Parábola del buen samaritano

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La parábola del buen samaritano, obra del artista italiano Giacomo Conti. Iglesia de la Medalla Milagrosa, Mesina.

La parábola del buen samaritano es una de las parábolas de Jesús más conocidas, relatada en el Evangelio de Lucas, capítulo 10, versículos del 25 al 37. Se la considera una de las parábolas más realistas y reveladoras del método didáctico empleado por Jesús de Nazaret.[1]

La parábola es narrada por el propio Jesús a fin de ilustrar que la caridad y la misericordia son las virtudes que guiarán a los hombres a la piedad y la santidad. Enseña también que cumplir el espíritu de la ley, el amor, es mucho más importante que cumplir la letra de la ley. En esta parábola, Jesús amplía la definición de prójimo. La elección de la figura de un samaritano, considerado un herético para los sectores más ortodoxos de la religión hebrea, sirve para redefinir el concepto de prójimo que se manejaba entonces. Jesús, mediante esta parábola muestra que la fe debe manifestarse a través de las obras, revolucionando el concepto de fe en la vida religiosa judía, entre los cuales resaltaban grupos como el de los fariseos a quienes Jesús en numerosas ocasiones llama hipócritas por su excesivo apego a la letra de la ley y su olvido por cumplir el espíritu de la ley. El contraste establecido entre los prominentes líderes religiosos inmisericordes y el samaritano misericordioso, es un recordatorio a los maestros de la ley (como es el caso del interlocutor de Jesús) de que estaban olvidando el principio de la verdadera religión y Jesús emplea un personaje despreciado por ellos para mostrarles su error.

La historia[editar]

Mapa de Palestina en la época de Jesús. Jericó se encuentra al norte del Mar Muerto, Jerusalén hacia el oeste.

La narración comienza cuando un doctor de la ley le preguntó a Jesús con ánimo de ponerlo a prueba qué debía hacer para obtener la vida eterna. Jesús, en respuesta, le preguntó al doctor qué está escrito en la ley de Moisés. Cuando el doctor cita la Biblia, y precisamente: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:5) y la ley paralela «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18), Jesús dijo que había respondido correctamente y lo invitó a comportarse en consecuencia. En ese punto, queriendo justificar su pregunta, el doctor preguntó a Jesús quién era su prójimo. Jesús le respondió con la párabola.

«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio lo vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verlo tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?»
El doctor dijo: «El que practicó la misericordia con él.»
Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.»

Evangelio de Lucas 10:25-37. Biblia de Jerusalén

Es de notar que Jesús no definió, tal como pretendía el doctor de la ley, quién es el prójimo: solo preguntó quién obró como prójimo del herido. Por la respuesta del legista queda implícito que se considera «prójimo» a todo aquel que obra compasivamente con otro hombre, es decir, la definición se da en función de la obra.[1] Asimismo, el legista no respondió a Jesús directamente («el samaritano»), sino indirectamente, al decir «el que tuvo compasión de él», lo que en general se interpreta como una dificultad de su parte en reconocer que no fueron el sacerdote o el levita quienes observaron el espíritu de la ley sino alguien que, en el ambiente judío, era considerado un hereje, un paria.[2]

Estructura del pasaje[editar]

El pasaje del Evangelio de Lucas —mostrativo del método didáctido usado por Jesús de Nazaret— consta de los siguientes elementos:[2]

  1. Pregunta de un maestro de la ley (Lucas 10:25)
  2. Contrapregunta de Jesús (Lucas 10:26)
  3. Respuesta del maestro de la ley (Lucas 10:27)
  4. Mandato de Jesús (Lucas 10:28)
  5. Nueva pregunta del maestro de la ley (Lucas 10:29)
  6. Contrapregunta de Jesús que contiene la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30-36)
  7. Respuesta del maestro de la ley (Lucas 10:37)
  8. Mandato de Jesús (Lucas 10:37).

Personajes de la parábola[editar]

El buen samaritano (1880), obra de Aimé Nicolas Morot (1850–1913).

El sacerdote y el levita[editar]

El sacerdote y el levita son los dos personajes que primero pasan por delante del judío apaleado y lo ignoran, siguiendo su camino a Jerusalén. Normalmente pensaríamos que esa actitud se debía a una pobre compasión y a una indiferencia al dolor, pero el significado va más allá. Es muy probable que ambos clérigos fueran rumbo a Jerusalén a oficiar en el Templo. La ley establecía que quien tocara un cadáver ensangrentado quedaría impuro hasta la noche, y alguien impuro no podía participar de los rituales religiosos. Karris señala: «Estos dos destacados representantes de la observancia de la ley no ayudan al hombre que había sido totalmente despojado y se encontraba aparentemente muerto, por temor a contaminarse».[2] Es por ello que el simbolismo del sacerdote y el levita no es de impiedad ni de crueldad, sino de anteponer formalismos rituales a la misericordia y el perdón. Esta imagen de la balanza entre el espíritu de la ley y la letra de la ley es uno de los pilares de la enseñanza de Jesús, y también del Antiguo Testamento: «misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6:6).

El samaritano[editar]

La imagen del samaritano como el piadoso salvador del judío apaleado constituye toda una fragua al concepto de «prójimo». Los samaritanos y los judíos constituían rivales irreconciliables; unos a otros se consideraban herejes. Los judíos fundamentaban sus razones en que los samaritanos hacían su culto en el monte Garizim (o Gerizim) en lugar del Templo de Jerusalén. Además, solamente aceptaban a Moisés como único profeta, y no reconocían la tradición oral del Talmud, el libro de los Profetas ni el de los Escritos. Por su parte, los samaritanos odiaban a los judíos por las veces que estos habían destruido y profanado el santuario de Garizim.

Ciertamente no están mencionados sin intención el sacerdote y el levita. A buen seguro que tampoco es casual atribuir al hombre misericordioso condición de samaritano. Todo ello está muy deliberadamente escogido para subrayar la nueva noción de prójimo que Jesús quiere promulgar. Porque esta es la escueta y acerada enseñanza de su parábola: el amor al prójimo es hacer esto, y el prójimo es éste, un samaritano, un extraño.[3]

José María Cabodevilla

Enseñanza fundamental[editar]

El buen samaritano (después de Delacroix) (1890), óleo sobre lienzo de Vincent van Gogh.

El pasaje, presenta dos significados:

  1. Una lección de misericordia hacia los necesitados, y
  2. un anuncio de que los no judíos pueden también observar la ley y, en consecuencia, entrar en la vida eterna.[2]

Jesús no hace distinciones entre los hombres en este aspecto: todos son «prójimos», sin importar nacionalidad, religión, ni ideas políticas; porque prójimo es sinónimo de próximo, cercano. Asimismo, el sujeto tampoco reconoce límites, significando que la práctica del mandamiento del amor es para todos.

Jesús escoge a un samaritano para ilustrar el concepto de un sujeto cuya extensión es ilimitada.[4]

Raymond Edward Brown

En efecto, el objetivo de la parábola es «detener la atención del lector para obligarlo a imitar el comportamiento de un paria, de un samaritano».[2]

Simbología e importancia[editar]

Esta parábola es una de las más famosas del Nuevo Testamento, y su influencia es tal que el significado actual de samaritano en la cultura occidental es el de una persona generosa y dispuesta a ofrecer ayuda a quien sea que lo requiera. El «buen samaritano» se convirtió en símbolo típico de la fraternidad humana y del humanitarismo.[5]

Referencias[editar]

  1. a b Leal, Juan (1973). Nuevo Testamento, Tomo 2: Evangelios (2°) - San Lucas y San Juan. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. pp. 171-174. ISBN 84-221-0327-3. 
  2. a b c d e Karris, Robert J. (2004). «Evangelio según Lucas». En Brown, R. E.; Fitzmyer, J. A.; Murphy, R. E. Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo. Nuevo Testamento. Estella, Navarra: Verbo Divino. p. 173. ISBN 84-8169-470-3. 
  3. Cabodevilla, José María (2004). Señora Nuestra - Cristo Vivo. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. p. 647. ISBN 84-7914-700-8. 
  4. Brown, Raymond E (2002). Introducción al Nuevo Testamento. Vol. 1: Cuestiones preliminares, evangelios y obras conexas. Madrid: Editorial Trotta. pp. 335-336. ISBN 84-8164-538-9. 
  5. Pérez-Rioja, José Antonio (1971). Diccionario de Símbolos y Mitos. Madrid: Editorial Tecnos. p. 379. ISBN 84-309-4535-0. 

Enlaces externos[editar]