Anacleto González Flores
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| Anacleto González Flores | |
|---|---|
| Nacimiento | 13 de julio de 1888. Tepatitlán, Jalisco. |
| Muerte | 1 de abril de 1927. Guadalajara, Jalisco. |
| Venerado en | México. |
| Beatificación | 2005 |
| Canonización | En trámite. |
| Festividad | 1 de abril. |
Anacleto González Flores (n. Tepatitlán, Jalisco, 13 de julio de 1888 - m. Guadalajara, Jalisco, 1 de abril de 1927) es un laico y mártir cristero mexicano, reconocido tanto por sus obras como por su trabajo en pro de la fe cristiana, alcanzó la corona del martirio en la época de la guerra de los cristeros en México.
Nació en Tepatitlán, Jalisco, en 1888. Sus padres fueron Valentín González Sánchez y María Flores Navarro, su padre tenía por oficio rebocero, motivo por el cual aunado al hecho de que tuvieron doce hijos, tres mujeres y nueve varones, (Anacleto era el segundo de ellos) sus condiciones económicas fueron bajas.
El general Jesús María Ferreira pensó que lo más eficaz y expedito era acabar con los jefes más representativos de la Unión Popular y de la ACJM de Jalisco, a fin de ejectutar la ley Calles y fijó la hora: la madrugada del 1° de abril de 1927.
Murió sin un juicio justo por fusilamiento despues de asesinar a soldados federales. Es destacable que los soldados no se atrevieron a disparar sobre Anacleto después de las muestras de humanidad y perdón que el había tenido para ellos. El general, ante la actitud de los soldados, hizo una seña al capitán del pelotón, quien le dio un marrazo hundiéndole el pecho.
Fue Beatificado en una ceremonia que se celebro el 20 de Noviembre de 2005 en el Estadio Jalisco de la ciudad de Guadalajara, Jalisco junto con otros compañeros mártires por la misma causa. Entre ellos Miguel Gómez Loza, Ezequiel Huerta Gutiérrez, Salvador Huerta Gutiérrez, Luis Magaña Servín, Luis Padilla Gómez, Ramón Vargas González, Jorge Vargas González, José Sánchez del Rio, Leonardo Pérez Larios.
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[editar] Primeros años
Anacleto González nació en Tepatitlán, Jalisco, el 13 de julio de 1888. Hijo de un humilde tejedor de rebozos de nombre Valentín González Sánchez; su madre, también de cuna humilde, la señora María Flores Navarro. Fue el segundo de doce hermanos. Recibió el sacramento del bautismo el día siguiente de su nacimiento, en la parroquia de San Francisco, de ese lugar, por el presbítero Miguel Pérez Rubio.
Su padre, poco afecto a las cosas de la Iglesia, muchas veces prohibió a su esposa asistir al templo con sus hijos; pero la buena mujer, valiéndose de las continuas salidas que su esposo hacía de Tepatitlán, enseñó a sus hijos la religión, inclinándolos a las buenas costumbres.
Su infancia fue modelada por la rigidez de su padre, la ternura de su madre y la pobreza del hogar. Su padre conservaba como un estigma el ser hijo bastardo de un terrateniente del lugar llamado Ramón González, y quiso por todos los medios lavar esa afrenta. Inculcó a sus hijos la tenacidad, el amor por las letras, la disciplina y el deseo de aprender un oficio; les enseñó personalmente las primeras letras, y los hizo memorizar un largo discurso patrio.Durante la dictadura porfirista, sufrió prisión por espacio de dos años acusado del delito de sedición.
Aunque recibió de su madre la ternura, la paciencia y la piedad, durante su adolescencia consideró que la religión pertenecía a la esfera de la vida privada, y que su práctica no debía trascender a la vida pública.
Inició sus estudios en su pueblo natal como alumno del profesor Heriberto Garza, destacado pedagogo que, como muchos de su generación, asimiló, cual si fuera religión, el positivismo de Augusto Comte.
Su adolescencia transcurrió entre el telar para confeccionar rebozos, instalado en el domicilio paterno que acostumbró sus manos al trabajo; la banda de música del pueblo, que afinó sus oídos y su voz, abriéndole un resquicio a la contemplación estética;y el liderazgo ejercido sobre un nutrido grupo de muchachos de su edad, primer brote de sus cualidades naturales para dirigir las masas. Ya entonces era un caudillo peculiar: no toleraba el lenguaje soez y ni la comisión de injusticias.
En 1905 asistió a una tanda de ejercicios espirituales impartida por misioneros llegados de Guadalajara, que cambió el rumbo de su vida. A partir de esos momentos, comenzó a dar a su existencia un significado nuevo: conocer y amar a Dios en esta vida, para después verle y gozarle en la otra.
Sin renunciar a su capacidad de conducir a los demás y a sus inquietudes intelectuales leerá por entonces los Estudios Filosóficos sobre el Cristianismo, de Augusto Nicolás, las obras de Jaime Balmes y los discursos del poblano Trinidad Sánchez Santos-, destinará buena parte de su tiempo libre a la enseñanza del catecismo, a visitar enfermos y a incrementar su relación con Dios.
Fue tan notorio su cambio de vida entre los años 1905 y 1908 que un sacerdote allegado a su familia, don Narciso Cuellar, le propuso cursar el bachillerato en el Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos, fundado dos años antes. Este mismo sacerdote obtuvo el permiso de la familia y se comprometió a solventar el pago de la pensión de la escuela.
Anacleto anhelaba ampliar horizontes a través de la cultura e inició con notable aprovechamiento los estudios. De su afán intelectual, cultivado antes de ingresar al Seminario, dan cuenta sus calificaciones, siempre supremas, al grado de pronto estar en condiciones de suplir al maestro, en ocasiones con ventaja. Será desde entonces el Maestro o más familiarmente, el Maistro Cleto.
[editar] Estancia en el seminario
No ingresó al internado del seminario sino como alumno de la madre Matiana, modestísima casera de estudiantes pobres, y su integridad lo llevó a discernir, casi desde el principio, que su vocación no era el sacerdocio. Por esa razón declinó la propuesta de sus superiores para ser enviado al Colegio Pío latinoamericano de Roma a cursar la teología. En su lugar marchó, en 1913, su compañero Higinio Gutiérrez. Tuvo claridad en sus aspiraciones y a pregunta expresa del profesor de historia, el padre Lino Pérez, sobre su vocación y carrera, respondió: "Quiero ser licenciado para luchar por la Iglesia y por la Patria".
Los estudios realizados, según el plan académico de entonces, le proporcionaron una suficiente formación humanística. En seis años acreditó otros tantos cursos de religión, tres de historia, tres de latinidad, dos de griego, tres de filosofía, dos de matemáticas, uno de francés, uno de sociología y uno de astronomía.
La vida intelectual no le impidió inmiscuirse en las preocupaciones sociales de su época. En 1912, viajó por vez primera, a la Ciudad de México, para mostrar al presidente Francisco I. Madero la chifladura de un inventor provinciano. La misión fracasó, no así el entusiasmo por participar en la nueva conformación social, afiliándose, por entonces, al Partido Católico Nacional. Utilizó las largas vacaciones de ese verano de ese año para realizar campañas de proselitismo a favor del instituto político en la región de Los Altos. Ya en el Seminario de San Juan de los Lagos, al enterarse de la ofensiva norteamericana al Puerto de Veracruz, organizó su primer grupo de orientación social, la Patriae Phalanx, con casi un centenar de estudiantes. La vida de esta organización no tardó en apagarse; más, con todo y ser breve, encendió la llama de muchos, llamados a ser destacados prohombres, y también, por ironías de la vida, adversarios irreconciliables.
Los que fueron sus compañeros en el Seminario le recuerdan siempre animoso; dispuesto a apoyar el crecimiento de los demás; muy digno dentro de su pobreza; capaz, a pesar de los años que lo separan de sus condiscípulos, de entablar relaciones fraternas, de convivencia alegre y camaradería. Aunque, a decir de sus íntimos, mantuvo la pureza de su vida, se relacionó sentimentalmente con algunas jóvenes, siempre en los términos del decoro.
[editar] En la capital del Estado
En 1913, concluidos los estudios de bachillerato, tras agradecer el apoyo de sus bienhechores, decidió incorporarse a la vida pública. A fines de ese año, acompañado de quien será su inseparable amigo y colaborador, Miguel Gómez Loza, representó a Tepatitlán en la convención del Partido Católico, celebrado en Guadalajara.
Por estas fechas, junto con otros alteños, se estableció en Guadalajara, en la casa de la señora Jerónima Sonora España, doña Jiro, de donde derivó el apodo de Gironda para su casa y de girondinos para sus asistidos.
Se inscribió en la Escuela Libre de Derecho, sostenida por la Sociedad Católica. En 1914, siguiendo las directrices de la encíclica Rerum Novarum, y gracias al sano influjo del eminente sociólogo Miguel Palomar y Vizcarra, conformó algunos sindicatos católicos.
Con el fin de suplir un poco la falta de instrucción ética y religiosa, ausente en las escuelas oficiales, impulsó la creación de los siguientes círculos de estudios: Donoso Cortés, de oratoria; Agustín de la Rosa, de apologética; Aguilar y Marocho, de periodismo; Ozanam y Mallincrodt, de materias libres; León XIII, de sociología. Por otra parte, para asegurar su manutención, impartía clases particulares de latín y de historia.
En el mes de julio, la hasta entonces apacible ciudad de Guadalajara fue tomada por las tropas del general Álvaro Obregón. Muchos edificios eclesiásticos -la Catedral, el Seminario Conciliar, el hospital de San Martín de Tours- fueron expropiados por las tropas carrancistas. Las vejaciones hechas al clero y a las iglesias irritaron a la población al grado de inclinar la simpatía de sus habitantes a favor de los partidarios del guerrillero Francisco Villa.
[editar] El movimiento armado
Cerradas las escuelas e impedido el culto religioso, desempeñó oficios tan ínfimos como la venta al menudeo de cigarrillos, tahonero de panadería y sobrestante en una construcción. En espera de tiempos mejores, dejó la ciudad en los últimos días de 1914, radicándose en el municipio de Concepción de Buenos Aires, Jalisco, donde su hermano Severiano ejercía el cargo de subrecaudador de rentas. En esa población, se ocupó de la catequesis infantil y de la atención de una pequeña tienda de comestibles, propiedad de su hermano. En mayo de 1914, cruzaron Concepción de Buenos Aires las tropas de villistas comandadas por el general Antonio Delgadillo; se dirigían a Guadalajara, ciudad que estaban dispuestos tomar. Anacleto, agobiado por los cinco meses de penosa inactividad, se dio de alta en la tropa villista, como tribuno, secretario y redactor de proclamas.
En las orillas de Guadalajara, se añadieron al contingente de Delgadillo los alteños acaudillados por el bravo sacerdote y coronel Miguel Pérez Rubio, quien había bautizado a Anacleto. En el campamento villista, Anacleto arengó a las turbas invitándolas a sostener el ideal y a rescatar los valores de la causa. Sus palabras eran bien aceptadas, pero su auditorio no alcanzaba a traducirlas en la vida; se puede decir que fracasó en su misión y que nunca olvidó este fracaso. La aventura pronto llegó a su fin. A raíz de un desaguisado con el Gobernador villista de Jalisco, Julián Medina, el general Antonio Delgadillo, el padre Miguel Pérez y otros, fueron pasados por las armas, en diciembre de 1915, en el pueblo de Poncitlán, Jalisco. Cuentan que Anacleto escapó de la muerte gracias a la providencial circunstancia de encontrarse impartiendo una lección de catecismo a un grupo de niños del pueblo. Su efímera aventura villista lo desilusionó totalmente dela opción por la lucha armada.
[editar] Andanzas apostólicas
De nuevo en Guadalajara, en 1916, reanudó su quehacer académico; restableció el círculo estudiantil de la Gironda, fundó un centro de catequesis para los niños del barrio del Santuario de Guadalupe.
Perteneció, un tiempo, a una asociación hispanista, la Unión Latinoamericana, promovida por el argentino Manuel Ugarte, más, al advertir algunos excesos que él no aprobaba, decidió separarse del grupo.
Más importante fue el apoyo que Anacleto brindó al joven Luis B. Beltrán y Mendoza, interesado en aprovechar el éxito de los Círculos de Estudio para fundar en Guadalajara la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. El 17 de julio de 1916, con la aprobación del Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, se inauguró la organización dentro de la cual pudo construir toda una estructura de acción social en la que fue pródigo en celo e iniciativas. Las actividades de la A.C.J.M. no tardaron en llegar a grupos cada vez más numerosos.
No es posible describir en un par de líneas su amor y afecto por la catequesis infantil. Baste decir que jamás perdió la oportunidad de catequizar a cuanto niño tuvo a su alcance, y que fue ésta una de sus actividades más queridas.
Distribuyó su tiempo en impartir clases particulares de latín e historia, el periodismo y el apoyo a los círculos de la A.C.J.M. Continuó leyendo todo lo que estaba a su alcance sin descuidar su preparación profesional como abogado.
En medio de la intensa actividad, mantuvo el primado de la vida interior. No hubo día en el que no participara de la Eucaristía; dedicaba tiempo a la oración y a la contemplación, y mantenía a lo largo de la jornada la presencia de Dios.
Para fortalecer su espiritualidad, ingresó a la Congregación Mariana de Señor San José y a la venerable Orden Tercera Franciscana Seglar, cuya ascesis lo nutrió.
Con el propósito de ofrecer a los católicos criterios para refutar el discurso cada vez más agresivo de los carrancistas y demás revolucionarios norteños, quienes habían incluido en la nueva Constitución algunas disposiciones que lesionaban la libertad religiosa, fundó y editó, el 1º de julio de 1917, el Semanario católico La Palabra. Fustigó desde esta tribuna los atropellos de los anticlericales y la débil resistencia opuesta hasta entonces por los católicos. También publicó por estos días su primer libro, Ensayos, una colección de discursos y conferencias,prologadas por Efraín González Luna.
Ese mismo año, una enmienda a la Constitución Federal declaró inválidos los créditos escolares expedidos por planteles académicos no reconocidos por el Estado. A los 30 años de edad, Anacleto se encontró en la disyuntiva de desistir en su propósito de obtener un grado académico, o empezar sus estudios de nuevo. Eligió esto último; una a una, revalidó las asignaturas dispuestas por los planes de estudio oficiales. Cinco años invirtió en acreditar con nota suprema todas las materias requeridas para obtener el título de abogado, reconocido por las autoridades estatales.
A partir de 1918, se ostentó como el jefe nato de los católicos jaliscienses, paladín insobornable y limpio, acrisolado en la adversidad. El título se lo ganó en julio, cuando al ser promulgados por el Congreso del Estado los decretos anticlericales números 1913 y 1927, él encabezó la resistencia que echó por tierra ambos preceptos.
En este año, además de sus clases particulares, de asistir a las cátedras de su facultad, de colaborar intensamente en la integración de los sindicatos católicos, quiso seguir atendiendo los círculos de estudio de la A.C.J.M. Dictó conferencias y discursos y escribió múltiples artículos periodísticos en los Semanarios La Época, El Obrero, Restauración y, por supuesto, en La Palabra. Si se añade a esta actividad febril la revalidación de sus estudios de bachillerato y de leyes, su afán por leer todo tipo de literatura con tal de que lo acerque al pensamiento contemporáneo, sus denodados empeños por resistir los embates gubernamentales en contra de la libertad religiosa, y su pobreza, mantenida en los límites del decoro, deberá concluirse que tenacidad semejante no podría existir sin una raíz vital más honda que la ambición humana; una visión sobrenatural capaz de iluminar todas las circunstancias de la vida como parte de un proyecto trascendente.
A pesar de las ocupaciones ya mencionadas, el afecto se dio su debido lugar, pues de este tiempo data su relación de noviazgo con la que será su esposa, María Concepción Guerrero Figueroa, una pobre hospiciana, sin padres conocidos, sostenida por la caridad de la señorita Apolinaria Camacho Moya, hermana del sacerdote Vicente María, de los mismos apellidos. Durante los cuatro años que anteceden a su matrimonio todos los días recibió la novia -Concha- una encendida esquela de su enamorado.
[editar] Colaborador fiel de su Obispo
Anacleto no fue un "clerical" sino un cristiano convencido de su fe. Una estrecha y filial relación lo unía al arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez. En ningún laico encontró el Pastor mayor celo, capacidad y obediencia, como los ofrecidos por González Flores, siempre razonablemente dispuesto a someter su voluntad a la de su Obispo.
Alegre por naturaleza, sus amigos recuerdan al tañedor de guitarra, siempre el primero en entonar, durante las noches de luna, sentidas canciones populares.
El 22 de julio de 1918 midieron sus fuerzas el gobierno y los católicos. Ese día, ante centenares de manifestantes, el Maestro increpó al gobernador del Estado, general Manuel Macario Diéguez, quien desde el balcón del Palacio de Gobierno había pretendido desentenderse de la multitud dirigiéndoles unas pocas y virulentas palabras.
A partir de esa fecha y durante ocho meses, mantuvieron los católicos una férrea resistencia a las disposiciones aludidas, acciones coordinadas en buena medida porAnacleto, apoyado por los jóvenes acejotaemeros y por mujeres y adultos de toda clase y condición social. El arma de mayor efecto, la que más frutos produjo, fue el boicot económico, cuyos efectos, además de conmocionar la economía del Estado, revitalizaron la tímida y adormecida identidad de los católicos jaliscienses. En los primeros meses de 1919, el gobierno del Estado se vio forzado a derogar, por impopulares, los controvertidos decretos.
En marzo de ese 1919, durante la inauguración de un nuevo centro de la A.C.J.M., en la ciudad de México, triunfó como orador. Hombre de su tiempo, en la trabazón de sus discursos se descubren las virtudes y aún los defectos de la época: "ampulosidad, redundancia y artificio", pero, por encima de éstos, campean la fuerza de su verbo, la honestidad y la coherencia de vida.
En la tercera década del siglo XX, la vocación intelectual de Anacleto, a fuerza de hacer acopio, produce síntesis; es aquí y allá un reguero de iniciativas; sus discípulos y amigos lo admiran, lo respetan y lo obedecen. Nunca lo olvidarán figuras tales como Efraín González Luna, Agustín Yáñez, Antonio Gómez Robledo, Heriberto Navarrete y Jorge Padilla, por decir algunos nombres.
Anacleto, como ávido lector, cuenta entre sus autores a Shakespeare, Rolland, Ibsen, Nietzsche, Rodó y muchos más. Con este acervo, pudo elaborar una muy particular visión del cosmos, la llamada Filosofía de la resistencia, cuya novedad consiste en ofrecer los postulados de una contrarrevolución que no sea "una revolución al contrario sino lo contrario de una revolución".
Su idealismo nunca empañó sus proyectos, cimentados en roca firme. Quiso colaborar en la instauración del reinado de Cristo; vio ante sí las espigas doradas, dispuestas para la siega, pero, también admitió que faltaban operarios: "Hay jóvenes, lo que falta es juventud". Se dio entonces a la tarea de formar líderes. Sus infatigables empeños en esta tarea apenas pueden ser descritos; siguió el consejo paulino haciéndose débil con los débiles, pero cuando el caso lo ameritó, supo ser exigente con los fuertes. Apeló a cualquier estrategia conveniente, por ejemplo, algo inédito para su época, otorgar a la mujer un lugar destacadísimo en el desempeño de actividades sociales estratégicas.
Su proselitismo no conoció límites. Formaba, sin caer en lo chocarrero, amenos corrillos con albañiles, operarios y labradores. Con los humildes, el tribuno de encendida palabra cedía al narrador vivaz, bien dotado de sabrosas y oportunas anécdotas, aderezadas con el lenguaje coloquial y llano de su infancia; las oportunas sugerencias del antiguo rebocero, maistro de obras, panadero, quincallero, eran escuchadas con interés y conquistaban al más variado auditorio; a la vez, matizaban la invitación, el consejo o la prédica.
Fue aprehendido el 10 de julio de 1919 junto con Pedro Vázquez Cisneros y Jorge Padilla, directivos de la A.C.J.M. de Guadalajara. Fue ésta una de las tantas ocasiones en que por sus convicciones católicas un calabozo sirvió de habitación al Maistro Cleto.
Un año después, en 1920, se afilió a la Unión de Católicos Mexicanos, -la U-, de la que sería director en Jalisco, creada por el hoy siervo de Dios Luis María Martínez, entonces presbítero de la diócesis de Morelia y años más tarde arzobispo de México. El episcopado de aquel tiempo supo de la existencia de este grupo, al que pertenecieron muchos sacerdotes y destacados católicos. Por tratarse de una asociación de resistencia católica, por la seguridad tanto de sus afiliados como por la salvaguarda de sus objetivos y de sus estrategias, la U mantuvo en secreto sus actividades, emparentándose, al menos en el hermetismo, con las sociedades secretas, prohibidas por el Código de Derecho Canónico. Habiéndose radicalizado las posturas de algunos de sus miembros, el Papa Pío XI decretó su extinción en 1929.
En abril de 1922 coronó sus prolongados esfuerzos por alcanzar su título y su licencia como abogado. Los sinodales de su examen recibieron la consigna de restregar los conocimientos del aspirante; le tendieron lazos, le propusieron la solución de situaciones jurídica de excepción; todo surtió el efecto contrario al deseado. Se llegó a decir que nadie hasta entonces había presentado en esas aulas un examen tan brillante.
En su despacho de abogado no tardan en acudir los pobres a solicitar sus servicios, con mayor razón cuando se enteran de que a muchos, además de resolverles sus problemas sin cobrarles, hasta les brinda ayuda económica. Gustó del decoro y de la limpieza, pero nadie le conoció en vida más de dos trajes. Nunca admitió ningún apoyo de sus amigos pudientes, ni siquiera el más pequeño obsequio o reconocimiento material por su apostolado.
[editar] Vida conyugal
El 17 de noviembre de 1922, en la capilla de la A.C.J.M., contrajo matrimonio con María Concepción Guerrero Figueroa. El matrimonio fue asistido canónicamente por el arzobispo de Guadalajara. Con todo, la huérfana sostenida por la caridad de los Camacho Moya no estaba destinada a ser la esposa que esperaba. Los nuevos esposos se establecieron en la Capilla de Jesús, una antigua barriada de Guadalajara. Las ilusiones de la esposa por alcanzar prestigio social y comodidades no tardaron en chocar con la sobriedad de su marido, quien acercaba al hogar lo necesario para garantizar una vida digna, pero excluía lo superfluo. A los reproches de su esposa respondía con mesura; sus palabras más que indignación expresaban cariño y tolerancia.
[editar] Clausura del Seminario Conciliar
En diciembre de 1924, un suceso desagradable vino a sumarse a las afrentas padecidas por los católicos. El titular del poder ejecutivo local, J. Guadalupe Zuno, ordenó la clausura del Seminario Conciliar de Guadalajara. Para oponerse a la avalancha de agresiones sistemáticas del Gobierno en contra del clero, cuya desmesura fue el cierre del Seminario, organizó un Comité de defensa, germen de lo que será la última gran obra de González Flores, la Unión Popular, creada a principios de 1925, siguiendo los pasos de la Wolksverein, de Ludwig Winhorst, en la Alemania de Bismarck. Los jóvenes de la A.C.J.M. fueron los primeros en sumarse a este esfuerzo. Se trató de activar a todos los católicos del Estado de Jalisco y de sus alrededores, aplicando un estatuto simplísimo que comprometiera al mayor número posible de personas. Las poblaciones se dividieron en parroquias, zonas y manzanas, cada cual con sus respectivos jefes, todos coordinados por Anacleto. Como órgano de difusión de la Unión Popular, creó el Semanario Gladium, que en pocos meses alcanzó un tiraje de cien mil ejemplares distribuidos por correos propios.
[editar] La Unión Popular
Gracias a la disciplina y ejemplo de civilidad de Anacleto, la Unión Popular cundió dentro y fuera de la diócesis; los entusiastas acejotaemeros no tardaron en ser enviados al interior del Estado portando tan sólo una carta de presentación del Arzobispo Orozco y Jiménez y las instrucciones básicas para establecer en todos los lugares la Unión Popular. Las mujeres, elemento humano tradicionalmente pasivo en la vida pública, ajeno al quehacer social y político, se organizaron en las Brigadas femeninas, con resultados inesperados.
En mayo de 1925, como recompensa por sus esfuerzos y la valentía en favor de la Iglesia, la Santa Sede condecoró a Anacleto con la cruz Pro Eclessia et Pontifice.
Entre tanto, en la ciudad de México, un grupo de católicos de la clase media y alta, para contrarrestar las hostilidades del gobierno de Calles, dieron vida a la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa.
La tormenta que se avecinaba se desató en 1926. Aceptando las propuestas de la Liga, la Unión Popular implementó una táctica de resistencia pacífica similar a la utilizada en 1918: boicot económico, manifestaciones públicas de luto, aislamiento y repudio para los adictos al Gobierno y a la masonería.
El presidente Calles decidió coartar al máximo la libertad de culto. Estaba convencido de provocar la extinción del catolicismo en México. Para actuar "conforme a derecho", reglamentó el artículo 130 constitucional y añadió al Código Penal Federal como punibles, nuevos delitos en materia religiosa y culto externo. El Congreso de la Unión, sometido al Presidente de la República, sancionó las propuestas del Ejecutivo Federal, fijando el día 31 de julio de 1926 como plazo para la puesta en vigor de las nuevas disposiciones.
Ante esta perspectiva, después de haber agotado todos los recursos ordinarios de índole legal y moral, el Episcopado Mexicano, en conformidad con la Santa Sede, determinó suspender el culto público en todas las diócesis de México. Se notificó a los creyentes la decisión y se procedió conforme a ella.
[editar] Inicia la resistencia
El pueblo a una entendió que el Gobierno de México perseguía la religión católica. Los ánimos tan sensibles y lastimados de los fieles, no pudieron tolerar la medida.
Y aquí comenzó, en los meses que van de agosto a diciembre de 1926, la pavorosa “noche del espíritu”. La criba del dolor debía sacudir lo más íntimo de este batallador de las ideas. Aunque sus convicciones lo llevaban a sostener la resistencia pacífica hasta sus últimas consecuencias, sabía que no podía exigir a todos tamaño sacrificio.
El Arzobispo de Guadalajara sufría de igual modo. De la noche a la mañana un trabajo de orfebrería, lento, paciente, delicado, amenazaba con venirse abajo por la vía de la fuerza. ¿Con qué autoridad moral avalaría él, como pastor, la pérdida de vidas humanas inocentes? ¿Cómo prevenir y reparar los excesos que con toda seguridad se cometerían? ¿Cuál sería el camino para dotar a una resistencia armada, carente en absoluto de recursos y estrategas, del apoyo material y moral suficiente? En su último comunicado, el Arzobispo, oculto en la barranca de Oblatos, le pidió a Anacleto no mezclar la Unión Popular con la Liga.
[editar] La noche del espíritu
Anacleto contempló la obra de su vida arrollada por las circunstancias. ¡Y si sólo fuera eso!, pero estaba también la presión de la Liga, la cada vez más poderosa organización católica nacional, que en diálogo con los obispos y los grupos trataba de confederar a todos los católicos de México. Desgraciadamente los planes de la Liga eran formulados por algunos ideólogos desde su cómodo escritorio capitalino, pero el provinciano, el abogado alteño, el católico valiente que a pulso, centímetro a centímetro, había conquistado la voluntad de sus acejotaemeros y ahora la de los jefes y miembros de la Unión Popular, ¿cómo los lanzaría, contra toda previsión humana, a una lucha ciega y sorda, como carne de cañón, a costa de la unidad y del pacifismo tantas veces predicado por él mismo?
En las últimas semanas de 1926, los emisarios de la Liga presentaron un ultimátum a González Flores: o la Unión Popular apoyaba la decisión de "todos" los grupos católicos de México, o quedaría fuera de esta confederación, para escándalo y división de la causa. Se le presentaron todos los argumentos: la lícita defensa, el apoyo tácito de los Obispos, la condescendencia de la Santa Sede, la solidaridad de las naciones. Para allanar dificultades, la Liga le propuso nombrarlo delegado de la asociación para el Estado de Jalisco.
Horas amargas, lentas, las más dolorosas, aún más que las del martirio. Su Getsemaní lo vivió largamente. Un abanico de posibilidades pero sólo una salida honrosa: aceptar la propuesta de la Liga, es decir, aceptar su propia muerte y la de su ideal más querido, la resistencia pacífica. Hecha su elección, sólo pudo exclamar: "En este garito, con esta baraja sucia, me jugaré mi última carta por Dios".
A fines de diciembre de 1926, Anacleto convocó a una reunión plenaria de jefes de la Unión Popular. Llegaron a Guadalajara representantes de todos los puntos, y a nadie extrañó la resolución tomada, es más, muchos la esperaban con ansia: los jóvenes ilusos y apasionados, incontenibles, sin preparación bélica, sin armas ni pertrechos, sin estrategias, sólo anhelando ir al monte "para morir por Cristo".
Después de la convención, se dispuso que en los primeros días del mes de enero iniciaría una guerra de guerrillas. A Anacleto se le impuso la jefatura civil de la resistencia, a Miguel Gómez Loza la tesorería; como secretario quedó el también nombrado jefe de la Unión Popular, Heriberto Navarrete.
Conforme a lo planeado, las escaramuzas y ofensivas contra la autoridad constituida comenzaron los primeros días de enero. Lo simultaneo de los asaltos impidieron al ejército sofocar el conato de guerra civil. Desde la capital del Estado, en refugios sólo conocidos por unos cuantos, Anacleto se enteraba de las acciones, distribuía los recursos y exhortaba a la unidad. “Gladium” era el vehículo de comunicación para todos. A través de esta publicación, la voz del jefe resonaba en las barrancas, en los campamentos y en las poblaciones. Si la decisión de apoyar la resistencia activa le costó tanto, una vez asumida debía llevarla a sus últimas consecuencias. Su discurso se tornó combativo. Ya no exhortaba, exigía a los católicos apoyar sin reservas y con heroísmo la defensa de la religión. El apoyo de las brigadas femeninas fue la clave para distribuir el material bélico solicitado de todas partes. Armas y cartuchos sólo el ejército los poseía; pues a él había que arrancarlos y luego distribuirlos con el mayor sigilo.
El venal jefe de las Operaciones Militares en Jalisco, general de división, Jesús María Ferreira, medró con la situación, la más propicia para henchirse los bolsillos con el oro de los pusilánimes y de los indefensos. Pero,por otra parte, el estado de la situación no podía mantenerse en esas condiciones indefinidamente. Las autoridades civiles de Jalisco sintieron amenazadas sus posiciones cuando de la metrópoli llegaron admoniciones con tonos cada vez más severos, exigiendo sofocar la resistencia de los católicos, a sangre y fuego.
Anacleto quedó en la mira del gobierno. Dar con él y matarlo parecía la solución más eficaz al conflicto y la mejor manera de escarmentar a los defensores de la religión. Anacleto, por su parte, veía acercarse la inmolación. El ofrecimiento de su sangre ya lo había hecho, sólo esperaba el momento dispuesto por la Providencia; entre tanto, a luchar a brazo partido, multiplicar esfuerzos yredoblar precauciones.
Alojarlo se tornó cada vez más difícil; él mismo se veía en el dilema de comprometer la integridad de sus huéspedes. Más no quedaba otro recurso.
[editar] El martirio
La hora señalada se cumplió la madrugada del 1º de abril. Días antes había encontrado refugio en la casa de los Vargas González. Con gusto asumieron el riesgo y el compromiso de dar asilo al perseguido.
Tras cuidadosas pesquisas, los agentes del Gobierno supieron su paradero y planearon aprehender en un solo acto a algunos católicos representativos, además de Anacleto, como fueron Luis Padilla Gómez, secretario de la Unión Popular; Heriberto Navarrete, encargado de la misma; Miguel Gómez Loza, don Ignacio Martínez, el joven Agustín Yáñez, don Antonio Gómez Palomar y su hijo Antonio Gómez Robledo y muchos más.
La captura de Luis Padilla Gómez la dirigió el mismo general Ferreira; la de Anacleto se la encomendó al jefe de la policía del Estado, Atanasio Jarero, de triste memoria. Yáñez, Gómez Loza y Navarrete, puestos a salvo oportunamente, no fueron tomados presos, aunque éste último lo sería en la ciudad de México.
Sitiada que fue la casa de los Vargas González, se procedió al arresto de los moradores y al saqueo de la vivienda. Un trago de hiel debía aún beber Anacleto antes de su aprehensión: en lo más profundo de su sueño fue despertado por las voces de alerta de sus huéspedes. El sopor, la fatiga y los nervios aniquilados se combinan; se enfundó en su overol de obrero, su última prenda, corrió al patio de la casa, que advirtió sitiado, regresó al interior y oculto bajo una mesa, destruyó la documentación más comprometedora; hasta él llegaron sus captores. Ninguno de los moradores de la casa portaba un arma, mucho menos Anacleto; ninguno ofreció resistencia. Sin orden judicial se arrestó a toda la familia. Los hermanos Florentino, Jorge y Ramón Vargas González fueron trasladados al Cuartel Colorado;Anacleto a la Dirección General de Operaciones Militares; a las mujeres se les encerró en la que fuera Casa Episcopal, convertida ahora en Inspección de Policía. Una vez identificados, se remitió a los Vargas González al Cuartel Colorado.
El general Ferreira, urgido por mandato directo de la Presidencia de la República, necesitaba matar cuanto antes a los reos. Ordenó, pues, torturar a Anacleto recurriendo a un refinado suplicio, entonces en boga: suspenderlo de los pulgares, flagelarlo, descoyuntarle los dedos y herirle las plantas de los pies. Un golpe brutal de fusil casi le desencajó el hombro. Ferreira quería saber nombres de personas comprometidas con la resistencia, centros de acopio, procedencia de recursos, pero, sobre todo, el paradero del Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez; ningún dato pudo arrancar de los labios de su víctima.
La noticia de la captura corrió toda por la ciudad. Un número cada vez mayor de personas se agrupaba en las calles aledañas al Cuartel Colorado. Un funcionario público, el magistrado Francisco González, emparentado con los Vargas González, obtuvo el amparo de la Justicia Federal en favor de los reos. Sin embargo, la sentencia era irrevocable y urgía cumplirla antes que los civiles reaccionaran a su modo.
A las dos de la tarde, tras liberar a Florentino, uno de los hermanos Vargas González, los otros prisioneros fueron conducidos al paredón; tras un simulacro de juicio sumarísimo, acusados del secuestro y asesinato del ciudadano estadounidense E. Wilkins, se les condenó a sufrir la pena capital. Las versiones de la ejecución que proporcionan las diversas fuentes, indican que primero fueron pasados por las armas Luis Padilla Gómez, Jorge y Ramón Vargas González, quedando con vida solamente Anacleto. Ferreira, para acentuar su odio y su fiereza hacia la víctima, ordenó a un soldado lo apuñaleara por la espalda, con la bayoneta calada, perforándole los pulmones. Los lacónicos certificados de defunción de los mártires, asentados la mañana siguiente en distintas partidas, indican que murieron de "herida de bala" en domicilios distintos. En el margen derecho de dos de estos documentos aparece, inconfundible, la firma del Gobernador de Jalisco, Silvano Barba González.
En el cadáver de Anacleto se pudieron apreciar las marcas de los azotes, los pulgares descoyuntados, las plantas de los pies con escoriaciones profundas, el hombro dislocado y la tremenda puñalada que le costó la vida.
Una ambulancia, estilando sangre, trasladó los despojos de los caídos al patio de la Inspección de Policía, donde sin consideración alguna se les arrojó en el patio. Una turba de curiosos pudo atestiguar la dramática escena. El mismo Ferreira, muy turbado, se apersonó en el lugar; exigía continuara la cacería e increpaba a cualquiera que expresara su dolor o su simpatía por los muertos. La cacería ciertamente continuó; por ordenes de Ferreira fueron arrestados algunos católicos prominentes, entre ellos los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez.
La tarde del viernes 1º de abril, se permitió a los deudos de los mártires disponer de sus restos mortales. Toda la noche, a pesar del riesgo que eso suponía, centenares de personas visitaron el domicilio familiar de Anacleto, convertido en capilla ardiente, y el de las otras víctimas. Muchos vieron y tocaron con veneración y respeto los cuerpos de los considerados mártires.
Por la mañana, miles de tapatíos, acompañaron los restos del Maestro a su tumba, en el panteón de Mezquitán. En el camino se vitoreó tanto al fallecido como a la causa que defendía, a la religión, a la Iglesia, al Papa y a los Obispos. Los policías no se atrevieron a intervenir.
Habiendo desaparecido la prensa católica, los diarios en circulación se limitaron a reproducir la versión oficial, plagada de contradicciones. Ferreira, incapaz de urdir una versión coherente de los hechos, se contradijo cuantas veces habló del asunto. Saltaba a la vista lo mendaz de su hipótesis, al grado que después de él nunca más se repitió tamaña calumnia.
Nadie dudó que Anacleto y sus compañeros murieron por defender su identidad como católicos, ni siquiera los enemigos de la causa afirmaron nunca lo contrario. El hecho no ofreció duda: el Presidente Plutarco Elías Calles exigió la vida de Anacleto, el principal agente de la causa católica en Jalisco, y su orden se cumplió.
Semanas más tarde, el general Jesús M. Ferreira fue removido de su cargo; en 1929, durante el interinato del Presidente Emilio Portes Gil, se le degradó. Murió en 1938, en el peor de los anonimatos, el de quien oculta una conciencia manchada. Por ironía de la vida, aunque murió en el Estado de Sinaloa, fue sepultado en el cementerio municipal de Guadalajara, muy cerca de los restos de quienes fueron asesinados por mandato suyo.
[editar] Epílogo
La muerte de Anacleto legitimó la inconformidad de los católicos, expresada en la resistencia activa; definió la postura radical del Estado respecto a su conflicto con la Iglesia y mostró, sin rubor, las verdaderas intenciones del Presidente Plutarco Elías Calles: borrar todo vestigio de la fe católica en México.
La memoria de Anacleto nunca se perdió. En ediciones póstumas aparecieron dos selecciones de sus artículos periodísticos: Tu Serás Rey y El Plebiscito de los Mártires. Se reeditaron sus Ensayos, aparecidos por vez primera en 1917.
En abril 1947, al cumplirse veinte años de su muerte, sus restos fueron trasladados, en medio de ardentísimo homenaje de la juventud tapatía, al Santuario de Guadalupe de Guadalajara, donde reposan. Su memoria sigue viva y su palabra de fuego aún caldea el espíritu de los que se deciden a encarnar los valores evangélicos.
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