Corona (heráldica)

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda

El uso de las coronas como un distintivo o marca de soberanía es muy antiguo. La primera que se fabricó con rayos derechos y ondeados fue para Apolonio. El rey latino, que se decía nieto de Apolo, cuando se formaron los artículos del combate entre Eneas y Turno. Traía una corona de oro de doce rayos, según Virgilio en el párrafo VIII de su Eneida.

Diodoro de Sicilia nos manifiesta que el pabellón de Alejandro y su casco fueron adornados de una corona de oro. David ganó una del rey Melcom, toda enriquecida de piedras preciosas, que se la puso después sobre la cabeza. Y Salomón su hijo y sucesor trajo otra rayonada de oro y engastada de piedras preciosas.

Griegos y romanos[editar]

Corona naval
Corona mural

Los primeros emperadores romanos de la familia de los Césares no traían otras coronas sino de hojas de laurel, no solo por ser instituidas por coronas triunfales sino también por la creencia que tenían de que las hojas de laurel no eran tocadas del rayo de Júpiter.

Estos mismos no se atrevieron a tomar coronas de oro por la aversión que tenían el senado y el pueblo romano al reinado, no queriendo dar estas señales a sus emperadores sino por insignias militares de honor y de virtud. Sin embargo, es cierto que cuando los emperadores morían, el pueblo romano no les daba estas coronas, pero las toleraba en sus medallas y estatuas y cuando se ponían en el número de los dioses.

Al fin toda esta modestia y cautela romana la mudó el abuso y la vanidad de sus emperadores, adelantándolo tanto, que no solo usaron de vestidos y ornamentos reales sino que también se atribuyeron, estando vivos, títulos divinos, que solo se les daban después de muertos.

Entre los griegos y romanos se encuentra el uso de diferentes formas de coronas, dándonos claro testimonio de ello sus historias, particularmente la de estos últimos, en las ocho distintas que daban por recompensa militar, teniéndose las unas en más estimación que las otras, según el motivo o causa porque se daban.

  • La primera y principal en la estimación era la oval, hecha de mirto o arrayan y se daba a los generales de ejército y a otros capitanes que vencían a sus enemigos sin efusion de sangre y por otras acciones singulares.
  • La segunda era la naval, que consistía en un círculo de oro, relevado de proas y popas de navío del mismo metal y se concedía a los capitanes y soldados que eran los primeros a entrar en los navíos contrarios con espada en mano para los abordajes.
  • La tercera, la vallar o castrense, que era también de oro, relevada de palos y estacas y la daban los generales de ejército a los capitanes y soldados que derrotaban al campo enemigo y eran los primeros a flanquear el paso en sus empalizadas.
    Augusto con la corona cívica
  • La cuarta, la mural, que asimismo era un círculo de oro relevado con almenas y torres de lo propio y se daba al primero que montaba la muralla de una ciudad o castillo sitiado poniendo sobre él el estandarte del general.
  • La quinta la cívica, que era hecha de ramos de encina verde y se honraba con ella al ciudadano romano que había conservado la vida a otro conciudadano en batalla o en sitio de alguna ciudad la cual se tenía aun en mayor estimación que las precedentes por haberse dado a Augusto con el título de padre del pueblo, mandándose por el senado, para conservar su memoria, que se hiciesen monedas de oro y plata con su efigie rodeada de esta inscripción: Divus Augustas Pater y a la parte opuesta de ella grabada una corona con otros caractéres.
  • La sexta la triunfal, que se formaba de hojas de laurel, símbolo de la victoria y por esto se daba al general de ejército que había vencido algún pujante enemigo.
  • La séptima la gramínea u obsidional, que se componía de grama y de otras yerbas del campo donde estaba el enemigo y se daba al general del ejército que obligaba a decampar al contrario abandonando el terreno que ocupaba y a levantar el sitio que tenía sobre alguna plaza, villa o ciudad.
  • La octava la olímpica, que se hacia de cogollos de olivo y se concedía a los que por su capacidad y saber manejaban a satisfacción del pueblo romano los encargos de la paz y de la concordia entre dos enemigos.

Del uso de estas coronas y a su imitación después de la ruina y decadencia del imperio romano, vino el de coronarse los reyes y soberanos, poniéndolas también sobre sus escudos de armas por señal de dignidad, de poder, de soberanía, de autoridad y de imperio. Que con diversa hechura se diferencia cada una como las de los títulos que por concesión de los reyes se usan en todos los pueblos civilizados.

Coronas en España[editar]

Corona del príncipe de Asturias

La corona de los reyes de España está formada de un círculo de oro, enriquecido de piedras preciosas, con ocho florones al modo de las hojas de apio, entrepuestos de una perla, levantados, cubiertos de otras tantas diademas cargadas de perlas, cerradas por lo alto, y sobre ellas unido a la parte que se juntan un globo de oro centrado y cruzado de una cruz llana de lo mismo, a causa del título de Rey Católico.

El primero de los reyes de España que se coronó, usando de cetro y vestiduras reales, fue el godo Leovigildo en los años de 574, teniendo su corte en Sevilla; y el rey don Alfonso VIII, con la autoridad del Papa Inocencio II, se coronó emperador de España, dando por eso el título y corona imperial a la ciudad de Toledo.

El príncipe de Asturias lleva la misma corona cerrada que el rey con la diferencia de poner solo cuatro diademas en lugar de ocho que tiene la de el soberano. Véase Corona del Príncipe de Asturias

Los señores infantes usan de la misma corona, excepto que no tiene diadema alguna.

Coronas de dirigentes[editar]

Corona imperial
Corona real francesa

Los emperadores se coronaban antiguamente con tres coronas:

  • una de hierro en Pavía por rey de Lombardía
  • otra de plata en Aquisgrán por rey de Alemania
  • la tercera de oro en Roma por el Papa, con que se declaraba por emperador del Occidente y protector de la Iglesia.

La corona imperial que usan los emperadores, algo diferente de la que traían otras veces es de oro como la de los reyes con ocho florones y un bonete de escarlata en forma de mitra, aunque no tan larga y apuntada con dos listas franjadas al cabo, pendientes una a cada lado, abierto, elevado y mantenido de dos diademas de oro cargadas de perlas, una a cada lado de la abertura, y saliendo del medio de ella otra diadema de lo mismo, que sostiene un globo centrado y cruzado de una cruz de oro.

La de los reyes de Inglaterra es de oro realzada de cuatro flores de lis (por una imaginaria pretensión al reino de Francia) entrepuesta con cuatro cruces patees, a causa del título que se les dio de defensores de la fe y que han perdido por haberse separado de la religión católica cubierta de ocho diademas cargadas de perlas y sobre el lugar donde se juntan sus puntas un globo de oro cruzado de una cruz igual a las otras.

La de los reyes de Francia, antes de la revolución de fines del siglo XIX estaba también formada de un círculo de oro con ocho flores de lis, cerrada de las mismas diademas cargadas de perlas cerradas, unidas y surmontadas de una doble flor de lis, que es la cimera de Francia. Pero después que eligieron los franceses por su primer emperador a Napoleón Bonaparte tomaron para corona propia del imperio francés.

La de archiduque es un círculo relevado de ocho florones, cerrado con un bonete redondo de grana cubierto de cuatro diademas cargadas de perlas y sobre ellas, un globo de oro surmontado de una cruz de lo mismo.

La del gran duque de Florencia o de Toscana es una corona abierta casi a la antigua, guarnecida de dos grandes flores de lis esparcidas y de muchas puntas o rayos agudos y curvos entremezclados y terminados de pequeñas flores de lis.

Los señores que tienen tierras con título de principado se sirven de la corona a la antigua, el círculo de oro, esmaltado de diversos colores y levantado de doce puntas o rayos derechos y agudos,.

Los electores del imperio traen un bonete de grana, la vuelta levantada con ocho puntas circulares de armiños, diademado de un medio círculo cargado de perlas, cimado de un globo centrado y surmontado de una cruz de oro. Bien que estos bonetes no son tan privativos de los electores que no los tomen también otros soberanos y príncipes de Alemania, donde hay otros que también son coronaciones de diferentes hechuras, que no pasan ni se tienen sino por cimeras.

El dux de Venecia, antes de usar de corona en calidad de rey de Chipre, traía un bonete grande curvo con punta de tela de oro, rodeado de un círculo de lo mismo, con puntas y pequeños globos en ellas, cubierto de pedreria, con dos lazos o franjas con puntas pendientes de la propia tela, y puestas a los dos lados.

El dux de Génova usa ya también de corona por rey de la isla de Córcega pero anteriormente traía un bonete de terciopelo negro piramidal, galoneado de oro.

El sultán o emperador de los turcos no usa de corona de oro sobre su cabeza ni menos sobre el escudo de armas. Pero trae un gran turbante vacío por dentro y cubierto por fuera de una tela fina blanca de algodón, redondeada por medio de un hilo de alambre areado que lo tiene entendido y le da su forma, adornado en cada uno de sus dos lados con una riquísima joya de diamantes y carbunclos de donde salen dos plumajes de garza y penden gruesas perlas y algunas veces crecientes o medias lunas que son las armas de su imperio, teniendo dos cadenas de oro y pedrería que pasan de uno a otro lado por delante del turbante.

Los bajáes y otros grandes señores de aquel país traen un turbante de diferente forma, que hace cada uno a su fantasía.

Coronas nobiliarias[editar]

Corona ducal

Aunque las coronas no sean marcas de antigua nobleza, se traen por símbolo titular y por distinción de la dignidad que pertenece a cada uno, pues ninguno por su nacimiento tiene derecho a timbrar con corona su escudo, sino los hijos primogénitos de emperadores, reyes y príncipes soberanos. Sin embargo, está concedido este honor a los duques, marqueses, condes, etc. no por su persona ni menos por su nacimiento sino por la dignidad y jurisdicción de los estados y tierras que poseían que por ser diferente la forma de cada una, se describirán por el orden siguiente.

  • La de los duques que son grandes, es toda de oro engastado el círculo de pedrería y perlas, realzado de ocho florones, semejantes a las hojas de apio o perejil. La corona ducal no debía nunca ponerse sin el manto forrado de armiños, por ser todo propio de esta dignidad. Véase corona ducal
    • Los duques que no son grandes, los generales de ejército, los almirantes y otros títulos semejantes y de igual carácter, según la opinión de algunos, pueden traer la misma corona que los duques grandes. Algunos quieren sin embargo que su corona tenga alguna diferencia de forma que como la de éstos es de oro, sea la de los otros de plata, pareciéndoles por esto a muchos que los florones sean también bajos, y al modo de las hojas de trébol.
      Corona de marqués
  • Los marqueses la traen sobre sus armas, y no en otra parte: es de oro realzada de cuatro florones con doce perlas puestas entre los florones de tres en tres y sobre pequeñas puntas que las levantan del círculo engastado de piedras y de perlas.
  • La de los condes es también de oro, guarnecido su círculo de pedrería, y realzado de diez y ocho gruesas perlas: esta corona la traen sobre sus escudos de armas y no en otra parte. Véase corona condal
  • La de los vizcondes consiste en solo un círculo de oro puro o una corona esmaltada y relevada de cuatro perlas gruesas sostenidas de puntas de oro.
  • La de los barones es un solo círculo de oro esmaltado y rodeado en banda de un brazalete doble o filete de perlas comunes, viniendo a ser el todo como un bonete.

Las reinas, princesas y otras damas tienen el derecho y privilegio de poner las mismas coronas en sus armas que por los títulos usan los maridos en las suyas.

Corona de hidalgo

Abusos en el uso de coronas[editar]

Esta es la regularidad que hay de coronas y se observa en todo el mundo a excepción de aquéllos que, llenos de vanidad o de ignorancia, acostumbran poner en sus armas indiferentemente cualquiera corona o creyendo que el ponerla de duque, marqués, conde, etc. consiste en la voluntad del grabador o al arbitrio del que las usurpa. Pero este abuso confunde las dignidades y aun los grabados de nobleza y por tanto sería útil y conveniente proscribirle.

Para evitar esos abusos y otros que estaban ya introducidos en los años de 1586, Felipe II, rey de España, mandó expedir un real edicto, fecha en San Lorenzo en 8 de octubre del mismo año, cuyo tenor es como sigue:

Otrosí, por remediar el gran desorden y esceso que ha habido y hay en poner coronas en los escudos de armas de los sellos y reposteros; ordenamos y mandamos que ninguna ni algunas personas puedan poner ni pongan coroneles (voz general para la inteligencia de las coronas en aquel tiempo) en los dichos sellos ni reposteros, ni en otra parte alguna donde hubiere armas, escepto los duques, marqueses y condes, los cuales tenemos por bien que los puedan poner y pongan, siendo en la forma que les toca tan solamente y no de otra manera, y que los coroneles (esto es, las coronas) puestos hasta aquí, se quiten luego y no se usen ni traigan ni tengan mas.
Para la observancia de este decreto se impone en él la pena de diez mil maravedís por cada vez que se incurra en la trasgresión y cuya exacción se aplica en la forma ordinaria por terceras partes al denunciador, juez que lo sentenciare y obras pías.

Aunque esta ley prohíbe a toda suerte de personas el uso de poner coronas en los escudos de armas, etc., a excepción de los duques, marqueses y condes, deben entenderse también exceptuados los vizcondes y barones, las ciudades, villas y lugares que por privilegio especial tienen permiso de ponerla, habiéndola usado antes y después de esta pragmática la villa de Madrid por concesión de Carlos V llamada por esto coronada y otras familias que por servicios muy señalados tienen esta prerrogativa de los reyes.

Referencias[editar]

  • Tratado de heráldica, 1858, Francisco Piferrer.