Anexo:Mitos y leyendas de Florencia (Caquetá)

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La ciudad de Florencia, capital del departamento amazónico del Caquetá, posee una amplia gama de leyendas e historias presentes en su folclor. La mitología de la zona presenta una gran profundidad y variedad, pues abarca desde personajes con poderes sobrenaturales e historias fantásticas, hasta seres que en apariencia podrían resultar normales, así como animales extraños o también personas que sufren maldiciones.

Estos mitos y leyendas son la expresión de un proceso de fusión entre la cultura indígena, los hechos acontecidos en la época de explotación cauchera por parte de la Casa Arana, la religión enseñada por los misioneros en sus labores de evangelización y el folclor de los colonos llegados de muchos lugares de Colombia, especialmente de la región del Tolima Grande.

Leyendas[editar]

El duende[editar]

Dícese de un ser descrito como un niño muy pequeño que lleva consigo un sombrero gigantesco. Persigue a niños y niñas de admirable presencia, especialmente aquellos de cabello rubio. Su estilo de conquista son los regalos y los juguetes que les ofrece para atraerlos y finalmente hurtárselos a sus padres.

"El duende" los lleva luego a la selva; si son buscados y encontrados, han de ser bañados con agua bendita por que los niños llevados por "el duende" se vuelven salvajes. La manera de prevenir la acción "del duende" al advertir su presencia es recortarle el cabello a la persona perseguida, pues solo lo mira quien es escogido para ser raptado.[1]

El tunjo de oro[editar]

Cuentan los abuelos que se trataba de una oportunidad de buena o mala suerte. Se trataba de un niño recién nacido del que se escuchaba su llanto. La persona que lo oía estaba sola y en el lugar apropiado para dejarse escuchar en las riveras de los ríos.

Si la persona perseguida era valiente, se dirigía al sitio de donde procedía el llanto, podía encontrarlo y debía entonces partirle el dedo meñique de un solo intento. Si lo lograba quedaba a su disposición un cascaron lleno de oro. De no acertar al quebrar el dedo, la persona que lo intentara recibiría una tremenda paliza.[1]

El pollo malo[editar]

Se dice que el pollo malo es un espíritu maligno, que se escucha piar en los campos cuando en las horas de la noche se reúnen personas a cometer actos perniciosos como jugar cartas, contar chistes o tomar licor. Quien lo remede será atacado por el pollo malo.

Cuando se escucha su canto a lo lejos es porque está muy cerca, pero si se escucha cerca, el espíritu está muy lejos. Cuando se va por un camino y se le escucha cantar de frente, la persona no debe continuar el camino por que le esperan ratos muy desagradables.[1]

La boa María Jova[editar]

Por los años 1930 en el caserío Venecia y a orillas del río Orteguaza había una cueva conocida como Los Alares, que servía como habitación a María Jova, una inmensa boa. Nadie la había visto nunca, pero decían que medía varios metros y que cuando se decidía a atacar, volteaba canoas y se hundía con ellas en un mortal abrazo.

Un buen día, un reconocido residente del lugar llamado Jorge Hermida recibió un mensaje en el que se le notificaba la visita de unos importantes parientes suyos. La noticia fue todo un acontecimiento en aquel caserío donde nunca sucedía nada. Para recoger a sus familiares, Jorge Hermida debía atravesar el río para alcanzar el puerto a donde llegaban las canoas, cruzando por Los Alares. Embarcado y aproximándose a su destino, él y el boga notaron con terror que las olas empezaron a subir mientras el agua entraba en la embarcación. Encomendándose a la Virgen de los Milagros y agarrados de las raíces de la orilla, salvaron la vida. “Esta vez, sólo quería jugar”, pensaron.

Desde entonces, los demás pobladores le atribuyeron a Jorge Hermida una especial protección de la Virgen de los Milagros, y hasta poderes otorgados por aquella boa. La cueva fue dinamitada por los militares cuando terminó la Guerra colombo-peruana de 1932-1933.[2]

La doncella de El Encanto[editar]

Como “El Encanto” fue bautizado el puente construido sobre el río Hacha, para permitir el paso de los habitantes de la capital del Caquetá hacia el resto de la población ubicada al sur del departamento. Este paraje de encanto sin igual ofrecía un aire de tranquilidad y frescura. Las cristalinas aguas del rio formaban en la parte superior un remanso junto a una grande y hermosa peña.

En los atardeceres solía aparecer una hermosa doncella. Se mostraba entristecida, sentada junto a la raíz de un árbol seco cercano a la orilla del río. Era tan encantadora que al contemplar su belleza, transcurría el tiempo sin advertirse. Todo era un verdadero encanto. Los conductores de buses y camiones siempre fueron los más débiles y no controlaban sus deseos de aproximarse. Cuando esto ocurría, ella solicitaba que le dieran la oportunidad de dar un paseo en el carro. Por unos minutos sonreía sin pronunciar palabra, pero al menor descuido se transformaba en esqueleto. El susto privaba al conductor, provocando accidentes.[1]

La madremonte[editar]

La madremonte es considerada como una muy esbelta mujer, ama y guardiana de la selva. Su misión es impedir el atropello del hombre contra la fauna, y por esta razón su presa predilecta fueron siempre los cazadores. En las horas de la tarde cuando el sol declina y el cantico de las aves deja de escucharse, sale airosa a cuidar el monte. Cuando sorprende a los cazadores, en forma sigilosa y coqueta se aproxima a ellos y los conduce a la espesura del monte donde los devora. Su traje es de hojarasca y el solo mirarlo, encanta y hechiza.[1]

La mula del diablo[editar]

Vista por muchas personas que andaban de noche. Dicen que la mula del diablo va bien aparejada, que le suena el freno y los arneses y que sus patas al rozar con las piedras producen grandes chispas. Era creencia general que estas mulas eran mujeres que habían pecado con sacerdotes y en tiempo de semana santa se enfermaban. Además, se hablaba que no se podía hacer arepas pues en ellas quedaba marcado el rastro de una mula.[3]

La muñeca roja[editar]

Muy cerca de los riachuelos en parajes acogedores y de buen sombrío a los que acuden los niños a jugar, se oculta una muñeca roja que, con fuerzas sobre naturales y transportada por el viento, está siempre dispuesta a vigilar y asustar a quienes pretender hacer daño a la naturaleza.[1]

La Patasola[editar]

La Patasola o Pata sola se trataba de una joven mal humorada y de malos sentimientos. Un día, llevaba a su pequeña hermana de la mano, tirándola y haciéndola tropezar con cuanto encontraba a su paso. Al cruzar un río, pisó una piedra lisa, cayó sobre su hacha y se cortó totalmente el pie. Con furia se levantó y acabó con la vida de su hermanita, a la que acusó de culpable.

Su espíritu habita entre la maraña espesa de la selva virgen, en las cumbres de la llanura. Con la única pata que tiene avanza con rapidez asombrosa. Es el endriago más temido por colonos, mineros, cazadores, caminantes, agricultores y leñadores. Algunos aventureros dicen que se presenta como una mujer bellísima que los llama y los atrae para enamorarlos, pero avanza hacía la oscuridad del bosque a donde los va conduciendo con sus miradas lascivas, hasta transformarse en una mujer horrible con ojos de fuego, boca desproporcionada de donde asoman unos dientes de felino y una cabellera corta y despeinada que cae sobre el rostro para ocultar su fealdad.[3]

Mitos[editar]

Mijina, la Diosa Andaquí[editar]

Existía dios taita, padre y diosa Luna, conocida como la magnífica, ellos en espiritual y mutua relación trajeron a esta relación un vástago femenino con características superiores, cuyo nombre simboliza “Tierra”. Ella nació de la luz de una estrella a la virginal protección y compañía del sol y tomó como nombre Mijina, “Diosa Andaquí”.

El relato sostiene que el suelo o territorio Andaquí, estaba en silencio y sin vida. Este hecho crea la inminente necesidad de dialogar con los seres superiores, “Espíritus Salvadores”, para que ellos enviaran fuerzas sobrenaturales y ayudaran a solucionar el fenómeno terrenal.

Asajué, dios supremo conocido como Taita Padre quien envió al cacique duro, con dimensión de Arcángel para traer a una familia tribal: los Andaquí, donde anunciaban el advenimiento a este mundo de una hija suya, dotada de divinidad, capaz de fertilizar y enriquecer el suelo que pisaba. Ella, de nombre Mijina, debía ser dechado de perfección, delicada y fina, de espléndida hermosura, con particular habilidad, destreza y maestría en todos sus aspectos, como correspondía a una diosa.

Mijina tenía un hermano, a quien su padre le concedió poderes sobrenaturales especiales: era curandero, dominaba las serpientes y eliminaba el efecto del mortífero veneno; orientaba y dominaba las corrientes de los vientos y como consecuencia, las aguas de la región Andaquí eran manejadas por él. La familia de Mijina fue invencible, nadie los rindió; constituyó la raza mas aguerrida y dominante que existió.[1]

La Laguna Guaycabá[editar]

Los Coreguajes vivían en las riveras de los ríos de la región. Para esa época habitaban también otras tribus que no miraban con buenos ojos a las comunidades Coreguajes. El cacique Guaycabá vivía muy celoso de que sus hermanos de sangre se reunieran con las otras tribus.

Jurewati, hija de Guaycabá, solía salir a recoger maní y uvas silvestres con otra amiga. Una tarde en la cual Jurewati y su amiga recogían uvas, paso un guerrero de otra tribu vecina llamado Juereño, quien fijó su mirada en la princesa y la saludó inclinando su cabeza y agachando la cerbatana. Jurewati contestó con una sonrisa al saludo del aborigen vecino. A partir de ese día, todos los días se veían en el mismo sitio, e intercambiaban saludo y sonrisa.

Luego de varios días, Juereño se presentó a pedir la mano de la princesa. El cacique Guaycabá se enfureció y ordenó amarrar al joven en un hormiguero, en donde murió a causa del dolor y la picazón. La princesa Jurewati murió de pena moral al lado del cuerpo de su amado. Al recibir la noticia, Guaycabá se arrepintió e hizo las paces con las tribus vecinas y enterraron los dos cadáveres de los amados en un mismo sitio.

Cuentan que Guaycabá se sentó al lado de la tumba y lloró tanto, que se formó con sus lágrimas la laguna que hoy lleva su nombre. Dicen que en las noches de luna llena, ven a Guaycabá llorar al lado de la laguna y que para esa época, el agua de la laguna sabe a lágrimas.[1]

Referencias[editar]

  1. a b c d e f g h Mitos y Leyendas del Caquetá MiCaqueta.com. Consultado el 26 de octubre de 2010.
  2. María Jova: una boa legendaria. Revista Caquetá Histórico edición No. 10 (enero-febrero 2007). Florencia (Caquetá): Litografía y Tipografía Moderna, 2007. 32 p. Mensual. ISSN1909-8222.
  3. a b Patrimonio Inmaterial - Florencia Instituto Departamental de Cultura, Deporte y Turismo del Caquetá. Consultado el 26 de octubre de 2010.