Concilio de Jerusalén

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El Concilio de Jerusalén es el nombre dado a la primera reunión normativa del cristianismo (la iglesia cristiana primitiva) hacia el año 50, según se relata en el capítulo 15 de los Hechos de los apóstoles. Existe la controversia de si llamarlo o no concilio: normalmente no se le incluye dentro de los concilios de la Iglesia Católica, si bien en la mayoría de las ediciones católicas de la Biblia sí aparece con esta denominación.

Antecedentes[editar]

Cuando llegaron judíos creyentes en Jesucristo a la comunidad de Antioquía, se escandalizaron al ver que los miembros conversos no habían sido circuncidados ni cumplían otros preceptos de las leyes judías. Estas personas, que no aparecen determinadas mayormente en el texto de los Hechos, comenzaron a predicar que era necesaria la circuncisión y la asunción de toda la Torá (Antiguo testamento), causando un gran estupor entre los primeros creyentes griegos. Por esta razón, los discípulos de Antioquía encomendaron a Pablo de Tarso y Bernabé junto a “algunos de ellos” a acudir hasta Jerusalén para zanjar la situación.

Objetivo[editar]

El principal objetivo de este concilio era determinar si el gentil piadoso creyente en Jesús debía convertirse formalmente al judaísmo (lo que implicaba ser circuncidado y seguir todos los preceptos del Antiguo testamento (o sea, la Torá judía).[1] Aunque estos preceptos abarcaban desde lo civil, lo sanitario y lo religioso, en realidad son la clave de la conexión con Dios. Algunos de estos preceptos están en la Torá en forma expresa, otros se deducen en el texto o bastaba con seguir ciertos preceptos que la Torá impuso antes de que Israel fuese nación, junto con la obediencia a Jesús, el Mesías.

La postura que expuso Santiago está registrada en Hechos (15:20); la asamblea lo aprobó y posteriormente envió a otros creyentes para que comuniquen la decisión tomada:

Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que estas necesarias:
Abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de lo ahogado y de la fornicación.
Haréis bien en guardaros de estas cosas.

Hechos (15:28-29)

Estos preceptos para los gentiles están también registrados en el judaísmo, bajo el nombre de: preceptos noájidas (Talmud, Sanedrín 56 a y b). De los 7 mandamientos noájidas, 4 aparecen en el Concilio de Jerusalén y los demás aparecen implícitos en las enseñanzas de Pablo a los gentiles:

  • No adorar dioses falsos
  • No blasfemar.
  • No asesinar.
  • No robar.
  • No mantener adulterio.
  • No comer carne de animal con sangre o vida (lo ahogado, la sangre).
  • Promover el juicio y la justicia en el lugar de residencia (Vidas honestas y rectas).

Resolución final[editar]

La posición de no enseñar ni observar mas leyes de la torah aplica solo a los nuevos conversos durante un breve tiempo, porque al comenzar con la vida congregacional, asistiendo regularmente los sábados a la sinagoga y a toda la liturgia hebrea, lo natural es que las personas aprendan de los rabinos y maestros la observancia de los mandamientos, asunto base de la predicación de los apóstoles y las enseñanzas del Mesias.

Lo natural es que "Se enseñe la ley cada sábado". La fuente de este dictamen se encuentra a continuación del acuerdo tomado entre Santiago y Pablo:

Por esto juzgo yo que no se debe molestar a los gentiles que se conviertan a Dios. Les diremos por escrito que se abstengan de lo que ha sido contaminado por lo ídolos, de la impureza, de los animales estranguldos y de la Sangre. Todas las ciudades tienen ya desde antaño personas que predican lo que dijo Moisés, cuando se leen las escritura cada sábado en las sinagogas

Hechos de los Apóstoles 15,19-21, Nueva Biblia de Jerusalén

En cuanto a la idea de que Jesus no hizo nada distinto del judaismo ni menos que lo abolió, queda totalmente aclarado por las palabras expuestas en el libro de mateo:

Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos, les dijo: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced pues y observad todo lo que os digan, pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen."

Mateo 23, 1-3 Nueva Biblia de Jerusalén

Otra importante declaración de que los mandamientos en ningún momento han salido de la vida del creyente es Jesus es la siguiente:

"No penséis que he venido a abolir la Ley de los Profetas."
"No he venido a abolirlos sino a darles cumplimiento. Os aseguro que mientras duren el cielo y la tierra, no dejará de estar vigente ni una i ni un tilde de la ley hasta que todo suceda"

Mateo 5, 17-18 Nueva Biblia de Jerusalén


En este contexto se pueden comprender perfectamente el acuerdo final de Pablo con Santiago respecto a la observancia de mandamientos básicos para los gentiles recién convertidos, dado que se espera aprendan de los escribas y fariseos los mandamientos entregados por Dios a Moises para su pueblo.

Este tema también lo trata Pablo con gentiles convertidos, quienes al provenir de religiones paganas querían volver a incorporarlas a su diario vivir:

En otro tiempo, cuando no conocíais a Dios, servíais a los que en realidad no son dioses. Mas, ahora que habéis conocido a Dios, o mejor, que él os ha conocido, ¿Cómo volvéis a someteros a esos elementos sin fuerza ni valor, a los cuales queréis servir de nuevo? Celebráis la llegada de ciertos días, meses, estaciones y años... Me da miedo pensar que mis desvelos por vosotros puedan haber sido inútiles.

Epístola a los Gálatas 4, 8-11 Nueva Biblia de Jerusalén

Participantes y proceso[editar]

Además de los mencionados Pablo, Bernabé y miembros de la iglesia de Antioquía, participaron los apóstoles, y presbíteros (ancianos) de la comunidad de Jerusalén.

Primero expusieron algunos de la rama farisaica, que proponían imponer toda la Torá (ley) de Moisés a los gentiles, luego Pablo y Bernabé explicaron sus posturas, pronunciaron dos importantes discursos Pedro y Jacob (Santiago el Mayor). Este Jacob evidentemente no es el mismo apóstol que murió en el año 44. Y parece que fue el mismo Jacob que escribió el libro bíblico que lleva el nombre de Jacobo (o Santiago, en algunas versiones).

Documentos[editar]

Al final del concilio se escribe el “decreto de Jerusalén” que luego de exponer la situación determina que los conversos no judíos sólo deben cumplir con ciertos preceptos durante un breve tiempo mientras vayan incorporando a través del tiempo la observancia de los mandamientos de Dios entregados mediante Moises. Los preceptos básicos para el gentíl recien convertido son: abstenerse de idolatría, de impureza sexual, de ahogado y de sangre. El texto de esta carta es el que sigue:

Los Apóstoles y ancianos saludan a los hermanos gentiles de Antioquia, Siria y Cilicia. Por cuanto hemos oído que algunos de los nuestros, a los cuales no hemos dado ningún mandato, os han inquietado con palabras, turbando vuestros ánimos, nos ha parecido bien de forma unánime elegir a unos varones y enviarlos a vosotros, con los queridos Bernabé y Pablo, hombres que han encomendado su vida al servicio de nuestro Señor Jesús el Mesías.
Así que hemos enviado a Judas y Silas, y ellos os informarán de palabra de las mismas cosas. Fue el parecer del Espíritu Santo, y el nuestro, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de lo ahogado, y de fornicación. Haréis bien en absteneros de tales cosas. tened Salud (He 15,23-29)

La Biblia de Jerusalén dice textualmente:

28 Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que estas indispensables:
29 abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós.

Se repite la idea bíblica de abstenerse de sangre, de igual modo, que Dios le dijo a Noé (Noaj) y su familia (toda la humanidad) después del Diluvio, en Génesis (9):

3 Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde.
4 Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre,
5 y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana.

Yahvé, según la Biblia de Jerusalén

Referencias[editar]

  1. La Torá de Moisés es el libro de la instrucción que Dios entregó a Israel en el Sinaí, que consta de 613 preceptos cuyo cumplimiento implica aceptar como propia la voluntad de Dios. Aunque estos preceptos abarcaban desde lo civil, lo sanitario y lo religioso, en realidad son la clave de la conexión con Dios (algunos de estos preceptos están en la Torá en forma expresa, otros se deducen en el texto).