Antonio del Castillo y Saavedra

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José vendido por sus hermanos, óleo sobre lienzo (109 x 145 cm) Museo del Prado. El lienzo forma parte de una serie de seis cuadros dedicados a la vida de José en los que destacan especialmente los paisajes, de los que Castillo tomaba rápidos apuntes del natural.

Antonio del Castillo y Saavedra (1616 - 1668) fue un pintor barroco español natural de Córdoba, de cuya escuela es el mejor exponente, además de destacar como paisajista y dibujante, faceta en la que puede ser contado entre los más importantes pintores del Siglo de Oro español.[1]

Biografía[editar]

Hijo de Agustín del Castillo, pintor natural de Azuaga de quien apenas nada se conoce pero al que Antonio Palomino llama pintor excelente y de ilustre familia, inició con él sus estudios de pintura. Al quedar huérfano tempranamente fue colocado con el pintor de imaginería Ignacio Aedo Calderón y, según afirma Palomino, pasó luego a Sevilla a fin de completar sus estudios con el también cordobés José de Sarabia, «y lo consiguieron en la escuela del insigne Francisco de Zurbarán». La relación con el pintor extremeño, que ha sido defendida por la afinidad de su estilo con el zurbaranesco, carece de confirmación documental así como carece de fundamento la relación de parentesco, sostenida por Palomino, con el pintor sevillano Juan del Castillo, maestro y pariente de Murillo.

En todo caso, consta que en 1635 se encontraba en Córdoba donde contrajo matrimonio y desarrolló toda su actividad, trabajando como pintor y diseñador de proyectos arquitectónicos, decorativos y de orfebrería y sirviendo de maestro para otros pintores cordobeses como Juan de Alfaro y Gámez. Casado en tres ocasiones, la segunda con la hija de un conocido platero de la ciudad, no llegó a tener descendencia, falleciendo en Córdoba el 2 de febrero de 1668.

Obra[editar]

Calvario de la Inquisición, Museo de Bellas Artes de Córdoba. Pintado para presidir el salón del tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Córdoba, donde estaba acompañado de los retratos de los dos inquisidores mártires, San Pedro Mártir y Pedro de Arbués, pintados por el mismo Antonio del Castillo.
Paisaje con árboles y maleza, plumilla sepia sobre papel, Museo de Bellas Artes de Córdoba. Este singular dibujo, buen ejemplo de paisaje puro, acrecienta su interés por llevar al dorso un poema del propio pintor, titulado Quejarse un prado porque el enero lo había agotado, justificando la fama de poeta local que le atribuye Palomino.

En su pintura Castillo se mueve sin apenas evolución en la órbita del naturalismo, ajeno a las nuevas corrientes más barrocas. La huella de un aprendizaje en ambientes zurbaranescos se advierte en algunas de sus composiciones de asunto religioso, como pueden ser el Calvario de la Inquisición, que pintó para el salón del Santo Oficio en el Alcázar de los reyes cristianos (actualmente en el Museo de Bellas Artes de Córdoba), la Adoración de los Pastores del Museo del Prado, depositada en el Museo Municipal de Málaga, o el Nacimiento de la Hispanic Society, tratadas con solemne monumentalidad e iluminación tenebrista

Más personal se muestra en las pinturas de carácter narrativo, con numerosas figuras situadas en marcos arquitectónicos o paisajísticos en los que se pondrán de manifiesto su sentido espacial y los numerosos estudios del natural que acostumbraba a hacer. «Excelente paisajista», según Palomino, y dotado para este género de «singular gracia», como demostraban los numerosos cuadros guardados en casas particulares con historiejas y ciudadelas, Castillo «se salía algunos días a pasear, con recado de dibujar, y copiaba algunos sitios por el natural aprovechándose asimismo de las cabañas, y cortijos de aquella tierra; donde copiaba también los animales, carros y otros adherentes»[2] De ese interés por lo inmediato quedan unos 150 dibujos, tanto de cabezas como de paisajes, animales y escenas campesinas, que utilizará en los fondos paisajísticos de sus pinturas historiadas al óleo, en las que los rostros de los personajes son, además, auténticos retratos. Ejemplos de ello quedan en la serie de seis cuadros dedicados a la vida de José, conservada en el Museo del Prado, en los que Alfonso E. Pérez Sánchez destacó su «luminoso sentido del paisaje, con refinados grises verdosos y plateados»,[3] aunque Palomino le achacase falta de gusto en el color, o en el célebre Martirio de San Pelayo de la Catedral de Córdoba, «donde mostró grandemente Castillo la eminencia de su ingenio en lo historiado».[4] Dos pequeños lienzos de formato apaisado en colección privada, con escenas de la infancia de Jesús (Descanso en la huida a Egipto y Sueño de San José), situadas en amplios paisajes con blancas ciudades en las lejanías, pueden ilustrar aquellos países aludidos por Palomino en casas particulares cordobesas.[5]

El acierto en la composición y el realismo de sus retratos puede apreciarse en el Bautismo de San Francisco de Asís del Museo de Bellas Artes de Córdoba, pintado en 1663 para el claustro del convento franciscano de San Pedro el Real, donde según cuenta Palomino, molesto de ver repetida la firma de Juan de Alfaro que competía con él con otras pinturas para el mismo claustro, firmó «non fecit Alfarus».[6] Muestras del mismo naturalismo inmediato que se aprecia en sus dibujos se encuentran también en el San Francisco predicando ante el papa Inocencio III, en la parroquia de San Francisco y San Eulogio de la Axerquía, donde entre distinguidos príncipes de la iglesia asisten al sermón mendigos, gentes del pueblo absortas y chiquillos inquietos.[7]

Antonio del Castillo pintó también al fresco, siendo suyas las imágenes de los apóstoles Pedro y Pablo con los santos patronos de la ciudad en la Puerta del Perdón de la catedral de Córdoba (dibujo preparatorio en el Museo de Bellas Artes). Con Cristóbal Vela compitió por hacerse con la pintura del retablo mayor de la catedral, siempre según Palomino, adjudicada finalmente a éste. Trabajó con frecuencia para los franciscanos y para los dominicos, siendo suyas las pinturas de la monumental escalera del Colegio de San Pablo de la Orden de Predicadores, de la que procede el cuadro de la Aparición de san Pablo al rey Fernando III, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Córdoba, pero además se vio precisado a trabajar para las distintas iglesias de la ciudad y para algunos miembros de la oligarquía urbana, en ocasiones al dictado conforme a las condiciones de quienes le encargaban la obra, con «gran mortificación suya...; porque no estaba tan sobrado de medios, ni de obras, que pudiese abandonar algunas».[8]

Referencias[editar]

  1. Benito Navarrete
  2. Palomino, p. 296.
  3. Pérez Sánchez, p. 272
  4. Palomino, p. 292.
  5. Luces del barroco, p. 72.
  6. Palomino, p. 294.
  7. Córdoba y su pintura religiosa, p. 46.
  8. Palomino, p. 295.

Bibliografía[editar]

  • Catálogo de la exposición (1986). Córdoba y su pintura religiosa (s. XIV-XVIII). Córdoba: Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba. ISBN 84-7580-225-0. 
  • Catálogo de la exposición (2003). Luces del barroco. Granada: Caja General de Ahorros de Granada. ISBN 84-95149-41-9. 
  • Palomino, Antonio (1988). El museo pictórico y escala óptica III. El parnaso español pintoresco laureado. Madrid : Aguilar S.A. de Ediciones. ISBN 84-03-88005-7. 
  • Pérez Sánchez, Alfonso E. (1992). Pintura barroca en España 1600-1750. Madrid : Ediciones Cátedra. ISBN 84-376-0994-1. 

Enlaces externos[editar]