Corral de pesca

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Corral de pesca en la playa de Punta Candor, en Rota.
Detalle de la barricada del mismo corral.

Un corral de pesca o de pesquería es un atajadizo o cercado formado por una barricada de piedra o madera de forma más o menos semicircular y de una altura aproximada de 1,5 m., que se construye en la zona que queda al descubierto durante la bajamar. Con la pleamar el corral se inunda llenándose de peces, moluscos, crustáceos y otras formas de vida marina que, con la bajamar, quedan atrapados en su interior por efecto de la barricada, circunstancia que es aprovechada por los pescadores corraleros para hacer sus capturas.

Corrales de pesca en Andalucía[editar]

Son especialmente característicos y abundantes en Sanlúcar de Barrameda, Chipiona y Rota, todas ellas localidades españolas pertenecientes a la comarca de la Costa Noroeste de Cádiz, en Andalucía. Allí los pescadores usan un tipo de red llamado esparavel o tarraya[1] para capturar a los peces encerrados. No hay certeza de la antigüedad exacta que tienen estos corrales, sin embargo la mayoría de ellos fueron reconstruidos tras la ola sísmica o cáncamo de mar subsiguiente al Terremoto de Lisboa en 1755.

Corrales de pesca en Chiloé[editar]

Un corral de piedras en Chiloé.

También se usaban en el mar interior del archipiélago de Chiloé (Chile) hasta mediados del siglo XX.

Los corrales en Chiloé tenían propietarios particulares, pero varias de las actividades asociadas a ellos eran comunitarias. A ellos se vinculaban varios rituales y creencias, así como bastante léxico especializado.

Podían ser de piedras amontonadas o, más frecuentemente, de varas entrelazadas a la manera de los corrales para el ganado. El segundo tipo era el que se usaba para cerrar de lado a lado esteros o ensenadas, en que la diferencia de mareas es mayor. La estructura estaba constituida por una valla hecha con varas clavadas a intervalos, las largas se llamaban chueles y las cortas, mechenquenes; las primeras eran el soporte de las varas atravesadas y entretejidas, que solían ser de arrayán, por ser una planta común y flexible; por su parte, los mechenquenes servían para sostener a los chueles y también al tejido más tupido de la parte inferior del corral. Había corrales pequeños de forma semicircular, que también podían ser de piedra, y otros mayores de forma recta y que atravesaban brazos de mar o estuarios. En los costados podía haber un corral más pequeño o llollo, que contenía un embudo de fibras vegetales o de varillas de quila para que los peces quedaran concentrados allí mientras salían con la vaciante. Un tipo especial de corral eran los pitreles, pequeños amontonamientos de piedras para que desovaran allí peces de tamaño reducido y se pudieran "cosechar" sus huevos a intervalos.

El día de su inauguración y el día siguiente eran llamados marea de colles, periodo en que se permitía que cualquier persona pescara en el corral. Posteriormente, cada quien debía pescar sólo en el suyo o en el de alguien que lo convidara a ello. En las temporadas de abundancia podía ser necesario hacer mingas (labores comunitarias de ayuda recíproca) para poder sacar todo lo que quedaba atrapado y llevarlo hasta las viviendas para consumirlo o ahumarlo. No constituía un peligro serio, pero en las labores de captura era necesario cuidarse de recibir mordidas de peces agresivos de gran tamaño como las sierras o los jureles.

Existían además prácticas mágicas que se realizaban con la intención de aumentar la pesca o de alejarla del corral. La principal practica era el treputo o cheputo, en que una persona entendida en estos menesteres, un "curioso", azotaba con ramas de laurel o de traumán las paredes del corral y el agua dentro de él mientras romanceaba. Para conservar este efecto, de esparcía dentro del corral un compuesto denominado "ámbar", que contenía entre otras cosas, laurel, traumán, malva de olor, perfume. Se creía que un ser maligno acuático llamado cuchivilo (en parte chancho y en parte culebra) era el responsable de la destrucción de los corrales y de devorar a los peces y finalmente dejar al sitio maldito; de modo que ya no entraría pesca a él. Por eso, cuando un corral aparecía destruido, se debía "arreglar" con un nuevo cheputo. Se pensaba también que los brujos de Chiloé eran capaces de alejar la pesca en venganza por agravios hacia ellos o hacia quien les pedía tal servicio.

Notas[editar]

Referencias[editar]

  • Cavada, Francisco (1914). Chiloé y los chilotes. Santiago: Imprenta Universitaria. 448 p..  (texto disponible en formato electrónico en Memoriachilena)

Bibliografía adicional[editar]

  • Alvarez, R., Munita, M., Fredes, F. y Mera, R. 2008. Corrales de pesca en Chiloé. Imprenta América.

Véase también[editar]

Enlaces externos[editar]