Antijudaísmo cristiano

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El triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga,[1] cuadro de pintor anónimo, c. 1430-1455, que algunos creen que puede estar inspirado en un caso de profanación de la hostia que sucedió en Segovia.[2] En la parte superior Dios sentado en su trono, acompañado de la Virgen y San Juan, a cuyos pies emana un río de hostias consagradas. En la parte inferior, a la izquierda la Iglesia cristiana, encabezada por el papa; a la derecha la Sinagoga, con un grupo de judíos encabezados por un sumo sacerdote con los ojos vendados, símbolo de su "ceguera" ante la naturaleza divina del Nazareno.[3]

El antijudaísmo cristiano es la discriminación y la hostilidad de los cristianos y de sus iglesias hacia los judíos basada fundamentalmente en argumentos religiosos y que comienza con el nacimiento mismo del cristianismo. En la segunda mitad del siglo XIX el antijudaísmo cristiano enlaza con el antisemitismo contemporáneo, que se alimenta a su vez de los mitos y libelos antijudíos elaborados durante los siglos anteriores. En el catolicismo el antijudaísmo se mantuvo como doctrina hasta el pontificado de Juan XXIII (1958-1963) y el Concilio Vaticano II (1962-1965).

El antijudaísmo doctrinal[editar]

Escultura de la portada de la Virgen de la catedral de Metz que representa "La Sinagoga" como una mujer con los ojos vendados, dando a entender que los judíos no querían ver la Verdad de que Jesucristo era el Mesías anunciado en la Biblia.

Desde sus orígenes el cristianismo se presentó a sí mismo como el "Nuevo Israel" y se escandalizó porque los judíos persistieran en su "ceguera" de seguir esperando la venida del Mesías, para cumplir la Promesa que Dios le hiciera a Abraham, cuando el Mesías ya había llegado: era Jesucristo —por eso durante siglos la iconografía cristiana representará a la sinagoga judía como una mujer con los ojos vendados, dando a entender que no veía ni quería ver la Verdad—. La Iglesia católica no podía permitir que los judíos negaran a Jesucristo como el Mesías porque eso ponía en cuestión la existencia misma del cristianismo. Así surgió la acusación contra los judíos de que eran el pueblo deicida, el responsable de la muerte de Jesucristo en la cruz, y durante siglos, en las ceremonias del Viernes Santo, se invitó a los fieles cristianos a rezar pro perfidis Judaeis. La frase significaba textualmente oremos por los judíos que están apartados de la fe verdadera, pero siempre se le dio otro sentido, el de la perfidia que caracterizaba al pueblo judío en su conjunto. Hubo que esperar casi dos mil años para que el papa Juan XXIII en 1959 ordenara que ya no se rezara el Oremus pro perfidis Judaeis en las iglesias católicas.[4]

Los Padres de la Iglesia y la Alta Edad Media (siglos IV al XI d.C.)[editar]

Cuando en el siglo IV d.C. el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano los judíos perdieron buena parte de sus derechos de ciudadanía otorgada por el emperador Caracalla a principios del siglo III a todos los habitantes del Imperio. Pero los judíos siguiendo la doctrina del padre de la Iglesia San Agustín no fueron perseguidos sino "tolerados" en la acepción original —negativa— del término "tolerar", que significaba aguantar, disimiluar, permitir lo que no es lícito. Como ha señalado Joseph Pérez, "hasta nuestro tiempo [en que el que a la palabra tolerancia se le ha dado una significación nueva y positiva] tolerar ha venido a ser resignarse a una situación que se debería censurar, a un mal que convendría prohibir, pero que, por motivos varios, no hay más remedio que consentir y aguantar".[5]

A los judíos se les aplicaba el trato que se daba a los creyentes de las falsas religiones —"en la Edad Media, cristianos, moros y judíos estaban todos convencidos que su religión era la única verdadera, con la exclusión de las otras, que eran, por lo tanto, consideradas como falsas", recuerda Joseph Pérez— por lo que no se les respetaba ni se les reconocían derechos, sólo se les "toleraba" —en los documentos medievales castellanos se encuentra a veces la expresión referida a los judíos: «deben ser tolerados e sufridos»—.[6] "No se les perseguía ni se les expulsaba porque se pensaba que su presencia podía ser útil", afirma Joseph Pérez.[7]

Desde el punto de vista doctrinal la "utilidad" de la presencia de los judíos en el seno de la sociedad cristiana fue defendida por Agustín de Hipona, frente a otros padres de la Iglesia mucho más beligerantes contra los judíos, como Juan Crisóstomo, quien en sus sermones les adscribe todo tipo de perversiones y los equipara con el demonio.[8] Para Agustín, en cambio, la coexistencia con lo judíos era deseable para facilitar su conversión, porque el ejemplo de los cristianos les convencería de su error de no reconocer a Jesucristo como el Mesías.[9] Por otro lado, a los judíos también había que admitirlos porque eran los depositarios de la «hebraica veritas» —el Antiguo Testamento, la Torá, que sólo ellos podían leer en su lengua original porque estaba escrita en hebreo y en arameo— y que los cristianos también consideraban materia de fe porque de ella derivaba la "Verdad cristiana" y de esta manera se preservaba el mensaje de Dios.[10] Pero que los judíos tuvieran que ser conservados "no significaba que no estuvieran sometidos a un terrible castigo divino como autores de la muerte del Salvador; por eso tenían que vivir dispersos y oprimidos. [...] Se trataba tan sólo de una supervivencia en el tiempo, resto de un pasado condenado a extinguirse, en el tramo final, reconociendo que el Mesías había venido ya y que era precisamente aquel Jesús a quien el Sanedrín condenó".[11]

La doctrina agustiniana fue la que determinó las normas que debían regir la "tolerancia" con los judíos —en el sentido originario y negativo del término— que quedaron plasmadas en la Constitutio pro iudaeis promulgada por el papa Inocencio III en 1199, en un momento en que la violencia antijudía, que había comenzado con la persecución de los judíos durante la Primera Cruzada cien años antes, se extendía por Europa. En la Constitutio se exhortaba a los príncipes cristianos a proteger a los judíos y sus bienes, y expresamente a evitar los saqueos de sus cementerios y la interrupción violenta de sus ritos y celebraciones. Asimismo se mostraba contraria a la conversión forzosa de los judíos.[12] Pero este mismo papa, Inocencio III, sería el que propiciaría el cambio de doctrina respecto de los judíos plasmada en el IV Concilio de Letrán celebrado sólo dieciséis años después.

La Plena Edad Media (siglos XI-XIV): el fin de la "tolerancia"[editar]

Masacre de judíos durante la primera cruzada (Biblia del siglo XIII).

A partir del siglo XI la relativa benevolencia bajo la que los judíos habían vivido hasta entonces en el Occidente cristiano —con la excepción de la etapa final del reino de los visigodos de Hispania donde el judaísmo estuvo a punto de desaparecer— comenzó a cambiar profundamente. La primera muestra fueron las masacres de judíos por parte de los cruzados que se dirigían a Tierra Santa. Joseph Pérez las relaciona con los motivos escatológicos de la primera cruzada: "Los avances de los turcos parecían anunciar la venida del Anticristo y el fin del mundo; ahora bien, san Pablo (Rom., XI, 15) había dado a entender que los judíos se convertirían cuando llegase el fin de los tiempos; de ahí pudo surgir la idea de que era oportuno acelerar aquel proceso, forzando a los judíos a convertirse, arrinconando y maltratando a los que se resistían".[13]

En el cambio de percepción del lugar que ocupaban los judíos en el seno de la sociedades cristianas tuvieron un especial protagonismo varios eruditos judíos que se convirtieron al cristianismo, entre los que destacó Moisé Sefardí, que cuando en 1106 se convirtió cambió su nombre por el de Pedro Alfonso. Alfonso escribió Dialogus contra judeos (Diálogos contra los judíos), donde por primera vez se utilizan los argumentos de la literatura rabínica, que Pedro Alfonso conocía muy bien, para combatir el judaísmo. En la obra Pedro Alfonso lanza una acusación de enorme trascendencia: los dirigentes judíos sabían que Jesús era Hijo de Dios y la prueba se podía encontraba en el Talmud, el libro sagrado de los hebreos. Pedro Alfonso, pues, demostraba que los judíos eran verdaderamente culpables de deicidio porque cuando condenaron a muerte a Jesús sabían que era Dios. Con esta acusación se cuestionaba la opinión de Agustín de Hipona de que los judíos de Jerusalén actuaron por ignorancia, creencia en la que se había basado la política de "tolerancia" mantenida hasta entonces y cuyo objetivo último era convertir a los judíos en cristianos al mostrarles la Verdad de Jesucristo. Si los judíos ya conocían esa Verdad, entonces no era posible la conversión y por tanto ya no tenía sentido la "tolerancia" hacia ellos.[14]

El paso decisivo hacia una postura mucho más intransigente hacia los judíos se produjo en el IV Concilio de Letrán convocado por el papa Inocencio III y celebrado en 1215. Tras reiterar la condena hacia los judíos como pueblo deicida, allí se acordaron una serie de medidas discriminatorias para aislarlos de la población cristiana: la obligación de vivir en barrios separados y de portar una señal para poder ser reconocidos inmediatamente; la prohibición absoluta de mantener relaciones sexuales entre judíos y cristianos; la prohibición de que pudieran tener criados o empleados cristianos así como la de ejercer determinadas profesiones —como la de médico de un cristiano— u ocupar puestos que les dieran autoridad sobre cristianos; la prohibición de construir nuevas sinagogas. "El objetivo era acabar cuanto antes con la perfidia de los judíos que se empeñaban en negar lo evidente: que Jesucristo era el Mesías anunciado. Uno de los papeles asignados a las órdenes mendicantes [recién fundadas] fue precisamente la predicación para convencer y convertir a los judíos", afirma Joseph Pérez.[15]

Dos judíos alemanes de la baja Edad Media, cada uno portando el Judenhut, sombrero que los identificaba, segregaba y era de uso obligatorio en Alemania desde 1267.

La aplicación de estas medidas no se hizo esperar. San Luis, rey de Francia, obligó a los judíos a llevar una rodela amarilla en el vestido y en 1254 los expulsó de sus dominios, aunque más tarde los volvió a admitir a cambio de una fuerte suma de dinero —en el siglo siguiente, volvieron a ser expulsados y readmitidos, hasta que en 1394 fueron expulsados definitivamente de los territorios bajo soberanía del monarca francés—. En el Sacro Imperio Romano Germánico el Concilio de Viena de 1267 reiteró lo acordado en el Concilio de Letrán y obligó a los judíos a que llevaran un sombrero característico, el judenhut. En 1290 eran expulsados del reino de Inglaterra. En cambio, en los reinos cristianos ibéricos las recomendaciones de Letrán no fueron completamente aplicadas porque los monarcas necesitaban la colaboración de la población judía para la repoblación y desarrollo de los territorios conquistados a los musulmanes de Al-Ándalus. Sin embargo, en Castilla fueron recogidas en las Partidas de Alfonso X el Sabio en las que se justificó la presencia de los judíos «para que ellos viviesen como en cautiverio para siempre y fuesen recuerdo a los hombres que ellos vienen del linaje de aquellos que crucificaron a Nuestro Señor Jesucristo».[16]

Grabado en madera de Johann von Armssheim (1483) ilustrando una disputa doctrinaria entre judíos y cristianos.

Un episodio que tuvo una gran trascendencia fue promovido por la afirmación de un judío recién convertido, Nicolás Donin, de que el Talmud contenía injurias y blasfemias contra la religión cristiana. Así en París se organizó una disputa entre cuatro prelados católicos que harían de acusadores y cuatro rabinos judíos que defenderían el Talmud. El resultado fue favorable a la acusación y en 1242 el rey San Luis ordenó ejecutar la sentencia y varios miles de libros y manuscritos hebreos fueron quemados en la hoguera.[17] Veinte años después tuvo lugar una disputa similar en Barcelona presidida por el rey de Aragón y conde de Barcelona Jaume I y en la que participaron un judío convertido, el dominico Pablo Cristiano, y el rabino de Gerona y gran filósofo Moisés Ben Nahmán, también conocido como Nahmánides. El tema central del debate celebrado en julio de 1263 fue la cuestión del Mesías y el de la Trinidad y tras la celebración del mismo Nahmánides fue acusado por los dominicos de blasfemo por lo que tuvo que emigrar a Palestina para evitar la condena.[18]

A los judíos se les obligaba a asistir a las disputas "para que presenciaran la derrota de sus rabinos ante los argumentos de los teólogos cristianos y quedaran así convencidos de que estaban engañados".[19] Asimismo se les forzaba a asistir a los sermones de los frailes dominicos que estaban autorizados a darlos en las propias sinagogas y en los que arremetían contra el judaísmo con el fin de convertir a sus oyentes. Pero estos métodos dieron escasos resultados porque la inmensa mayoría de los judíos siguieron fieles a la Ley Mosaica.[20]

Poco después de la disputa de Barcelona el dominico catalán Raimundo Martí, que tenía amplios conocimientos de árabe y hebreo, publicó un libro que tendría una gran trascendencia sobre la forma como abordaron los cristianos la presencia de los judíos junto a ellos. Su título era Pugio fidei adversos Mauros et Judaeos cuya intención la aclaraba el propio Martí en el prólogo: «Con los libros del Antiguo Testamento que recibieron los judíos, además del Talmud y otros de sus textos auténticos, compondré una obra tal que sea capaz, casi como un puñal, de rasgar a los perseguidores de la fe cristiana y del culto». Como el libro estaba lleno de citas sacadas del Talmud y de los midrachim —interpretaciones y comentarios tradicionales— con su correspondiente traducción al latín, fue profusamente utilizado por todos los autores cristianos que querían mostrar los "errores" del judaísmo.[21] El dominico explicaba en su libro que tras la destrucción del Templo de Jerusalén un rabino había pactado con el diablo el fin de los cristianos, por lo que los judíos habían dejado de ser el pueblo elegido por Dios para pasar a ser el pueblo elegido por Lucifer. Con esta conclusión se cerraba el ciclo de coexistencia con los judíos. Éstos ahora "eran tan sólo servidores de Satán que los empleaba para destruir la fe cristiana".[22]

El antijudaísmo popular[editar]

Judíos con la discriminatoria insignia amarilla perecen en la hoguera. Miniatura de un manuscrito del siglo XV

La creciente virulencia del antijudaísmo doctrinal alimentó y justificó los estereotipos antijudíos surgidos en los ámbitos no eruditos. En las predicaciones de las ordenes mendicantes, singularmente de los dominicos, se pasó de la imagen "más bien neutra del judío, víctima del demonio más que ser endemoniado" —susceptible por tanto de ser salvado— a la del "judío como ser abyecto y miserable, personificación de toda clase de vicios y maldades". En este contexto es en el que surgen una serie de leyendas y mitos antijudíos que tendrán una larga pervivencia y que contribuirán a crear "un ambiente que acabó por provocar y justificar la violencia de las masas cristianas contra los judíos", especialmente en momentos de crisis, como las que se produjeron en el siglo XIV como consecuencia del terrible impacto de la Peste Negra. "Los fieles se veían invitados a entrar en sí mismos y a ver en las catástrofes que se les venían encima otras tantas señales de la cólera de Dios que los castigaba por sus pecados y ¿qué mayor pecado había que el convivir con los descendientes de aquellos que habían dado muerte a Cristo?".[23]

El estereotipo del judío creado en la Edad Media[editar]

El rasgo más antiguo del estereotipo del judío creado en la Edad Media fue que los judíos eran sucios, cuando en realidad su preocupación por la limpieza era mayor que la de sus vecinos cristianos. Lo que sucedía es que los judíos solían vivir hacinados en los barrios que se les asignaban en las ciudades y cuya densidad de población era muy superior a los espacios cristianos, por lo que allí era difícil conseguir una higiene aceptable. Asociada a la suciedad estaba el prejuicio sobre el mal olor que desprendían, que tenía mucho que ver con sus hábitos culinarios como el uso del ajo.[24]

Los judíos también eran malvados y cómplices de los criminales. Lo que sucedía muchas veces era que los ladrones acudían a los prestamistas judíos entregando el botín como prenda del dinero que les daban, que después no recogían. Asimismo se les caracterizaba como cobardes, pero la realidad era que al privárseles del derecho a portar armas intentaban evitar los problemas. "Cuando viajaban, tenían que contratar el servicio de cristianos armados que les servían de escolta; pero éstos, a menudo, se volvían contra ellos para desvalijarlos. Había que acudir a los tribunales, donde era muy difícil que se comprobasen y castigasen tales delitos. [...] Todo ello contribuía a formar entre los judíos una conciencia específica: era inútil tratar de defenderse ya que el daño sería todavía peor. Debían ocultarse, huir o soslayar tales peligros".[25]

Representación de la Judensau en una libro xilográfico (Blockbuch) del siglo XV. Esta imagen antijudía creada en el centro de Europa solía representar figuras humanas con las características típicas de la vestimenta judía, como por ejemplo el sombrero judío, debajo de una puerca mamando de sus ubres, con la misma posición que tienen los lechones. Otros judíos miraban hacia el ano y abrazan y besaban a la cerda. Como imagen, la Judensau pretendía deshumanizar a los judíos.

Otros rasgos del estereotipo eran que el judío era avaro, taimado y maestro del engaño —como mucho más tarde lo retrató Shakespeare con el personaje del judío Shylock en El mercader de Venecia—. Estos rasgos derivaban de las actividades relacionadas con el dinero que realizaban los judíos ricos —en realidad una minoría—, que luego se trasladaban al conjunto de los judíos. Los nobles y eclesiásticos, que eran los que disponían de rentas importantes en la Edad Media, no entendían lo que hacían los banqueros y prestamistas judíos con su dinero, y tendían a desconfiar de ellos porque tampoco entendían cómo el manejo del dinero les hacía ricos. Achacaban a su "avaricia" que no gastaran el dinero que ganaban, aunque la razón era muy sencilla. "Sabían muy bien que sus bienes mobiliarios eran la única garantía para su existencia y su seguridad y por eso ahorraban; si se les obligaba a emigrar por cualquier circunstancia, esos bienes, en moneda o letras de cambio, podían acompañarles en el destierro".[26]

El historiador Luis Suárez Fernández sintetiza así el estereotipo inventado sobre los judíos en la Edad Media, "una imagen falsa y calumniosa pero que ha durado hasta nuestros días":[27]

El judío era un ser sucio que huele a ajo, cómplice de ladrones cuyo botín pone el mercado, cobarde, es sobre todo un avaro muy astuto que con sus «sutilezas» envuelve y engaña a los cristianos.

Las calumnias religiosas[editar]

El historiador Luis Suárez Fernández agrupa las calumnias religiosas vertidas contra los judíos en la Edad Media en cuatro grandes sectores: propagar epidemias y enfermedades contagiosas para aniquilar a los cristianos; los insultos y las blasfemias contra Jesucristo, la Virgen y los principios de la fe cristiana; la profanación de hostias consagradas; y los crímenes rituales sobre niños cristianos.[28]

La propagación de epidemias y enfermedades contagiosas[editar]

Aunque algún médico judío fue acusado de utilizar sus conocimientos para intentar asesinar a su paciente cristiano, la calumnia más difundida era que propagaban epidemias y enfermedades contagiosas para acabar con los cristianos. En 1321 en Francia se difundió el rumor de que los judíos habían contratado a leprosos para que contaminaran las aguas y de esa forma vengarse de las violencias sufridas a manos de los pastorcillos. Asimismo cuando se veía a un judío bañándose en un río inmediatamente se pensaba que lo que estaba haciendo era envenenar sus aguas. Estas acusaciones alcanzaron su clímax cuando la Peste Negra asoló Europa a partir de 1348. Así en muchos lugares las juderías fueron asaltadas por sus atemorizados y enfurecidos vecinos cristianos que creían que eran los judíos los que habían propagado la peste.[29]

Los insultos y las blasfemias contra Jesucristo, la Virgen y la fe cristiana[editar]

Aunque algún judío podía haber sido sorprendido blasfemando esta conducta se atribuía a todos los judíos. De ahí la difusión de la leyenda del judío errante que relataba la condena impuesta por Dios de vagar eternamente a un judío que había insultado a Jesucristo en el camino hacia el Calvario.[28] Pero en ocasiones lo que ocurría era que los cristianos malinterpretaban fiestas judías, como la del Purim (muerte de Aman, el malvado que recoge el Libro de Ester) que creían que era una burla de la Crucifixión. Así cuando los judíos la celebraban en Castilla los niños cristianos hacían sonar las carracas para ahogar los gritos de Aman —una costumbre que pasó a las procesiones de Semana Santa—.[30]

La profanación de hostias consagradas[editar]

Vidriera de la profanación de las hostias por los judíos en 1370, en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula de Bruselas.

La creencia de que los judíos profanaban hostias consagradas en la eucaristía parece que comenzó a difundirse a mediados del siglo XII, en tiempos de la Segunda Cruzada. Según esta leyenda los judíos robaban hostias consagradas para quemarlas, apuñalarlas o meterlas en agua hirviendo y de esa forma "demostrar" que no eran el cuerpo de Cristo, según la fe cristiana. Una de las versiones más significativas fue la que recoge una de las vidrieras de la catedral de San Miguel y Santa Gúdula de Bruselas: en el Viernes Santo de 1370 unos judíos robaron unas hostias consagradas y cuando las apuñalaron manó sangre de ellas y los culpables fueron ejecutados.[31]

Segunda escena del Corpus Domini predella (la hostia profanada) de Paolo Ucello (siglo XV) que muestra a una familia judía que mira aterrorizada como los soldados intentan tirar abajo la puerta para rescatar la hostia consagrada

En las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio también aparece la leyenda: un prestamista judío tras hacerse con una hostia consagrada la profanó con fuego, agua hirviendo y con un cuchillo, pero sin conseguir alterar su forma original. Una de las versiones más conocidas es la ocurrida en Segovia a principios del siglo XV, y que parece que dio lugar al cuadro atribuido inicialmente a Jan van Eyck, titulado El triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga. La leyenda fue recogida por Alonso de Espina en el libelo Fortalitium Fidei de 1460 y en ella se refiere que un sacristán necesitado de dinero acudió a un prestamista judío y éste a cambio del dinero le pidió que le entregara una hostia consagrada, a lo que el sacristán, asustado, accedió. Un grupo de judíos, entre los que se encontraría don Meir, médico del rey Enrique III de Castilla, arrojaron la hostia a una caldera hirviendo, pero la Hostia se elevó sobre la caldera envuelta en un halo de luz divina y se dirigió volando hasta el convento de Santa Cruz. Los judíos profanadores fueron condenados a muerte y el obispo convirtió la sinagoga de Segovia en un templo católico dedicado al Corpus Cristi.[32]

El dominico catalán Raimundo Martí en su famosa obra antijudía Pugio fidei... atribuía esta conducta a la intervención del diablo que les habría enseñado a los judíos —sus discípulos predilectos, según Martini— que en la hostia consagrada estaba presente el cuerpo de Cristo.[22]

Los asesinatos rituales de niños cristianos[editar]

Historia de San Simón de Trento según la Crónica del Mundo de Hartmann Schedel (1493). Según la acusación el niño fue raptado y asesinado ritualmente por un grupo de judíos, que fueron condenados a muerte.

Según esta creencia, muy difundida, el día de Viernes Santo los judíos raptaban a niños cristianos sometiéndolos a terribles sufrimientos y asesinándolos de una forma especial, que incluía el aprovechamiento de su sangre para fabricar con ella el matzot de la Pascua judía. De esta forma, según la leyenda, los judíos, lejos de arrepentirse de ser un pueblo deicida, reproducían la Pasión de Jesucristo.[33] La primera acusación de haberse cometido este crimen ritual se produjo en Norwich (reino de Inglaterra) en 1144, y pronto aparecieron otros casos, sobre todo en el siglo siguiente —Blois (1171); Fulda (1235); Narbona (1236); Lincoln (1255); Valréas de Vaucluse (1247); Múnich (1286); Manosque (1296); Uzés (1297)—.[34] El primero documentado en la península ibérica es de 1250 y se produjo en Zaragoza —el niño fue canonizado con el nombre de Santo Dominguito del Val—. Una historia similar corrió en 1294 también en el reino de Aragón: se contaba que en un pueblo cercano a Zaragoza unos judíos habían secuestrado a un niño cristiano al que habrían arrancado el corazón y el hígado, pero en este caso se pudo demostrar que se trataba de una calumnia, ya que apareció el niño supuesta víctima del crimen.[35]

En el código castellano de las Partidas también se recoge este libelo de sangre antijudío:[35]

Oyemos decir que en algunos logares los judíos ficieron et facen el día de Viernes Santo remembranza de la pasión... furtando los niños et poniéndolos en la cruz e faciendo imágenes de cera et crucificándolas, quando los niños non pueden haver

En la Corona de Castilla hubo varios casos de supuestos asesinatos rituales de niños perpetrados por judíos, pero el más famoso fue el del Santo Niño de La Guardia que tuvo lugar en 1491, un año antes de la expulsión de los judíos de España.[36]

La relación entre el antijudaísmo cristiano y el antisemitismo contemporáneo[editar]

Cuadro de finales del siglo XIX que representa la matanza de judíos de Estrasburgo en 1349

En la segunda mitad del siglo XIX nace el antisemitismo contemporáneo que basa la hostilidad a los judíos, no en su fidelidad a un determinado credo religioso —como en el antijudaísmo cristiano—, sino en su pertenencia a la "inferior" raza semita que quiere imponerse a la "superior" raza aria. El antisemitismo contemporáneo culminará en la gran catástrofe del Holocausto, el exterminio de los judíos de Europa por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Después de 1945, uno de los judíos supervivientes del Holocausto, el historiador francés Jules Isaac, cuya esposa e hija fueron asesinadas en un campo de exterminio, se propuso averiguar cuáles eran los orígenes históricos del antisemitismo europeo contemporáneo. El resultado de sus investigaciones las publicó en tres libros: Jésus et Israël (1948), Genèse de l'antisémitisme (1956) y L'Enseignement du mépris (1962). Isaac encontró la raíz del antisemitismo contemporáneo en la "pedagogía del desprecio" (título de su último libro) hacia los judíos practicada por la Iglesia durante siglos al presentar a los judíos como unos malvados y unos criminales, como el pueblo deicida que condenó a Jesús, ocultando el hecho de que fueron unos judíos —los que formaban el Sanedrín—, no los judíos, los que lo sentenciaron a muerte. De esa forma, según Isaac, el antijudaísmo cristiano, fundamentalmente medieval, preparó el terreno para la gran tragedia del siglo XX. En la página final de su Jesús et Israël resume su alegato: los nazis fueron los responsables del exterminio de los judíos, pero se trata de una responsabilidad derivada «que ha venido a injertarse, como el más tétrico parásito, en una tradición secular, una tradición cristiana».[37]

Isaac se entrevistó con los papas Pío XII y Juan XXIII y logró convencer a este último, como a otros muchos católicos —no a todos— de la responsabilidad de la Iglesia Católica. La primera respuesta fue la orden de Juan XXIII del 21 de marzo de 1959 por la que se prohibió el rezo del Oremus pro perfidis Judaeis en las iglesias de Roma, que poco después se extendió a todo el orbe católico. El paso definitivo se dio en el Concilio Vaticano II (1962-1965) cuando se aprobó el 28 de octubre de 1965 la declaración Nostra Aetate sobre las relaciones con las religiones no cristianas, y concretamente con el judaísmo.[38]

Referencias[editar]

  1. Pedro de Madrazo, "El triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga, cuadro en tabla del siglo XV atribuido a Jan van Eyck", Museo Español de Antigüedades 4, Madrid, 1875, p. 39 (The Fountain of Life, accedido 24 de noviembre de 2013).
  2. Josua Bruyn, "A Puzzling Picture at Oberlin: The Fountain of Life", Allen Memorial Art Museum Bulletin, 1958, pp. 4-17 (Spanish Fountain of Life).
  3. Para un análisis de este último aspecto, precedido por e indudablemente ligado a la alegoría eclesiástica denominada "Sinagoga", véanse los textos desarrollados por Bart Fransen ("Jan van Eyck y España", Anales de Historia del Arte, vol. 22, número especial, 2012, pp. 39-58) y Mariano Akerman (Texto de disertación presentada en Buenos Aires en octubre de 2013; Documenta: Sinagoga—la llave del enigma, 3 de noviembre de 2013).
  4. Pérez, Joseph (2009). pp. 87–90.  Falta el |título= (ayuda)
  5. Pérez, Joseph (2009). p. 48.  Falta el |título= (ayuda)
  6. Suárez Fernández, Luis (2012). p. 38.  Falta el |título= (ayuda)
  7. Pérez, Joseph (2009). p. 49.  Falta el |título= (ayuda)
  8. Romero, Elena; Macías, Uriel (2005). p. 24.  Falta el |título= (ayuda)
  9. Suárez Fernández, Luis (2012). p. 18.  Falta el |título= (ayuda)
  10. Suárez Fernández, Luis (2012). pp. 55–56. «De acuerdo con el pensamiento de los teólogos del siglo XII, en la Torah estaba la raíz primera del cristianismo y también la demostración de que la Promesa se había cumplido. [...] Los hebreos podían considerarse fieles custodios del texto fidedigno de la Biblia; era a este texto al que se calificaba de hebraica veritas en la escolástica cristiana. A él podía acudirse para rectificar los errores en la traducción al griego o al latín»  Falta el |título= (ayuda)
  11. Suárez Fernández, Luis (2012). p. 56.  Falta el |título= (ayuda)
  12. Suárez Fernández, Luis (2012). pp. 22–23.  Falta el |título= (ayuda)
  13. Pérez, Joseph (2009). p. 91.  Falta el |título= (ayuda)
  14. Pérez, Joseph (2009). pp. 95–96.  Falta el |título= (ayuda)
  15. Pérez, Joseph (2009). p. 92.  Falta el |título= (ayuda)
  16. Pérez, Joseph (2009). pp. 92–93.  Falta el |título= (ayuda)
  17. Pérez, Joseph (2009). pp. 94–95.  Falta el |título= (ayuda)
  18. Pérez, Joseph (2009). p. 96.  Falta el |título= (ayuda)
  19. Pérez, Joseph (2009). pp. 100–101.  Falta el |título= (ayuda)
  20. Pérez, Joseph (2009). p. 101.  Falta el |título= (ayuda)
  21. Pérez, Joseph (2009). p. 97.  Falta el |título= (ayuda)
  22. a b Suárez Fernández, Luis (2012). p. 53.  Falta el |título= (ayuda)
  23. Pérez, Joseph (2009). p. 101.  Falta el |título= (ayuda)
  24. Suárez Fernández, Luis (2012). p. 39.  Falta el |título= (ayuda)
  25. Suárez Fernández, Luis (2012). pp. 40–41.  Falta el |título= (ayuda)
  26. Suárez Fernández, Luis (2012). pp. 41–42.  Falta el |título= (ayuda)
  27. Suárez Fernández, Luis (2012). p. 48.  Falta el |título= (ayuda)
  28. a b Suárez Fernández, Luis (2012). p. 49.  Falta el |título= (ayuda)
  29. Suárez Fernández, Luis (2012). pp. 49–50. «Aunque el papa Clemente VI, residiendo en Aviñón, salió al paso de esta calumnia [que los judíos hubieran traído la peste] diciendo que era una mentira inspirada por el diablo que de este modo se servía de los pecados de los hombres, casi nadie le creyó»  Falta el |título= (ayuda)
  30. Suárez Fernández, Luis (2012). pp. 51–52.  Falta el |título= (ayuda)
  31. Pérez, Joseph (2009). p. 102.  Falta el |título= (ayuda)
  32. Pérez, Joseph (2009). pp. 102–103.  Falta el |título= (ayuda)
  33. Suárez Fernández, Luis (2012). p. 50. «La acusación reviste en este caso un carácter muy singular; los cristianos habían olvidado que una acusación muy semejante se había formulado contra ellos en los primeros años de expansión de la Iglesia»  Falta el |título= (ayuda)
  34. Suárez Fernández, Luis (2012). p. 51.  Falta el |título= (ayuda)
  35. a b Pérez, Joseph (2009). p. 103.  Falta el |título= (ayuda)
  36. Pérez, Joseph (2009). pp. 103–104.  Falta el |título= (ayuda)
  37. Pérez, Joseph (2009). p. 89.  Falta el |título= (ayuda)
  38. Pérez, Joseph (2009). pp. 89–90.  Falta el |título= (ayuda)

Bibliografía[editar]

Véase también[editar]