Batalla de Westerplatte

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Batalla de Westerplatte
la Invasión de Polonia - Segunda Guerra Mundial
Bundesarchiv Bild 183-2008-0513-500, Danzig, Westerplatte, Wald.jpg
Fecha 1 - 7 de Septiembre de 1939
Lugar Westerplatte, Ciudad Libre de Danzig
Coordenadas 54°24′27″N 18°40′17″E / 54.4075, 18.671388888889


Coordenadas: 54°24′27″N 18°40′17″E / 54.4075, 18.671388888889
Resultado Victoria alemana
Cambios territoriales Anexión de Danzig al III Reich.
Beligerantes
Flag of German Reich (1935–1945).svg Alemania Nazi Bandera de Polonia Polonia
Comandantes
Flag of German Reich (1935–1945).svg Gustav Kleikamp
Flag of German Reich (1935–1945).svg Friedrich Eberhardt
Bandera de Polonia Henryk Sucharski
Bandera de Polonia Franciszek Dąbrowski
Fuerzas en combate
Fuerzas alemanas
• 1.500 soldados
• 1 acorazado
Fuerzas polacas
• 210 soldados
• 3 piezas de artillería
• 4 Morteros
Bajas
200-300 muertos y heridos 15-20 muertos
53 heridos
Map of the battle

La Batalla de Westerplatte fue un encuentro militar ocurrido durante la Invasión de Polonia en 1939. Los combates se iniciaron 1 de septiembre en Weesterplatte, cerca de la desembocadura del río Vístula en Polonia, y enfrentó a las tropas alemanas con las polacas en el contexto inicial de la Segunda Guerra Mundial. Después de una semana de resistencia polaca, los alemanes se hicieron con el control de la fortaleza y esto aseguró el control alemán de Danzig.

Preparativos[editar]

Los alemanes contaban con 1.500 hombres del Heimwehr de las SS bajo el mando del general de la policía Friedrich Eberhardt, incluidos 225 infantes de marina al mando del teniente Henningsen para dirigir el ataque. El mando general de la operación estaba a cargo del Contraalmirante Gustav Kleikamp cuyo Buque insignia, el SMS Schleswig-Holstein se encontraba haciendo una visita de cortesía en Danzig.

Desarrollo de las operaciones[editar]

1 de Septiembre[editar]

A las 04:48 horas del 1 de Septiembre, los cañones del Schleswig-Holstein lanzaron ocho granadas sobre el sector sudeste de la Westerplatte. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial y el mayor Sucharski comunicaba: "S.O.S: Estoy bajo fuego enemigo". Los alemanes habían hecho tres agujeros en el muro perimetral y los almacenes de aceite eran pasto de las llamas. Luego, los de Henningsen atacaron en tres pelotones y sus zapadores volaron la puerta del ferrocarril del muro que bloqueaba el paso del puente natural, pero las cosas cambiaron en contra de los alemanes. En primer lugar, los polacos contraatacaron neutralizando el nido de ametralladora de la Schupo

Sorprendente resistencia Polaca[editar]

Alemania estaba muy segura de su fuerza cuando preparó el golpe de mano que les permitiría tomar Westerplatte. Se puso al frente de la operación al capitán del Schleswig-Holstein, Gustav Kleikamp, que contaba además con la colaboración del acorazado Schlesien y las torpederas de escolta T-192 y T-963. Esta pequeña flotilla había llegado a Danzig en visita de cortesía, como camuflaje de sus verdaderas intenciones. El general de la policía Friedrich Eberhardt mandaba el grueso de las tropas encargadas de asaltar la península, una fuerza de 1.500 hombres del Heimwehr de la SS que, en teoría, eran tropas de élite. Además se reforzó la dotación con 225 infantes de Marina al mando del teniente Wilhelm Henningsen y un pelotón de zapadores procedente de Dessau-Roßlau. Con los cálculos alemanes, suponiendo una guarnición de 88 soldados polacos pobremente armados y aislados, la fuerza alemana era abrumadoramente superior. La garantía de triunfo era tal que el Ministerio de Propaganda desplazó a un equipo de cine para que filmase la heroica victoria que debería ser la toma de Westerplatte.

Los errores alemanes, que a la larga se harían crónicos y terminarían por hacer que la Wehrmacht perdiese la guerra en su totalidad, fueron fundamentalmente dos: exceso de confianza y falta de información. Infravaloraron a la guarnición polaca, además de no prever que los 88 hombres habituales podrían haber sido reforzados frente a la amenaza manifiesta. Así había sucedido justo el día anterior al ataque del 1 de septiembre, cuando la cifra se elevó a 182 soldados, a los que se sumaron 27 civiles reservistas del ejército que fueron incorporados a filas al comenzar el ataque. Pero es que, además, los alemanes no tenían información fresca sobre las obras secretas que los polacos habían hecho en las instalaciones de Westerplatte. Esa carencia de inteligencia al respecto les hacía ignorantes de los refuerzos de hormigón en barracas y búnkeres que serían cruciales para la resistencia de los defensores.

Frente a la inocencia de los mandos alemanes, Sucharski, el comandante polaco, no fue en absoluto temerario. En cuanto el Schleswig-Holstein y su flotilla “de buena voluntad” llegaron a Danzig la guarnición de Westerplatte se puso a trabajar intensamente en prepararse para un posible ataque. Los preparativos se hicieron de noche, para no alertar a los alemanes, que tenían buenos puestos de visión desde la ciudad hacia la península. Valorando a la perfección el riesgo que se cernía sobre ellos, se dedicaron a reforzar con hormigón el estrecho istmo que une Westerplatte con el continente, conscientes de que toda tropa que tratase de invadir la península debería controlar este paso. Prepararon la munición en sus trincheras y puestos de tiro bien escogidos, pusieron al día las barricadas y rodearon con alambre de púas todo el perímetro. Poco más podían hacer, pero resultó suficiente para frenar la prepotencia alemana.

El primer fuego de la Segunda Guerra Mundial fueron los ocho proyectiles del Schleswig-Holstein que hicieron blanco en el sector sudeste de Westerplatte, abriendo tres importantes agujeros en el muro perimetral y prendiendo los almacenes de aceite en llamas de densa humareda. Henryk Sucharski dio por radio la comunicación “S.O.S.: estoy bajo fuego enemigo” con la que se abrían oficialmente las hostilidades. Los infantes de Marina de Henningsen atacaron en tres pelotones y sus zapadores lograron volar la puerta del ferrocarril del muro que bloqueaba el paso del istmo, con lo que todo marchaba según lo planeado.

Después de cruzar el muro se enfrentaron a la dura realidad de la guerra, muy diferente de los adiestramientos de la Wehrmacht a que estaban acostumbrados aquellos infantes de tiempos de paz. La fuerte resistencia polaca puso a los alemanes en medio de un intenso fuego cruzado, peinando con su fuego un terreno que conocían mucho mejor que los invasores. Gracias al minucioso posicionamiento de los defensores la guarnición de Westerplatte abrió fuego de obús sobre el avance de los alemanes, frenándolos en el intento de tomar las instalaciones.

Los supuestos 88 soldados de la guarnición resultaban demasiado feroces según lo previsto por los alemanes, tanto que pensaron que había francotiradores bien camuflados en las instalaciones polacas. Además, el alambre de púas impedía los movimientos rápidos y, si lograban perforar las barricadas, los morteros polacos, bien posicionados, los inmovilizaba una vez más. Gracias a la bien planificada defensa de Sucharski, el primer asalto fue detenido. Los polacos lograron lanzar un contraataque y, a cambio de pocas bajas, dejaron fuera de combate un nido de ametralladoras ubicado en el puesto de la policía de seguridad alemana (Schupo). Por orden de Sucharski, la batería defensora se centró en dejar fuera de combate los nidos de ametralladoras apostados en lo alto de los almacenes al otro lado del canal. Una vez llevada a cabo esa tarea, se volvió contra el Schleswig-Holstein, estando a punto de alcanzar su puente de mando antes de ser puesta fuera de combate por el fuego procedente del buque.

Los polacos rechazaban el ataque y se defendían con preocupante éxito. A las 06:22 los infantes de Marina se retiraban, acosados por la resistencia polaca, y las noticias procedentes de Danzig no eran mejores, ya que la toma del puerto estaba costando también más de lo previsto. Es fácil imaginar la tensión a que debía estar sometido Kleikamp, quien debía sospechar que la caída de Westerplatte, aunque muy probable, se había vuelto impredecible. No sería un trabajo rápido.

Se creía que había francotiradores bien camuflados en las instalaciones polacas. Además, el alambre de púas impedía los movimientos rápidos y, si lograban perforar las barricadas, los morteros polacos, bien posicionados, los inmovilizaba una vez más. Gracias a la bien planificada defensa de Sucharski, el primer asalto fue detenido. Los polacos lograron lanzar un contraataque y, a cambio de pocas bajas, dejaron fuera de combate un nido de ametralladoras ubicado en el puesto de la policía de seguridad alemana (Schupo). Por orden de Sucharski, la batería defensora se centró en dejar fuera de combate los nidos de ametralladoras apostados en lo alto de los almacenes al otro lado del canal. Una vez llevada a cabo esa tarea, se volvió contra el Schleswig-Holstein, estando a punto de alcanzar su puente de mando antes de ser puesta fuera de combate por el fuego procedente del buque.

Para el segundo intento Kleikamp quería asegurarse, de modo que decidió intensificar la violencia artillera hasta el extremo: el Schleswig-Holstein arrojó 90 proyectiles de artillería de 280 mm, 407 de 170 mm y 366 de 88 mm en lo que podría ser uno de los ataques artilleros más intensos concentrados en un blanco de menor superficie de toda la Guerra. Los infantes de Marina, reforzados por 60 efectivos del Heimwehr de la SS, lanzaron un nuevo ataque a las 08:55, liderado por Henningsen. Atravesaron con facilidad la muralla de perímetro, que la artillería naval había reducido a migas de hormigón. Pero nuevamente fueron detenidos en Westerplatte por minas, arboles caídos, alambre de púas y el preciso fuego cruzado de los defensores. Intentaron avanzar hasta el mediodía, pero la moral cayó drásticamente y se vieron forzados a retirarse, con Henningsen herido de muerte.

El primer día de combates, que los alemanes esperaban que les diese una flamante victoria simbólica, se saldaba con 82 bajas alemanas. Aunque Danzig empezaba a ser doblegada, Westerplatte seguía resistiendo.

El anunciado descenlace[editar]

Tanto los defensores polacos como los atacantes alemanes sabían que Westerplatte caería. El problema para los alemanes era que la toma habría debido ser una exhibición de ataque relámpago y, por contra, se había convertido en un incierto asedio contra una guarnición bien preparada. Un asedio donde defensores y atacantes se pertrechaban tras sus defensas y disparaban a la menor señal de movimiento del enemigo. Seguramente Hitler no estaría muy contento de las noticias que llegaban desde Danzig.

El día 2 de septiembre, segunda jornada del ataque, 60 aviones Ju 87 'Stuka' se unieron a la artillería alemana, reforzada con piezas de campaña de 210 mm. El general de la policía Friedrich Eberhardt había convencido a Fedor von Bock de que el ataque terrestre era inviable, por lo que se destinaron medios de la Luftwaffe. Juzgando los aparatos puestos al servicio de la toma de Westerplatte resulta evidente que urgía conquistar la península. Esta nueva muestra de furia artillera devastó Westerplatte, que carecía por completo de defensas antiaéreas: destruyó varios búnker y el puesto de mando de Sucharski, que quedó aturdido por una explosión, siendo relevado temporalmente por el capitán Franciszek Dabrowski. El único cañón de campaña de los polacos, una pieza de 75 mm, fue puesto fuera de combate tras atacar puestos alemanes en la ribera opuesta del Vístula, y los morteros polacos de 81 mm sólo pudieron disparar un centenar de veces antes de ser destruidos. Los defensores quedaban prácticamente a merced del tiempo.

El 3 septiembre, domingo, el asedio se mantuvo sin variantes significativas. Los alemanes atacaban con artillería al menor movimiento polaco. Trataron de tomar dos puestos de guardia, pero nuevamente los polacos los rechazaron. El día 4 el bombardeo comenzó a las 12:30 y se mantuvo hasta las 21:45, como si fuera un castigo a los polacos por seguir resistiendo. Además, ese mismo día la torpedera T-196 atacó la península desde el lado del mar. La comida caliente se terminó en las barracas polacas, que sólo contaban a partir de entonces con enlatados y galletas. Además, los polacos abandonaron el puesto de campo de Wal, al norte de la península, lo que parecía invitar al ataque desde la costa. El día 5 se repitió el guión, iniciando el bombardeo a las 09:00 y terminando a las 10:45. A las 22:00, juzgando también las preocupantes noticias que llegaban del resto de Polonia, el mayor Sucharski estaba ya dispuesto a rendir Westerplatte pero el capitán Dabrowski se opuso.

El día 6 las fuerzas de policía SS de Danzig abren fuego de mortero contra Westerplatte, que pide ayuda, aunque la situación de Polonia, prácticamente perdida, hace abandonar toda esperanza. A estas alturas la mayoría de los oficiales polacos están de acuerdo con Sucharski en rendir la plaza y poner fin a la agónica espera. A las 03:00, como medida de último recurso, los alemanes enviaron un tren en llamas por las vías, a través del istmo, con la intención de alcanzar la cisterna de aceite de Westerplatte y que el incendio obligase a los polacos a dejar el fuerte. Sin embargo, el maquinista desacopló la máquina demasiado pronto y el convoy inflamable no llegó a su objetivo. Por contra, al devastar el istmo por completo con llamas, dejó un campo de tiro perfecto para los defensores polacos, dificultado todavía más el asalto alemán. A pesar de ello, esa misma tarde hubo un segundo intento con un tren en llamas, que también falló.

El 7 de septiembre, a las 04:30, los alemanes abren nuevamente intenso fuego contra Westerplatte hasta las 07:00. Pese al uso de lanzallamas, los polacos fueron capaces una vez más de rechazar el ataque. A las 09:45 se mostró la bandera blanca y a las 11:00 Sucharski rindió Westerplatte, que había soportado una semana de asedio e intenso fuego de artillería sin doblegarse. Los soldados alemanes se cuadraron ante la guarnición polaca en señal de respeto por su hazaña que, sin embargo, no había servido para nada, pues la suerte de Polonia ya estaba prácticamente decantada.

Conclusiones[editar]

Hay victorias amargas y derrotas dulces. Para los oficiales alemanes encargados de tomar Westerplatte seguramente la rendición final supuso un golpe importante. En una semana, mientras el resto de la Wehrmacht borraba un país como Polonia del mapa, ellos no habían sido capaces de asaltar una diminuta península arenosa pese a la masiva superioridad con que contaban. Hitler y Goebbels se quedaron sin las imágenes de una rápida conquista de Danzig para mostrar en los noticieros y enardecer a los seguidores del nazismo.

Sucharski y sus hombres salían con la cabeza alta, como héroes, pero para ellos también había mucha amargura. Por un lado, porque sabían que podrían haber resistido más. El ataque alemán del día 1 de septiembre les había pillado en pleno rearme de la península. Los polacos tenían previsto aumentar todavía más el contingente militar en Westerplatte puesto que, al finalizar la lucha, se contaron medio centenar de ametralladoras ligeras y pesadas, un número desproporcionado para el total de efectivos existentes durante la batalla. Además, se iban a un cautiverio incierto, pues las noticias hacían presagiar la caída de su país.

La Batalla de Westerplatte, simbólicamente, se puede ver como un resumen de toda la Segunda Guerra Mundial en cuanto al ejército alemán se refiere. Los mismos errores cometidos en esta pequeña península del Báltico serían los que, paso a paso, cavarían la tumba del la Wehrmacht. En primer lugar, una deficiente inteligencia, que no les permitió valorar las defensas del enemigo en su justa medida. En segundo lugar, un exceso de confianza, llevando a cabo un primer ataque más teatral que efectivo. En tercer lugar, la prisa de Hitler por obtener victorias rápidas que exhibir ante sus fanáticos y que alimentasen la voracidad de los oficiales.

Los mandos alemanes podrían haber aprendido de esos errores, pero la victoriosa campaña polaca los embriagó de éxito, como también haría la invasión de Francia en 1940. Incluso podrían haber recogido de Westerplatte una última lección adicional: la violencia artillera, cuando se convierte en pura devastación del medio, no ayuda al atacante, sino que siembra el territorio de un caos informe que acaba por ser un obstáculo más para el invasor que para el defensor. La costumbre prusiana de ahogar en artillería al rival dificultó la toma de Westerplatte, como luego haría en muchas otras plazas y, sobre todo, sería un punto clave que impediría a la Wehrmacht tomar por completo Stalingrado, años después de la heroica resistencia polaca.

Enlaces externos[editar]