Anticomunismo

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saltar a: navegación, búsqueda
Cartel del Partido Conservador en 1909, en la que el socialismo está representado por la bestia que ahoga a Britania.

El anticomunismo es una corriente ideológica históricamente opuesta de manera activa al comunismo. Históricamente, la palabra «comunismo» ha sido usada para referirse a varios tipos de organización social y sus partidarios, pero, desde mediados el siglo XIX, la corriente dominante del comunismo en el mundo ha sido el marxismo. El comunismo marxista consiguió muchos más seguidores y oponentes que todas las demás formas de comunismo juntas. Así mismo, el término «anticomunismo» se emplea principalmente para referirse a la oposición activa a tal movimiento político

El marxismo, y la forma de comunismo asociado a él, alcanzó su apogeo en el siglo XX. El anticomunismo organizado se desarrolló como reacción a la creciente popularidad del movimiento comunista, y adoptó muchas formas a lo largo del siglo XX. Los monárquicos conservadores europeos se opusieron a las primeras oleadas de revoluciones comunistas desde 1917 a 1922. El fascismo y el nazismo se basaron en una forma violenta de anticomunismo; incitaban el miedo a la revolución comunista para obtener poder político, e intentaron destruir el comunismo en la Segunda Guerra Mundial. Los nacionalistas lucharon contra los comunistas en numerosas guerras civiles por todo el mundo. Tanto el conservadurismo como el liberalismo clásico conformaran gran parte de las políticas exteriores anticomunistas de las potencias occidentales, y dominaron el pensamiento intelectual anticomunista en la segunda mitad del siglo XX.

Tras la Revolución de Octubre en Rusia, el comunismo marxista quedó principalmente asociado a la Unión Soviética en la imaginación pública (aunque había muchos marxistas y comunistas que no apoyaban a la Unión Soviética y sus políticas.).[1] Como resultado, el anticomunismo y la oposición a la Unión Soviética se hicieron prácticamente indistinguibles, especialmente en política exterior. El anticomunismo fue un elemento importante en la política exterior de las Potencias del Eje durante los años 30 (Pacto Antikomintern) y de los Estados Unidos, el Reino Unido, Japón, Corea del Sur, Australia, Canadá, Israel, y otros países capitalistas durante la Guerra Fría.

El extremo de el anticomunismo ha sido las matanzas anticomunistas, bajo las cuales los comunistas fueron asesinados en masa.

Anticomunismo conservador y tradicionalista[editar]

Manifestación de 1959 a favor de la segregación racial en las escuelas, donde se tacha la prohibición de dicha segregación en las escuelas de "comunismo". Históricamente los ultraconservadores estadounidenses han tachado de "comunista" un buen número de actitudes, creencias o valores que les disgustaban.

Ha habido numerosos conflictos entre los comunistas y los conservadores. La mayoría de las revoluciones comunistas han tenido lugar en países relativamente conservadores, y la mayoría de los gobiernos derrocados por los comunistas han sido gobiernos conservadores. El nacionalismo anticomunista ha aparecido generalmente por tres razones: defensa de los valores tradicionales, de la identidad nacional y de las estructuras sociales como parte del programa de los nacionalistas para preservar el poder y el prestigio nacional.

Dado que los comunistas dicen aspirar a una igualdad social extrema, son teóricamente opuestos a la monarquía, la aristocracia, y otras formas de privilegio hereditario. Al final del siglo XIX y al principio del XX, el primitivo movimiento comunista se enfrentó a las monarquías tradicionales que gobernaban en la mayoría de los países de Europa. Por entonces, los monárquicos eran los anticomunistas más prominentes, y muchas monarquías europeas ilegalizaron la expresión pública de ideas comunistas. La defensa del comunismo era ilegal en el Imperio ruso, el Imperio Alemán y el Imperio austrohúngaro, las tres monarquías más poderosas de Europa continental antes de la Primera Guerra Mundial. Hasta el final del siglo XIX los monárquicos (excepto los constitucionalistas) creían que la desigualdad en la riqueza y en los derechos políticos formaban parte del orden divino.

Durante la Primera Guerra Mundial, en la mayor parte de las monarquías Europeas, estas ideas habían sido sustituidas por los movimientos liberales y nacionalistas que creían que los monarcas deberían ser cabezas simbólicas de la nación mientras que el poder real quedaría en manos de gobiernos elegidos. La monarquía más conservadora de Europa, el Imperio Ruso, fue reemplazada por la comunista Unión Soviética. La Revolución Bolchevique inspiró otras revoluciones comunistas por toda Europa durante los años 1917 a 1922. Muchas de ellas, como el Levantamiento Espartaquista en Alemania, fueron sofocadas por unidades militares monárquicas.

Los años 20 y 30 vieron el declive del conservadurismo tradicional. La primera línea del anticomunismo fue tomada por los entonces ascendentes movimientos fascistas por un lado, y por los conservadores liberales inspirados por Estados Unidos por otro. El comunismo siguió siendo un fenómeno fundamentalmente europeo, por lo que el anticomunismo estuvo también concentrado en Europa. Cuando grupos y partidos políticos comunistas empezaron a aparecer por todo el mundo, como en el República de China a finales de los años 20, sus oponentes fueron generalmente las autoridades coloniales o los movimientos nacionalistas locales.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el comunismo se convirtió en un fenómeno global, y el anticomunismo en parte integral de las políticas exterior e interior de los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. Los conservadores de posguerra abandonaron sus raíces monárquicas y aristocráticas, centrándose en la defensa del mercado libre, la propiedad privada, la cooperación entre las diferentes clases y la defensa de costumbres, valores y normas sociales tradicionales. Para esos conservadores el comunismo es peligroso por su intención de abolir la propiedad privada y su deseo de destruir las normas culturales tradicionales.

Los Estados Unidos nunca tuvieron un conservadurismo tradicional en el siglo XX. Por tanto, la ideología llamada conservadurismo americano no comparte el legado monárquico de sus equivalentes europeos. Por el contrario, está basado en el individualismo y una visión de la competición económica como beneficiosa para la sociedad, todo acompañado por fuertes sentimientos religiosos y de defensa de la familia tradicional. Los conservadores estadounidenses siempre se opusieron al comunismo, pero esta oposición sólo se convirtió en una piedra angular del conservadurismo en los años 40 y 50. Los Estados Unidos hicieron del anticomunismo la principal prioridad de su política exterior, y muchos conservadores estadounidenses combatieron en su país todo aquello que les parecía influencia comunista. Esto llevó a la adopción de un conjunto de medidas en política interior conocidas colectivamente como «macarthismo».

Durante la Guerra Fría, los gobiernos conservadores en Asia, África e Hispanoamérica buscaron al apoyo político y económico de los Estados Unidos. Algunos de éstos eran regímenes autoritarios que, según sus críticos, usaron el miedo al comunismo como medio de legitimar la represión, la supresión de los derechos individuales y la abolición de la democracia. Como ejemplos se podría citar Corea del Sur durante el mandato de Syngman Rhee, la República de China durante el de Chiang Kai-shek, Vietnam del Sur durante el de Ngo Dinh Diem, Indonesia durante el del general Suharto, Zaire durante el de Mobutu Sese Seko, Paraguay durante el de Alfredo Stroessner y Chile durante el de Augusto Pinochet

En los años 80, los gobiernos conservadores de Ronald Reagan en los Estados Unidos, Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Brian Mulroney en Canadá siguieron una política exterior claramente antisoviética que es considerada por muchos como la causa principal de la caída de la Unión Soviética y de la llegada del capitalismo a Europa Oriental y a otros países revolucionarios.

Anticomunismo fascista y nacionalsocialista[editar]

El Fascismo y el Comunismo son sistemas políticos que alcanzan su cima tras la Primera Guerra Mundial. Historiadores del período entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial como E. H. Carr o Eric Hobsbawm señalan que las democracias liberales estaban seriamente acosadas en este período y parecían ser una filosofía en extinción. El movimiento socialista se dividió cuando los líderes de los partidos socialdemócratas apoyaron la guerra, mientras que los partidarios de la Revolución rusa de 1917 formaron Partidos Comunistas en la mayoría de los países industrializados (y en muchos no industrializados).

Tras la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, hubo sublevaciones socialistas y marxistas o amenazas de sublevaciones socialistas por toda Europa; la más notable fue la de Alemania, donde el Levantamiento Espartaquista en enero de 1919 fracasó. En Baviera, los comunistas derrocaron el gobierno y establecieron la República Soviética de Baviera, que duró unas pocas semanas en 1919. Una vida de brevedad similar tuvieron las Repúblicas Soviéticas que surgieron en otros estados alemanes y el gobierno soviético establecido en Hungría por Béla Kun en 1919.

Muchos historiadores consideran el fascismo como una reacción contra estos movimientos. El fascismo italiano, fundado y dirigido por el antiguo socialista Benito Mussolini, tomó el poder con la aquiescencia del rey Víctor Manuel III tras años de revueltas izquierdistas, y contó con el apoyo de muchos conservadores que temían que la revolución comunista fuese inevitable. Por toda Europa, numerosos aristocrátas e intelectuales conservadores así como capitalistas y empresarios dieron su apoyo a movimientos fascistas que en sus respectivos países surgieron tomando como modelo el fascismo italiano. Mientras en Alemania, aparecieron grupos nacionalistas de extrema derecha, particularmente entre los Freikorps postbélicos, que fueron usados para aplastar tanto el Levantamiento Espartaquista como la República Soviética de Baviera.

Sin embargo, algunos autores anticomunistas disienten de la idea de que el fascismo fue una reacción contra los movimientos socialistas revolucionarios y en cambio se centran en lo que, para ellos, son similitudes esenciales entre el Estado Comunista y el Estado Fascista, tanto en la teoría como en la práctica, siendo conocida como la teoría del totalitarismo. El reconocido economista de la Escuela Austriaca Friedrich Hayek, autor de Camino de servidumbre, argumentaba que los diversos movimientos totalitarios, incluyendo el fascismo y el comunismo, tienen unas raíces filosóficas comunes que nacen de su oposición al liberalismo del siglo XIX. Lo defensores de estas teorías ven algo más que una coincidencia en el hecho de que el propio Benito Mussolini era Marxista y miembro del Partido Socialista Italiano antes de la Primera Guerra Mundial, mientras que algunos ideólogos del fascismo, como Sergio Panunzio y Giovanni Gentile, tuvieran un pasado marxista o sindicalista que repudiaron en sus escritos posteriores. Aun así, estos autores reconocen que la teoría de ambas ideologías difieren en cual debe ser la base de la sociedad ideal (los comunistas enfatizan en la lucha de clases para conseguir una sociedad sin clases, mientras que los fascistas sugieren una solidaridad de clases nacional dirigida por un estado corporativo). Hayek afirma que aún en 1938, Hitler decía que el marxismo y el nacionalsocialismo eran prácticamente la misma cosa.[2]

Con la llegaba de la Gran Depresión de los años 30, parecía que el liberalismo y el capitalismo liberal estaban condenados a desaparecer mientras los movimientos comunista y fascista crecían. Estos movimientos se oponían ferozmente el uno al otro y se enfrentaron frecuentemente. El ejemplo más notable de estos enfrentamientos fue la Guerra Civil Española, que se convirtió parcialmente en una guerra subsidiaria entre los países fascistas y sus partidarios internacionales que apoyaban a Franco y el movimiento comunista (sostenido principalmente por la Unión Soviética) que, aliado con los anarquistas y los trotskistas, apoyaba al gobierno republicano.

Inicialmente, la Unión Soviética apoyó al idea de una coalición con las potencias occidentales contra la Alemania Nazi, a la vez que fomentaba la formación de frentes populares en varios países contra los fascistas locales. Estas políticas tuvieron poco éxito debido a la desconfianza de las potencias occidentales (especialmente Gran Bretaña) hacia la Unión Soviética. El Pacto de Múnich entre Alemania, Francia y Gran Bretaña aumentó los temores soviéticos de que las potencias occidentales estaban tratando de obligarlos a llevar el peso de la lucha contra el nazismo. Los soviéticos cambiaron su política y negociaron un pacto de no-agresión con la Alemania de Hitler, conocido como el Pacto Mólotov-Ribbentrop en 1939. Más tarde los soviéticos alegaron que el pacto era necesario para ganar tiempo para prepararse para la guerra prevista contra Alemania. Sin embargo, algunos críticos dudan de esta afirmación, señalando que junto a la cláusula de no agresión, el pacto también establecía una amplia colaboración económica entre la Unión Soviética y Alemania, en la forma del Acuerdo Comercial Germano-Soviético, que suministraba a la Alemania nazi algunos de los materiales necesarios para construir su maquinaria de guerra. Este acuerdo de colaboración es recordado por los citados críticos para deducir que Stalin esperaba que la guerra fuese sólo entre Alemania y los aliados occidentales, es decir, que la Unión Soviética mantuviera su neutralidad mientras sus dos grandes enemigos se destrozaban mutuamente.

En cualquier caso, está claro que Stalin no esperaba que los alemanes atacaran hasta 1942, por lo que fue sorprendido cuando la Alemania Nazi invadió la Unión Soviética en junio de 1941, con la Operación Barbarroja. El fascismo y el comunismo volvieron a ser enemigos mortales.

Anticomunismo católico[editar]

La Iglesia Católica tiene una larga historia de anticomunismo. El Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 afirma: "La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al ‘comunismo’ o ‘socialismo’. Por otra parte, ha rechazado en la práctica del ‘capitalismo’ el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano. La regulación de la economía por la sola planificación centralizada pervierte en su base los vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley de mercado quebranta la justicia social, porque ‘existen numerosas necesidades humanas que no pueden ser satisfechas por el mercado’. Es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas, según una justa jerarquía de valores y con vistas al bien común".[3]

El papa Juan Pablo II fue un duro crítico del comunismo,[4] y otros papas compartieron este punto de vista, por ejemplo el papa Pío IX publico la encíclica papal Quanta cura en la que llamaba al "comunismo y el socialismo" el error más fatal.[5]

Durante la Guerra Civil Española, la Iglesia Católica se opuso a las fuerzas frentepopulistas, y rezó por la victoria del bando sublevado.

Anticomunismo anarquista e izquierdista[editar]

Aunque muchos anarquistas (especialmente los comunistas libertarios) se describen a sí mismos como comunistas, todos los anarquistas critican el comunismo autoritario. Los comunistas libertarios coinciden con los demás comunistas en que el capitalismo es un herramienta de opresión, es injusto y debe ser destruido de una forma u otra. Los anarquistas, sin embargo, van más allá al decir que todo poder centralizado o coercitivo (no sólo la riqueza) es dañino para el individuo. Por lo tanto, los conceptos de dictadura del proletariado, propiedad estatal de los medios de producción y otros similares del pensamiento marxista son un anatema para los anarquistas, independientemente de si el Estado en cuestión es democrático o no. Sin embargo, muchos otros anarquistas tienen críticas más fundamentales del comunismo, a menudo desde puntos de vista individualistas o anarcocapitalista. Hay también fuertes tendencias antianarquistas entre los marxistas, que han calificado el anarquismo de anticientífico, romántico o burgués.[6]

Son famosos los debates en la Primera Internacional entre Mijaíl Bakunin y Karl Marx.[7] Mientras la filosofía de Bakunin debía mucho a la crítica del capitalismo de Marx, sus ideas divergían en cómo debía organizarse la sociedad post-capitalista. Bakunin veía el Estado Marxista simplemente como otra forma de opresión: "La cuestión es que si el proletariado gobierna, ¿sobre quién gobierna? Esto significa que quedará otro proletariado que estará subordinado a esta nueva dominación, a este nuevo estado." Detestaba la idea de un partido-vanguardia que dirigiera a las masas desde arriba, y argumentaba "cuando el pueblo está siendo golpeado con un palo, no es más feliz si el palo es el 'Palo del Pueblo'".

Los anarquistas al principio consideraron la Revolución Bolchevique como un ejemplo de cómo los trabajadores pueden tomar el poder por sí solos, y, de hecho, tomaron parte en la revolución (véase Anarquismo en Rusia). Pero pronto fue evidente que los Bolcheviques y los anarquistas tenían ideas muy diferentes sobre el tipo de sociedad que querían construir. La anarquista Emma Goldman, por ejemplo, deportada desde Estados Unidos a Rusia en 1919, al principio fue una entusiasta de la Revolución, pero pronto perdió el entusiasmo y empezó a escribir su libro Mi desilusión con Rusia. El que quizá era el más famoso anarquista ruso de la época, Piotr Kropotkin, criticó incisivamente la emergente burocracia bolchevique en unas cartas que escribió a Lenin (quien alguna vez le había visitado en su casa). En 1920 escribió: "[una dictadura de partido] es decididamente perjudicial para la construcción de un nuevo sistema socialista. Lo que se necesita es una construcción local por fuerzas locales" y "Rusia se ha convertido e una República Asamblearia sólo de nombre" (refiriéndose al dominio de los comités de Partido Bolchevique sobre los Soviets -consejos- de campesinos y trabajadores).

Los anarquistas a menudo citan el aplastamiento de la Rebelión de Kronstadt, en la que el Ejército Rojo acabó a sangre y fuego con un embrión de comuna anarquista y derrotó un levantamiento de marineros soviéticos descontentos con el autoritarismo del gobierno bolchevique, como un ejemplo específico de la tiranía que ellos veían en el gobierno bolchevique. La epidemia de tifus y el subsiguiente aplastamiento del debilitado "Ejército Negro" anarquista de Néstor Majnó en Ucrania es también una acción de los primeros bolcheviques de triste recuerdo para los anarquistas.

Durante la Guerra Civil Española, el Partido Comunista de España obtuvo una influencia considerable por la manipulación política de la ayuda recibida desde la Unión Soviética. Los comunistas, junto a los otros partidos del Frente Popular lucharon contra el ejército sublevado, la Falange Española y otros grupos menores, pero también lucharon contra la Revolución social española de 1936 que estaban realizando sus aliados, los trabajadores anarcocomunistas, supuestamente para reforzar el frente antifascista (la respuesta de los anarquistas, antiestalinistas y troskistas fue: "La revolución y la guerra son inseparables"). La acción más dramática contra los anarquistas ocurrió en mayo de 1937, cuando fuerzas de la policía dirigidas por comunistas trataron de tomar el edificio de la Telefónica de Barcelona que estaba ocupado por la Confederación Nacional del Trabajo. Los trabajadores de la Telefónica repelieron el ataque, levantaron barricadas y rodearon el "Cuartel Lenin" de los comunistas. Esto continuó durante cinco días de luchas en las llamadas Jornadas de mayo de 1937.[8]

Anticomunismo en los Estados Unidos y la Guerra Fría[editar]

Las primeras grandes muestra de anticomunismo en los Estados Unidos tuvieron lugar entre 1919 y 1920, durante el mandato de Alexander Mitchell Palmer como Fiscal General de los Estados Unidos, quien fue uno de los primeros en usar la expresión Peligro Rojo.

Tras la Segunda Guerra Mundial y ante el poder que adquirió la Unión Soviética, muchas de las objeciones al comunismo ganaron fuerza debido a la declaración de los comunistas de que su ideología era universal. Los temores de muchos anticomunistas de los Estados Unidos de que el Comunismo podría triunfar por todo el mundo e incluso llegar a ser una amenaza directa al gobierno de los Estados Unidos. Este punto de vista condujo a la elaboración de la Teoría del dominó, según la cual la toma del poder por los comunistas en cualquier nación no podía ser tolerada porque produciría una reacción en cadena que llevaría a la toma del poder por los comunistas en el mundo entero. Hubo temores de que naciones poderosas como la Unión Soviética y la República Popular China estaban usando su poder para instaurar por la fuerza regímenes comunistas en otros países. La expansión de la Unión Soviética por Europa Central tras la Segunda Guerra Mundial se vio como una evidencia de esto. Esta acciones llevaron a muchos políticos a adoptar una especie de anticomunismo pragmático, oponiéndose a esta ideología como forma de limitar la expansión de Imperio Soviético. La política estadounidense de parar cualquier nueva expansión comunista fue conocida como contención.

El gobierno de los Estados Unidos solía justificar su anticomunismo aludiendo a la falta de respeto por los derechos humanos en los estados comunistas, como en la Unión Soviética, la China maoísta, la Camboya de los Jemeres Rojos dirigiros por Pol Pot, y Corea del Norte, porque estos estados mataron millones de sus propios ciudadanos y suprimieron las libertades públicas para la población superviviente.

El anticomunismo cambió significativamente tras la caída de la Unión Soviética y los regímenes comunistas del Bloque del Este entre 1989 y 1991, ya que el temor a una toma del poder mundial por los comunistas prácticamente desapareció. Queda algo de anticomunismo en la política exterior estadounidense hacia Cuba, China y Corea del Norte. En el caso de Cuba, los Estados Unidos siguen manteniendo sanciones económicas contra el régimen de la isla en una política que tiene más detractores que partidarios en el extranjero, pero que tiene un sustancial apoyo en los Estados Unidos, particularmente de los votantes de origen cubano, entre los que hay muchos exiliados que viven en Florida que se oponen a cualquier normalización con el Gobierno cubano.

Anticomunismo liberal o democrático[editar]

Los gobiernos del socialismo real del siglo XX, de orientación comunista, formaron gobiernos totaliarios, por lo que fueron fuertemente criticados por liberales europeos. Movimientos democráticos en contra de gobiernos autoproclamados comunistas se dieron en diversas partes del mundo en la década de los años 80 del siglo XX aprovechado los cambios producidos en la URSS bajo el gobierno de Mijaíl Gorbachov, algunos de ellos en:

Estos movimientos tenían el objetivo de desafiar a los gobiernos comunistas debido a que sus sistemas de partido único y el totalitarismo que ejercían, atentaban contra algunas libertades cívicas individurales de los ciudadanos y pedían la llegada de un gobierno más democrático y más liberal.

Anticomunismo contemporáneo[editar]

Numerosos think tanks conservadores, así como medios de comunicación conservadores, han seguido sosteniendo algunos de los argumentos clásicos del anticomunismo, basándose en fracasos económicos y violaciones de los derechos humanos ocurridos en régimenes cuya ideología oficial era el comunismo. Sin embargo, algunos puntos tradicionales promovidos inicialmente por movimientos comunistas europeos como la amplia educación pública y la protección del estado de las personas de renta baja han sido ampliamente adoptados en los países capitalistas de renta alta. Por esa razón, el anticomunismo contemporáneo está más centrado en otros aspectos como la coveniencia de un sector industrial público o hasta qué punto conviene la existencia de redistribución de la renta.

Objeciones teóricas al comunismo[editar]

Una de las ideas centrales del marxismo es el llamado materialismo histórico, una metodología para el estudio de la historia que sostiene que en las sociedades humanas los factores materiales y la tecnología han moldeado el desarrollo de las mismas. Así la explicación marxista tradicional divide la historia humana en una serie de períodos o fases, en términos del modo de producción predominante en cada período. La transición de una fase a la siguiente, incluiría la descomposición del orden socioeconómico existente asociado al viejo modo de producción. Esta idea fue introducida por Georg Wilhelm Friedrich Hegel, y Karl Marx la reelaboró para formular sus reflexiones. Amparándose en un razonamiento materialista del mismo tipo que se usó para explicar la transición del feudalismo al capitalismo moderno, el marxismo ortodoxo encontró motivos objetivos para predecir el agotamiento del sistema económico capitalista, y sugerir que este sistema podría ser sucedido por un sistema de tipo socialista. Por último, ciertas corrientes marxistas asumen que el socialismo podría ser seguido por el comunismo, del cual Karl Marx afirmaba que no podría ser mejorado porque no tendría contradicciones internas.

La mayoría de los anticomunistas rechaza el concepto de materialismo histórico, o al menos no cree que la aparición del socialismo y el comunismo sean inexorables tras una eventual evolución del capitalismo industrial. Algunos anticomunistas ponen en tela de juicio la idea de Karl Marx de que el estado sólo desaparecerá en una auténtica sociedad comunista.[cita requerida]

Otros críticos anticomunistas no creen que, tal como sugieren ciertas reflexiones dentro de la teoría económica marxista, que en las sociedades capitalistas, la burguesía acumulará una cantidad siempre creciente de capital y bienes, mientras que las clases más bajas se harán más y más dependientes de los clases dominantes quedando al amparo de estas al no tener más remedio que vender su fuerza de trabajo por salarios miserables. Los anticomunistas, arguyendo que esta hipótesis es equivalente a la frase "los ricos se harán cada vez más ricos y los pobres más pobres", señalan el incremento general del nivel de vida en los países industrializados de Occidente como prueba de que, en contra de lo predicho por Karl Marx, tanto los ricos como los pobres se enriquecen de forma constante. Hay, sin embargo, un ataque comunista a esta objeción. Se basa un argumento anticipado en el libro de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo. En dicho libro Lenin predecía, a la vista del ascenso del imperialismo de principios del siglo XX, que la lucha de clases adquiriría una dimensión internacional, produciendo una división internacional del trabajo en que los paíes más ricos y los países más pobres orientarían su producción hacia sectores diferentes. Muchos miembros de la Izquierda moderna afirman que esta tendencia se ha visto confirmada en los años recientes, y mientras las economías occidentales se desarrollan, las de los países del tercer mundo son comparativamente más pobres existiendo una brecha cada vez mayor.

Los comunistas también alegan que el occidente industrializado se aprovecha inmensamente de la explotación del Tercer Mundo mediante la globalización, que la brecha entre los países capitalistas ricos y pobres (a veces llamada brecha Norte-Sur) ha aumentado mucho en los últimos cien años, y que los países capitalistas pobres son muchos más que los ricos.

La respuesta de los anticomunistas a este argumento es señalar algunos ejemplos de países de renta baja que han logrado salir de la pobreza en las últimas décadas con sistemas capitalistas, especialmente los llamados dragones asiáticos, India e incluso la teóricamente comunista China (aunque es discutible que esos sistemas hayan sido ejemplos de capitalismo liberal, habiendo tenido el capitalismo de estado un papel importante). Los anticomunistas también citan numerosos ejemplos de regímenes comunistas del Tercer Mundo que no lograron ni desarrollo ni crecimiento económico, como el régimen de Mengistu Haile Mariam en Etiopía o el del gobierno de Corea del Norte. Algunos comunistas, como los trotkistas, aunque están de acuerdo en que el imperialismo perjudicó esos países, también dicen que Etiopía y Corea del Norte nunca fueron comunistas, que sólo fueron estalinistas, es decir, que han sido gobernados por un puñado de burócratas que decían actuar por el interés del pueblo pero que realmente lo traicionaron, llegando a ser más opresivo para sus clases trabajadoras.

Anticomunismo como pretexto[editar]

Ocasionalmente aprovechando corrientes de opinión públicas favorables al anticomunismo, como las que existieron durante la guerra fría en Estados Unidos, la excusa de una supuesta agresión comunista o un peligro comunista ha sido usada como pretexto para intervenciones bélicas, particularmente por parte de diversos gobiernos de Estados Unidos. A este respecto la "amenaza comunista" se usó injustificadamente para justificar:

  • El Golpe de Estado en Guatemala de 1954 contra Jacobo Arbenz, que no pertenecía al partido comunista, pero cuya política afectaba a la United Fruit Company compañía asociada propiedad de personas vinculadas a dirigentes de la CIA como Allen Dulles.
  • El Golpe de Estado en Chile de 1973 contra Salvador Allende patrocinado por Estados Unidos y en el que la empresa de telecomunicación ITT Corporation tuvo un papel destacado de acuerdo a documentos posteriormente desclasificados.
  • Se ha argumentado que el apoyo de Estados Unidos a diversas dictaduras europeas como la del general Franco (España), António de Oliveira Salazar (Portugal) o la Dictadura de los Coroneles (Grecia) se debió a la faceta anticomunista estos regímenes que les perimitiron sobrevivir períodos prolongados, especialmente en los dos primeros casos, en mitad de la democracias.
  • La Invasión de Granada de 1983, contra Maurice Bishop. Ronald Reagan insistió en que el gobierno de Bishop suponía una amenaza real contra Estados Unidos y un sector de la opinión pública llegó a considerar creíble la amenaza a pesar del insignificante potencial militar y económico de Granada, un pequeño estado situado en el Caribe.
  • El apoyo financiero y militar a los contras (1981 - 1990) un grupo de insurgentes patriotas nicaragüenses financiado por Estados Unidos que protagonizó ataques contra fuerzas de seguridad del gobierno sandinista de Nicaragua.

Todos estos casos muestran como varias intervenciones de militares y de la inteligencia estadounidense han servido para defender los intereses econónimos de diferentes empresas multinacionales, especialmente estadounidenses.


Véase también[editar]

Referencias[editar]

Enlaces externos[editar]