Argumento ad hominem

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En lógica se conoce como argumento ad hominem (del latín, literalmente, "al hombre") a un tipo de falacia. Consiste en decir que algo es falso, eludiendo presentar razones adecuadas para rebatir una determinada posición o conclusión. También puede consistir en dar por sentada la veracidad de una afirmación tomando como argumento quien es el emisor de ésta. En su lugar se intenta atacar o desacreditar la persona que la defiende señalando una característica o creencia impopular de quien lo expresa.[1] Es preciso hacer una pequeña distinción entre un argumento ex concessio, consecuencia de lo concedido al orador, y un argumento ad personam, una inconsistencia entre lo que piensa y dice un orador. Esta segunda tiene más posibilidades de ser falaz.

Por ejemplo:

Diálogo entre dos personas

  • A: "El Estado no está garantizando las necesidades básicas de todos los individuos".
  • B: "Usted nunca tuvo necesidades, no puede hablar sobre lo que hace el Estado".

En este caso B atacó la moral de A, pero no dijo nada sobre las necesidades básicas. Se dice entonces que el argumento usado por B es una falacia, porque no prueba falsedad, sino que intenta generar la sensación de falsedad.

No se debe caer en el error de pensar que por existir un argumento ad hominem la afirmación de A es siempre verdadera, ya que esto es también una falacia conocida como Argumento ad logicam

Ejemplo 2:

  • A: los triángulos tienen 4 lados
  • B: usted nunca estudió geometría, no tiene razón en lo que dice

Efectivamente el razonamiento de A es falso, pero no porque no haya estudiado geometría, sino porque el triángulo tiene 3 lados.

Índice

Falacias similares [editar]

Existen falacias similares:

Ad Hominem en la literatura clásica [editar]

Los clásicos denominaban al argumento ad hominem con la expresión argumentum ex concessis, es decir, que usa en su favor los argumentos «aceptados» o «concedidos» (ex concessis) por el interlocutor. Fue John Locke, creador de los argumentos en ad, quien lo renombró como ad hominem. Un ejemplo muy conocido es el de Tito Livio refiriéndose a la forma en que Aníbal persuadía a sus hombres:

Aníbal [tras cruzar los Alpes], empleó toda clase de exhortaciones para animar aquella confusa mezcla de hombres que nada tenían en común, ni la lengua, ni las costumbres, ni las leyes, ni las armas, ni los trajes, ni el aspecto ni los intereses. A los auxiliares les habló de alta paga por el momento y ricos despojos en el repartimiento del botín. Hablando a los galos, avivó en su ánimo el fuego de aquel odio nacional y natural que alimentaban contra Roma. A los ojos de los ligures hizo brillar la esperanza de cambiar sus abruptas montañas por las fértiles llanuras de Italia. Asustó a los moros y númidas con el cuadro del cruel despotismo con que los abrumaría Masinissa; y dirigiéndose a los demás les señalaba otros temores y otras esperanzas. A los cartagineses habló de las murallas de la patria, de los dioses penates, de los sepulcros de sus padres, de sus hijos, de sus parientes, de sus esposas desoladas.

Tito Livio, XXX

Por ejemplo, como señala Arthur Schopenhauer parafraseando a Aristóteles, si el interlocutor «es partidario de una secta con la que no estamos de acuerdo, podemos utilizar contra él las máximas de esa secta como principia».[2]

Los tratadistas consideran que el argumento ad hominem es un recurso que se utiliza con fines prácticos, en discusiones filosóficas, jurídicas, políticas, etc., siempre que se pretende persuadir a alguien de algo, lo cual exige compartir con el auditorio algunas de las premisas, aunque sea de forma solo teórica:

Las posibilidades de argumentación dependen de lo que cada uno está dispuesto a conceder, de los valores que reconoce, de los hechos sobre los que señala su conformidad; por consiguiente, toda argumentación es una ar­gumentación ad hominem o ex concessis.

Chaim Perelman

Referencias [editar]

  1. Falacias lógicas. Falacia ad hominem en el punto 2.1
  2. Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón, Alianza Editorial, Madrid, 2004, pág. 40.

Bibliografía [editar]

  • Ricardo García Damborenea, Uso de razón, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.
  • Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón. Madrid, Alianza, 2004.
  • Chaim Perelman y L. Olbrechts-Tyteca, Tratado de la argumentación, Madrid, Gredos, 1989.

Véase también [editar]