Estas sociedades podían establecer fuertes sistemas de interrelación y amplias esferas de interacción, como mostraría la amplia difusión occidental (norte y sur) de los estilos polícromos tardíos al momento del contacto. Los documentos de valor etnohistórico arrojan que el valle de Quíbor y el actual Estado Lara eran de composición multiétnica, lo que unido a otros estudios etnohistóricos recientes en otras regiones del país como el Delta del Orinoco y Amazonas, y lo que ya se conocía del occidente, los llanos orientales y las márgenes del Orinoco, indica cada vez con mayor claridad que las ocupaciones multiétnicas y la sociodiversidad prehispánicas eran menos la excepción que la regla, lección que debe ser recogida por el Estado y el proyecto nacional, puesto que retorna y exige su(s) lugar(es) en este mundo «globalizado».

Véase también[editar]