Batalla de Aguere

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Batalla de Aguere
Conquista de las islas Canarias
Fecha 14 y 15 de noviembre de 1494
Lugar San Cristóbal de La Laguna, Tenerife, (España)
Resultado Victoria castellana, la conquista definitiva de las Islas se consolida.
Beligerantes
Pendón heráldico de los Reyes Catolicos de 1492-1504.svg Corona de Castilla Guanches
Comandantes
Alonso Fernández de Lugo Bencomo
Chimenchia
Fuerzas en combate
1.200 infantes
70 caballeros
600 guanches
6.000 - 11.000 hombres
Bajas
30 - 60 muertos
varias docenas de heridos
2.000 muertos
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La batalla de Aguere o batalla de La Laguna es el nombre que recibe la batalla que tuvo lugar el 14 de noviembre de 1494 y que predetermina definitivamente la conquista de la isla de Tenerife por los castellanos al mando de Alonso Fernández de Lugo. Aunque la fecha exacta aparece controvertida para algunos historiadores, lo más probable es que tuviera lugar a mediados de noviembre. La batalla se produjo medio año después de la derrota del mismo Fernández de Lugo, en lo que fue el mayor desastre castellano durante la conquista del archipiélago canario, la Primera Batalla de Acentejo, también denominada como la población que allí se fundó, La Matanza de Acentejo. La batalla de Aguere (topónimo aborigen para la actual ciudad de La Laguna) puede considerarse militarmente como la escaramuza inicial de una batalla que se solventó más tarde y de forma definitiva en el mismo Acentejo, en lo que se conoce como Segunda Batalla de Acentejo (ocurrida cerca de la población que allí se fundó, La Victoria de Acentejo), donde pereció una gran parte de los guerreros guanches y de sus capitanes. Con ello terminó el último foco importante de resistencia guanche a la conquista de las islas Canarias.

Entorno histórico[editar]

La Batalla de Aguere no puede ser considerada, a jucio de algunos historiadores, como un acontecimiento aislado, sino que debe estudiarse dentro del contexto histórico inmediatamente anterior y posterior (derrota castellana en Acentejo y rendición guanche en Los Realejos) e inscrita en el periodo que se extiende desde mediados del siglo XIV a finales del XV.[1]

Jean de Béthencourt

Para analizar con precisión los antecedentes de la batalla, se hace necesario relacionarlos con la época histórica que los enmarca:

  • 1464: Diego de Herrera intenta penetrar en Tenerife. Llega a un acuerdo con el tagoror de Tenerife, que le permite establecerse en la isla,[3] aunque algunos historiadores afirman que hasta la muerte de Diego y la iniciativa de su hijo Sancho, no existe un asentamiento estable de españoles en Tenerife.[4]
  • 1470: los españoles son expulsados de Tenerife. Escaramuzas en las tres islas, sobre todo en Gran Canaria.
  • 1481: Carta de Calatayud: pacto "entre los Reinos de las Españas y el Reino de Canarias", firmado el 30 de mayo en Calatayud, por Tenesor Semidán, en nombre del Reino de Canarias, y Fernando el Católico, Rey de Aragón, en nombre de los Reinos de las Españas. El pacto consistía en la incorporación de Canarias a la Corona de las Españas, a cambio del respeto a las estructuras políticas y sociales, las costumbres culturales y la libertad de los guanches.[5]
  • 1482: grupos de rebeldes liderados por Guayarmina Semidán y Bentejuí se refugian en las cumbres de Gran Canaria.
  • 1484: el 29 de abril Guayarmina Semidán se entrega, mientras que Bentejuí y el Faycan de Telde se suicidan despeñándose por un barranco. Pequeños grupos de rebeldes se reparten por las cumbres, en caseríos de difícil acceso para los españoles. En La Gomera, los amotinados liderados por Hautacuperche ajustician a Hernán Peraza. Pedro de Vera viaja a la isla para sofocar la rebelión y apresa y esclaviza a los rebeldes.[1]
  • 1493: el 29 de septiembre Alonso Fernández de Lugo arriba por vez primera a Canarias, desembarcando en La Palma. Firma un acuerdo de paz con los benhaoritas de Mayantigo, en las mismas condiciones negociadas por Tenesor Semidán. Tigalate y Mazo también se suman al acuerdo, mientras que los opuestos al pacto, liderados por Tanausú, se refugian en las cumbres de Aceró.[5]

Antecedentes de la batalla[editar]

Alonso es nombrado Adelantado[editar]

En el mismo año de 1493, Alonso Fernández de Lugo había solicitado y obtenido de los Reyes Católicos el título de Adelantado y la licencia para explorar y conquistar Tenerife:

"El que más hizo fue Dn. Alonso Fernández de Lugo, que era Alcaide de la torre de Lagaete y de allí salía algunas veces y entraba en Tenerife en partes remotas, en donde hacía algunas presas de poca consideración. Dn. Alonso Fernández de Lugo determinóse pasar a España a pedir licencia a su Majestad para conseguirla a su costa, que él buscaría quien le ayudase. Fuéle concedida la licencia que pedía y por mandato de sus Majestades los Reyes Católicos Reyes Fernando y Dª. Isabel, se le otorgaron escrituras de concierto y asiento sobre las condiciones de la conquista, y le dieron título de Capitán General de ellas desde el cabo de Aguer hasta el de Bujador, en las partes de África; y que habiendo conquistado las dichas islas de Tenerife y La Palma, sus Majestades nombrarían persona que con él entendiese en el repartimiento de sus tierras y heredamientos, como más bien se especifica en la conducta; su fecha año de 1493. Conseguida esta merced por Dn. Alonso Fernández de Lugo, habló a algunos caballeros poderosos de España si querían ayudarle en la conquista, que partiría con ellos de las presas de ganado y cautivos que se hiciese y entrarían en parte según el caudal con que cada uno entrase.../... A la fama de la conquista se alistaron muchos soldados y se allegaron muchos nobles sin interés de paga y deudos suyos; y algunos que tenían parientes de los primeros conquistadores que habían ido a Lanzarote y Fuerteventura y demás islas con Bethencourt. Pasaron el general y sus capitanes y soldados a Cádiz, en donde estaban prevenidos dos navíos para el viaje. Salieron del puerto y aportaron a la isla de Gran Canaria; y dando cuenta a las demás islas conquistadas para si le querían ayudar, algunos vinieron en su compañía con mucha voluntad de que todas las islas estuviesen de católicos y a la obediencia de los Reyes de Castilla.[6]

Nueva expedición[editar]

A primeros de mayo, una expedición político-militar capitaneada por el mismo Alonso Fernández de Lugo y formada por 30 navíos, 100 caballeros y entre 1.000 y 2.000 (cifra que oscila dependiendo de la fuente consultada[7] [8] [9] ) infantes castellanos, más algunos aliados nativos, desembarca en Tenerife por Añaza.

Menceyatos.svg

Alonso llega a acuerdos de paz con Añaterve, caudillo guanche del Menceyato de Güímar, el Adeje, el de Abona, el de Anaga (Beneharo) que forman el llamado bando de paces, proclive a aceptar el dominio de los castellanos y aliados militares de estos. Las conversaciones con otros menceyes no llegan a acuerdo alguno y la alianza militar contra los conquistadores (o bando de guerra) queda integrada por el menceyato de Taoro (Bencomo), el menceyato de Icode, el menceyato de Daute, el menceyato de Tegueste y el menceyato de Tacoronte.

Derrota castellana en Acentejo[editar]

Primera Batalla de Acentejo
  • Mayo de 1494: primera Primera Batalla de Acentejo, la denominada también Matanza de Acentejo, que vino a producirse en el fondo del barranco del mismo nombre, en el punto por donde hoy discurre el Camino de Santo Domingo,[7] y en la que los castellanos se apoyan por vez primera en sus alianzas con los guerreros de Güimar y de Gran Canaria, cayendo todo el ejército en una emboscada del hermano de Bencomo, Tinguaro o Chimenchia (según las fuentes), y siendo finalmente masacrados por los guerreros de refresco que acompañaban a Bencomo.

Alonso reúne nuevas tropas[editar]

Después de la Primera Batalla de Acentejo, Alonso Fernández de Lugo regresó a Gran Canaria, prácticamente sin tropa tras la mortandad sufrida en la batalla (entre 1.000 y 2.000 soldados y tropas auxiliares, según los distintos historiadores) y estableció relación con Francisco de Palomar, Nicolás de Angelote, Guillermo del Blanco y Mateo Viña, mercaderes genoveses que se encontraban en Gran Canaria. Estos dan el 15 de junio un poder a Gonzalo Xuárez Maqueda ante Gonzalo de la Rubia, escribano público, para trasladarse a España y conseguir la asociación de nobles y plebeyos a la empresa.[8]

Maqueda llegó a Cádiz y en vista de su falta de éxito en aquella ciudad, pasa a Sanlúcar de Barrameda, donde solicita el socorro de Juan Guzmán, duque de Medina Sidonia, a quien "consideró como tan del servicio de Dios en la dilatación de su santo nombre, y del servicio del Rey en el aumento de sus vasallos, añadiéndose aquella isla de Tenerife a las otras que estaban conquistadas".[8] En octubre, el duque acepta participar en la empresa con "600 hombres y 30 de a caballo, nombrando maestre de Campo a Bartolomé Estupiñán Cabeza de Vaca, y por capitán de los 30 jinetes a Diego de Mesa, y otros capitanes y oficiales para la referida infantería"[8] (Béthencourt Alfonso da la cifra de 670 peones y 80 jinetes[7] ). A este contingente se sumaron unos 500 soldados castellanos, que fueron preparados por el Adelantado y su amigo Lope Fernández de la Guerra, entre los que se encontraban los que escaparon del desastre de Acentejo, así como un pequeño contingente enviado por Doña Inés Peraza, señora de Lanzarote.[8]

El desembarco[editar]

La tropa reunida embarca en noviembre en seis carabelas y en una docena de barcazas y carabelas menores, dirigiéndose al puerto de Santa Cruz de Tenerife. El total de hombres ascendía a unos 1.200, con una pequeña compañía de caballería y algo de artillería, es decir, una tropa ligeramente inferior en número a la que sufrió el año anterior la derrota en el barranco de Acentejo, aunque mejor preparada y adiestrada. Sobre el 10 de noviembre desembarcó de nuevo en Tenerife, por Añaza, con el propósito de llevar a cabo la conquista definitiva de la última isla que no reconocía aún la soberanía de la Corona de Castilla.[8]

La batalla y su desarrollo[editar]

El armamento de los dos ejércitos[editar]

Respecto al armamento con que los guerreros de Bencomo acudieron a la batalla, se trataba del que tradicionalmente se usaba, con pequeñas diferenciaciones, en todas las islas. Los guanches llevaban sus armas tradicionales, el tamarco arrollado al brazo y el banot o banote, lanza de madera endurecida al fuego, y no portaban corazas o escudos, aunque eran expertos y temibles lanzadores de afiladas piedras, como la que dejó malherido al propio Adelantado en la anterior batalla celebrada cerca de La Matanza de Acentejo. La proporción de 6 a 1 o de 12 a 1 que los historiadores citan (dependiendo de las fuentes), respecto a uno y otro bando, podía ser suficiente para los guanches en terreno escarpado o con ventajas estratégicas, pero era claramente insuficiente para un enfrentamiento en llano, frente a un ejército disciplinado, cohesionado y alerta. Uno de los historiadores que mejor relacionan el armamento de los nativos, Abreu y Galindo, lo describe así, aunque referido al usado en Gran Canaria:

"Las armas con que los canarios peleaban y reñían sus pendencias eran, como en las demás islas, unos garrotes con porras a los cabos, que llamaban magados, y varas puntiagudas tostadas, que llamaban amodagas; y estas armas les servían, hasta que los cristianos vinieron, que hicieron algunas a su modo, como fueran tarjas que eran como rodelas, y espadas de tea tostadas. También se aprovechaban de piedras, que había entre ellos algunos de tanta fuerza y destreza, que de una pedrada derribaban una penca de palmera. También usaban de unas sartas de palos tostados a modo de flechas, de hasta cinco a seis palmos de largo, agudas las puntas, que las tiraban como lanzas y las enclavaban a donde querían."

"El valiente Doramas, como vio que los cristianos se le acercaban, envió a decir si había entre ellos algún caballero que con él se quisiese probar. … Entre los de a caballo venía un hidalgo llamado Juan de Hoces, que dijo él quería probar su persona con el canario, que no conocía; y se fue para donde estaba Doramas. El cual, como lo vio venir para sí, le tiró un susmago como dardo, el cual le pasó la adarga y cota que llevaba, por el pecho, y cayó muerto. Pedro de Vera sintió grandemente, y comenzó a salir a él con mucho reposo. … y estando cerca Doramas le tiró un susmago, el cual rebatió la adarga y se la pasó y, ladeando el cuerpo, pasó de largo no hiriéndole el susmago; y procuró juntarse más, para tirarle otro el Doramas; y Pedro de Vera bajó cuanto pudo el cuerpo, y el susmago pasó por alto…"

"Viendo pues el capitán Rejón al Adargoma y el daño que había hecho y hacía en los nuestros, fuese para él con grandísimo ánimo y coraje, resguardándose cuanto podía de sus golpes que daba con una espada de palo mayor que un montante y muy pesada con que derribaba y aún mataba cualquier hombre que alcanzaba y los caballos los mancaba y aún los desjarretaba con tanta fuerza y ligereza que no les era posible a los nuestros alcanzarle con los golpes de herida que le tiraban. Acudió Rejón con esfuerzo a socorrer donde hacía gran estrago Maninidra, y resguardándose de uno de sus desatentados golpes porque era arma larga que no había entrarle golpe de espada…"

"El Doramas señaló muchos con su espada de madera tostada muy pesada y grande que después un hombre muy fuerte de los nuestros no podía jugarla con dos brazos, y él con una mano la jugaba más liberalmente y hacía muy gran campo alrededor de sí porque todos se guardaban de sus fuertes golpes que al caballo que alcanzaba lo desjarretaba y cortaba brazo o pierna como si fuera de hierro y aún peor porque no tenían cura sus golpes y heridas. Tiraban lanzas de tea todo a puño que pasaban el escudo y a un hombre de parte a parte, y lo peor fuertes pedradas a brazo muy grandes y ciertas como tiradas con ballestas"

"…Y de gran destreza en la pelea con las armas que traían, que era a su modo de espada de palo tostado y de madera muy recia; traían rodelas muy grandes de altura de un hombre, eran de una madera ligera estoposa de un árbol llamado Drago. La espada llamaban majido y el broquel tarja; las espadas eran delgadas, y puntiagudas; traían en las rodelas sus divisas pintadas a su modo de blanco y colorado de almagra, jugaban la espada con mucha destreza. Tenían otra arma a modo de chuzo pequeño de tea tostado y lo arrojaban a puño sin errar el blanco al que apuntaban. … Usaban así mismo de las piedras tiradas a mano con tanta fuerza como un trabuco. Teníanlas escogidas para la pelea muy lisas y amañadas, hacían notable daño con ellas…".[1]

Parece evidente que, pese a su rusticidad y sencillez, el armamento guanche era bastante para, en determinadas situaciones, hacer grave daño en los ejércitos castellanos, como lo había demostrado la reciente Primera Batalla de Acentejo.

En cuanto a los castellanos, militarmente estaban mejor preparados que en la primera batalla, aunque en un número ligeramente inferior. Llevaban suficiente artillería, arcabuceros, ballesteros, piqueros y rodeleros, amén de unos 70 caballeros con armadura completa, a caballo. Especialmente temibles eran los piqueros y la caballería de armadura completa, que en la anterior batalla no pudo desplegarse adecuadamente debido al significativo embarazo que supuso el ganado robado que acarreaban, amén de la angosta estrechez del lugar.

Situación estratégica de ambos bandos[editar]

Después de fortificar el real de Santa Cruz con dos torreones, el ejército castellano se dispuso, en la madrugada del día 13 al 14, en orden de marcha al pie del camino de La Cuesta, que era un punto estratégico por donde se realizaba -y realiza- la ascensión desde la costa a la vega de San Cristóbal de La Laguna.[9] Manteniendo el real de Santa Cruz como base de operaciones, posibilitaba una retirada ordenada en caso de derrota, ya que contaba con la flota fondeada en la bahía.

Desde el punto de vista estratégico, la meseta de San Cristóbal de La Laguna era de vital importancia para el avance en la conquista de la isla. El camino para acceder a ella desde la costa, el camino de La Cuesta, en aquellos tiempos estaba cubierto por una vegetación extremadamente frondosa y poblada de tupido monte alto, con abundantes pinos, escobones, hayas, follados, brezos, palmeras, dragos, sabinaa y otras especies, de la que únicamente quedaba exenta "una trocha de 28 varas de ancho" abierta a través del bosque para el paso de los ganados trashumantes, que arrancaba junto a la parte sur de lo que hoy es el cuartel de San Carlos, por el antiguo camino de las Pescadoras, para unirse al Camino Viejo de la Cuesta, a la ermita de Gracia y a La Laguna. Esa situación convertía su ascenso en tiempos de guerra en una peligrosa aventura.[10]

Lugo dejó guarnecido el campamento de Santa Cruz para evitar una sorpresa y apostó en el inicio de La Cuesta a los oficiales Juan Benítez y Fernando del Hoyo, con una importante cantidad de soldados y la orden terminante de prohibir la subida de las tropas que guardaban el real.[8] Los guanches, avisados por la gente de la costa de la llegada de los buques, se aprestaron a la defensa. Bencomo envía emisarios a todos los menceyes del bando de guerra, que acuden con sus hombres,[8] y coloca a unos 2.000 guerreros en La Cuesta, lugar por el que inevitablemente había de subir el ejército español.[9]

El líder guanche envió a dos espías para que, avanzando por el barranco de Tahodio, bajasen a reconocer las fuerzas del enemigo y observasen sus movimientos; pero fueron descubiertos por los soldados de Lugo, con lo que el líder guanche no pudo contar con una información veraz sobre los movimientos del ejército enemigo antes del comienzo de la batalla.[9] Esta situación condicionaba una importante ventaja estratégica inicial para el ejército castellano, al no disponer su enemigo de ninguna información cierta sobre sus movimientos, pese a la aparente desventaja de tener que ascender por una larga cuesta de varios kilómetros (pero no de gran dificultad), flanqueada por guerreros guanches. Además, al saberse resguardadas las espaldas desde el reconstituido y fortificado real, Lugo podía arriesgar un poco más en la ascensión, mientras que Bencomo no contaba con suficientes fuerzas para cubrir un posible descalabro y cerrar el paso desde la Vega de La Laguna al interior de la isla, viéndose forzado a confiar en la agilidad de sus guerreros y en la dificultad que las suaves cumbres en torno a La Laguna pudieran ofrecer al avance castellano.

La subida de La Cuesta[editar]

Conociendo Fernández de Lugo las disposiciones de los guanches por medio de vigías nativos, levanta el real de madrugada y protegido por las sombras de la noche gana el punto más alto de La Cuesta[8] sin ser visto, con los setenta de a caballo avanzando en la vanguardia y seguidos de cerca por los aproximadamente mil hombres que Lugo quería desplazar a los altozanos de La Laguna.[9]

Lugar de la batalla y primeros enfrentamientos[editar]

Estatua de Bencomo

Al amanecer el día, los guanches advierten con sorpresa que el ejército castellano había ascendido la trocha de La Cuesta y dominaba las lomas de la vega, por lo que retrocedieron para evitar verse sorprendidos por quienes eran sus presuntas víctimas. Bencomo reorganiza a sus huestes y con 5.000 hombres corre a toda prisa a las afueras de San Cristóbal de La Laguna, con ánimo de cortar el paso a los españoles. Apenas se puso en marcha con sus hombres, se presentó a la vista el ejército de Lugo. El campo que cubría el ejército guanche, todavía algo desorganizado y que llegaba a la carrera, abarcaba desde donde hoy está edificada la ermita de San Cristóbal hasta la Cruz de Piedra. El centro estaba mandado por Bencomo, el ala derecha por Acaymo, mencey de Tacoronte, y el ala izquierda por el príncipe Tinguaro, aunque el nombre de este último está en entredicho por algunos historiadores. El ejército castellano se extendía desde la actual ermita de Gracia, punto elegido por Lugo dada su altura, dominando el llano, hasta las posiciones ocupadas por las fuerzas de Bencomo. Basándose en estos datos, Buenaventura Bonnet estima que la batalla debió celebrarse en el llano que hoy ocupa el llamado Barrio del Timple, Barrio Nuevo o Viña Nava y la Urbanización de la Verdellada.[8] Parece demostrado que Lugo fijó su Real en el promontorio existente en lo que hoy es la Carretera General Santa Cruz-La Laguna (TF-180), el punto que se desdobla en dos tramos de calzada, uno descendente y otro ascendente, conocido tradicionalmente como Curva de Gracia. El islote, que presenta una morfología groseramente semicircular, sirvió como base para eriguir luego una capilla conmemorando la victoria castellana, la Ermita de Nuestra Señora de Gracia, que comparte dicho islote con algunas edificaciones bajas destinadas a talleres y viviendas, hoy prácticamente abandonadas. El Boletín Oficial de Canarias (B.O.C.), en una resolución de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes, decreto 645 37/2006, de 9 de mayo de 2006, declara la capilla "Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento", citando que es el lugar "donde según las fuentes de la conquista se estableció el campamento de Alonso Fernández de Lugo durante su segunda entrada en la isla, en las fechas previas a la batalla de La Laguna (14-11-1494)"[11]


Comenzada la batalla con el asalto de las huestes guanches, la vanguardia española constituida por arcabuceros y ballesteros desordenó sus filas, sembrando el terror y la muerte entre los grupos de atacantes guanches. Después entraron en acción los piqueros y caballeros, hiriendo y matando a los fugitivos. Este primer enfrentamiento duró varias horas, con repetidos ataques frontales por parte de los guerreros de Bencomo.[8]

La caballería rompe las filas guanches[editar]

Pero la derrota era inevitable, dado el terreno en que se movían los combatientes, llano y por lo tanto favorable para los españoles. Las tropas de Bencomo comenzaron a cejar, terminando por caer en una desordenada retirada cuando se advirtió la llegada de Fernando de Guanarteme al frente de los aliados canarios (los guanches del denominado Bando de paces), que venían del real de Santa Cruz, ascendiendo por los barrancos. Los últimos ataques de la caballería hicieron estragos entre los que huían. Miguel de Unamuno, en una poco conocida aportación literaria a la historia de la batalla, escribe en referencia a la carga de la caballería de Lugo, comparándola con las que efectuó luego Hernán Cortés en su aventura americana: "Y luego entraba en acción el caballo, ese monstruo que tanto pavor siempre puso en los pobres indios"../.. "El resultado de tales batallas era casi siempre infalible."../....."Bencomo y sus huestes tuvieron que abandonar el campo de La Laguna".[12]

Retirada y acoso. Bencomo, herido[editar]

Bencomo fue mal herido, también lo fue Acaymo, y Tinguaro se encontraba en desbandada, acosado por la caballería; es decir, los tres jefes del ejército guanche se hallaban en serios aprietos. Entonces se ordenó la retirada hacia Tacoronte. Herido Bencomo y puesta en fuga la gente de Acaymo, las fuerzas españolas reunidas atacaron al mencey y al grueso del resto de sus tropas, impidiendo su ordenada retirada. Ya atardecía cuando, viendo la imposibilidad de sostenerse sobre el terreno ante los soldados de Lugo, Bencomo ordena la retirada hacia el cerro de San Roque, paraje en que podía escapar a la persecución de la caballería y en donde suponía que sus hombres podrían defenderse mejor.[8]

Desbandada, muerte de Bencomo[editar]

Ya herido Tinguaro en la batalla, continuó defendiéndose en la falda del cerro del acoso de los soldados de a caballo, ascendiendo cerro arriba. Pero en lo alto del repecho surge Martín Buendía, soldado español que seguramente procedía directamente del real de Santa Cruz, a través del barranco de Santos (al pie del real castellano) que, continuando por el del Drago, lo une con los altos de La Laguna. Con la pica en alto se dirige al encuentro del príncipe guanche.[8] Tinguaro, mal herido y débil por la sangre que perdía, le habla en guanche para advertirle que era príncipe, pero el castellano le traspasa con la pica. Este suceso se superpone en algunos historiadores con el de la muerte, un par de horas más tarde, del propio Bencomo y además entra en conflicto con lo narrado por algún historiador, según el cual Tinguaro muere en Taoro a los dos días de la batalla, a consecuencias de sus heridas. Espinosa cita al respecto:

Entre otros peleó ese día valentísimamente el rey de Taoro, porque con una alabarda, dicen se defendió de siete hombres de a caballo, y al cabo se escapó dentre ellos y se subió por la cuesta de San Roque. Mas aunque destos se escapó, no pudo escaparse de un fulano de Buendía, que sin conocerlo ni saber que era rey (aunque él en su lengua se lo decía ser el Mencey, que es rey), como no lo entendiese, no le valió su reinado, que le pasó con la lanza en un barranquillo estrecho, do quedó….[13]

Sin embargo, otros historiadores referencian los acontecimientos de manera distinta; Francisco P. De Luka escribe lo siguiente, en un artículo publicado en la revista Awañac, nº 1, del 2004:

A las 7 horas del día 14 de Noviembre tuvo lugar en las laderas de San Roque (La Laguna) una batalla muy reñida e igualada entre guanches y españoles que fue decisiva para el triste devenir histórico de la isla. En ella murió el heroico Bencomo batiéndose con una pica contra 10 soldados, según Marín de Cubas, sucumbiendo finalmente al clavarle Pedro Martin Buendía su lanza en mitad del pecho. En la lucha resultó herido mortalmente Tinguaro, que fallecería dos días después en Taoro. La causa de la derrota isleña habría que encontrarla en la muerte de Bencomo, cuya noticia debilitó la resistencia canaria produciendo en sus filas un profundo desánimo (ibídem: 124-125).

Después de muerto Tinguaro, su cadáver fue trasladado al real de los españoles para comprobar si era el famoso capitán que tanto estrago hizo en la Primera Batalla de Acentejo. Tantos fueron los golpes que recibió el cadáver, que el rostro y el cuerpo quedaron muy desfigurados, no pudiendo confirmar los prisioneros guanches si se trataba de Tinguaro o de Bencomo.[9] El Adelantado, en la duda de si era uno u otro, ordenó que le cortaran la cabeza y, puesta en una pica, la llevaran al campo enemigo. Los guanches de Acentejo la recogieron para honrarla con una ceremonia fúnebre;[8] la comitiva se dirigió al reino o menceyato de Taoro, acompañando Guajara, su esposa, los restos del príncipe guanche. En una última y suicida intentona, las menguadas fuerzas guanches, dirigidas por un malherido Bencomo, tratan de romper hacía los altos de La Laguna, pero son cazados antes de llegar a ellos por la caballería castellana, seguida muy de cerca por piqueros y rodeleros, algunos de los cuales acaban con la vida del caudillo guanche, además de exterminar a cientos de guerreros en su huida. Los demás huyen hacia Taoro. Al día siguiente eligieron a su hijo Bentor como nuevo mencey.[9] Aunque algunos historiadores plantean dudas sobre la muerte de Bencomo en la batalla, para la mayoría parece indiscutible que muere en el combate, basándose en la declaración de testigos aportada en la información de Margarita Guanarteme (1526), que explica cómo en dicha acción "mataron al Rey Grande que se llamaba el Rey Venitomo de Taoro, y don Alonso de Lugo envió a Fernando Guanarteme para que se viera con el rey Ventor, hijo de Venitomo, para requerirle se diese volviendo con la respuesta que el nuevo rey no se quería dar…".[14]

En cuanto a las bajas entre los guanches durante esta batalla, oscilan entre los más de 2.600 que cita Marín y Cubas, hasta los 1.700 que otorga Viana. Las cifras españolas de muertos varían, según fuentes, entre 30 y 55 muertos y algunas docenas de heridos.[9] [8] [14]

Tras la batalla: final de la resistencia guanche[editar]

A finales del mismo año, Fernández de Lugo penetró desde el norte de la isla en dirección a Taoro, donde unos 6.000 guerreros guanches le esperaban en un barranco del actual municipio de La Victoria de Acentejo, muy cerca del lugar en donde se había producido la gran victoria guanche meses atrás. Pero Lugo no pensaba ahora consentir que la impedimenta y el ganado robado le estorbasen en sus movimientos: la caballería, perfectamente organizada, cargó tras la primera lluvia de saetas, balas de cañón y descargas de arcabuces. La victoria castellana en lo que también se llamó la Segunda Batalla de Acentejo y el subsiguiente hundimiento de la resistencia aborigen, fue total. Bentor, hijo de Bencomo, se suicidó siguiendo el ritual guanche, despeñándose por la ladera de Tigaiga. La conquista de Tenerife se consumó, si bien la isla no se incorpora formalmente a la corona de Castilla hasta el verano de 1496. El papel que pudo tener en la derrota la llamada "modorra guanche", nombre dado por algunos historiadores a la supuesta epidemia resultante de los miles de cadáveres insepultos en la Primera Batalla de Acentejo (y eventualmente en la de Aguere), que habría dejado sin fuerzas y postrados a gran número de guerreros, no está totalmente certificado.

Consecuencias para la conquista[editar]

Rendición del bando de guerra ante Fernández de Lugo, 25 de julio de 1496

Se puede afirmar que la batalla decidió la conquista de la isla de Tenerife y puso el punto final a la conquista de las islas Canarias. La victoria de las tropas castellanas sobre los llamados bandos de guerra, Taoro, Tegueste, Tacoronte y Anaga, unida según algunos a las plagas causadas por la corrupción de los cadáveres insepultos en el campo de batalla (la «modorra de los guanches») y a la muerte de su principal líder, el mencey de Taoro, y de sus mejores capitanes, trajo las sucesivas derrotas que decidieron el rápido final de la resistencia guanche a la conquista.[8]

Tras la batalla, Benytomo es nombrado mencey de Taoro y líder de la liga contra los españoles (bando de guerra). Después de la derrota en la segunda batalla de Acentejo, el bando de guerra acepta el 25 de julio de 1496 la denominada Paz de Los Realejos, donde Benytomo de Taoro, Acaymo de Tacoronte y Beneharo de Anaga firman el pacto por el cual los guanches de Tenerife se cristianizan y se confederan a los reinos de las Españas. En septiembre de 1496, los menceyatos de Adeje, Abona, Daute y el Menceyato de Icode (el actual Icod de los Vinos) se suman al pacto firmado cerca de la actual población de Los Realejos, mientras que pequeños grupos residuales de rebeldes permanecen en las cumbres. La conquista castellana del archipiélago canario se da por finalizada.

Referencias[editar]

  1. a b c Abreu y Galindo, J. de, Historia de la conquista de las siete islas de Canarias, en A. Cioranescu (ed) Goya ediciones, Tenerife, 1977
  2. Herbert Wendt, Empezó en Babel, 1960
  3. Fernando de Párraga, fechos de las ilhas de la grand canria y de tenerife
  4. Espinosa, A. Historia de Nuestra Señora de Candelaria, Goya ediciones, Tenerife
  5. a b Mónica Acosta Betancor y Felipe Ros Brandon, 29 de abril-3 de mayo, Dos fechas y un mismo símbolo. 1999
  6. Nuñez de la Peña, Historia de las Canarias
  7. a b c Bethencourt Alfonso, J: Historia del Pueblo Guanche II Lemus editor, La Laguna, 1997
  8. a b c d e f g h i j k l m n ñ o Buenaventura Bonnet, La Batalla de La Laguna y la muerte de Tinguaro. Estudio Hermenéutica Histórica. Comisión provincial de Monumentos Históricos de Canarias, Tenerife ,1916
  9. a b c d e f g h Viera y Clavijo, Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, tomos del I al IV
  10. Primera y Segunda Invasión de Lugo
  11. Boletín Oficial de Canarias, 9 de mayo del 2006
  12. Miguel de Unamuno, La Laguna de Tenerife, (Las Palmas, agosto de 1909)
  13. Espinosa,A. Historia de Nuestra Señora de Candelaria, Goya ediciones, Tenerife.
  14. a b Revista de Historia 14 (82-83) 1948 Págs. 267-273 Universidad de La Laguna, La Laguna

Véase también[editar]

Lista de términos[editar]

  • Adelantado: oficial de un rey castellano o español en una marca fronteriza, terreno de conquista o región inexplorada, que le representaba en dicho lugar.
  • Faican: (o faycán) religioso o chamán que asesoraba a los reyes tribales (guanartemes) de la isla de Gran Canaria.
  • Bando de Guerra: los menceyatos o comarcas de una isla enfrentados militarmente a los castellanos.
  • Bando de paces: los menceyatos o comarcas de una isla que eran partidarios o aliados de los castellanos.
  • Banote: o banot, en guanche, lanza corta de madera rústicamente confeccionada, generalmente con la punta endurecida al fuego.
  • Benhaoritas: o benahoritas, aborígenes de La Palma.
  • Guanche: aborigen de Tenerife y su lengua.
  • Real: plaza fuerte o campamento fortificado donde residía la tropa y su comandante, durante una expedición militar.
  • Sigoñe: jefe guerrero
  • Tagoror: en guanche, "lugar de reunión". Se trataba de los cabildos o asambleas de los distintos menceyes de una isla, para tratar temas de gran importancia e interés común. También la plaza pública de una villa.
  • Tamarco: en guanche, capa de piel de oveja o cabra, usada por los guanches para vestirse, abrigarse o protegerse.
  • Mencey: en guanche, rey, reyezuelo, jefe tribal de una de las comarcas en que se dividía la isla de Tenerife, excepto Lanzarote y El Hierro, que estaban formadas por un solo reino.
  • Menceyatos: derivado del guanche, nombre de las comarcas o demarcaciones territoriales bajo la jurisdicción de un mencey, rey o jefe guerrero en Tenerife, que tenía nueve reinos o menceyatos.

Bibliografía[editar]

  • Viera y Clavijo, Noticias de la Historia General de las Islas canarias. Goya ediciones, 4 volúmenes, Tenerife.
  • Rodríguez Moure, J: Tenesor Semidan, o Don Fernando Guanarteme, Imprenta y librería de M. Curbelo, La Laguna, 1922.
  • Espinosa, Alonso (fray). Historia de Nuestra Señora de Candelaria, Goya ediciones, Tenerife.
  • Buenaventura Bonnet, La Batalla de La Laguna y la muerte de Tinguaro. Estudio Hermenéutica Histórica. Comisión provincial de Monumentos Históricos de Canarias, Tenerife, 1916.
  • Abreu y Galindo, J. de, Historia de la conquista de las siete islas de Canarias, en A. Cioranescu (ed) Goya ediciones, Tenerife, 1977 ISBN 84-400-3645-0.
  • Bethencourt Alfonso, J: Historia del Pueblo Guanche II Lemus editor, La Laguna, 1997.
  • Berthelot, Sabino. Etnografía y Anales de la Conquista de Las Islas Canarias. Ed. Goya. Santa Cruz de Tenerife. 1978. ISBN 84-85437-00-4.
  • Blanco, Joaquín. Breve Noticia Histórica de las Islas Canarias. Ed. Rueda. Madrid 1983. ISBN 84-7207-029-8.
  • Acosta, José Juan; Rodríguez Lorenzo, Félix; L. Quintero, Carmelo Padrón, Conquista y Colonización. Santa Cruz de Tenerife, Centro de la Cultura Popular Canaria, 1988.
  • VV.AA. Historia de Canarias. Vol. I Ed. Prensa Ibérica. Valencia 1991. ISBN 84-87657-10-9.

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